15 cosas para hacer en Tiflis con bajo presupuesto

15 cosas para hacer en Tiflis con bajo presupuesto

Tiflis es desconocida. No hay demasiadas personas que sepan dónde está; ni siquiera que se trata de una ciudad. Tampoco hay muchos que asocien el nombre de Georgia con un país en lugar de con uno de los estados de Estados Unidos. Debe ser difícil estar allá en el Cáucaso, y ser pequeño y estar lejos y no poder llamar la atención. Pero no es que Tiflis no reciba turismo, eso para nada: los rusos y ucranianos la inundan en todas las épocas del año para degustar sus vinos y pasear por sus calles antiguas. Es nada más que en esa posición tan comprometida en el mapa cuesta un poco atraer visitas fuera del bando soviético, y es justamente por eso que Georgia está luchando para darse a conocer al resto del mundo. Aunque para mí, en realidad, en ese bajo perfil que reside su bendición; pero como se le hace muy cuesta arriba aparecer entre los destinos de viaje más soñados, yo voy a intentar darle una mano contándote 15 cosas muy baratas que podés hacer en Tiflis, su capital, si venís de viaje a Georgia con presupuesto mochilero y querés aportar tu granito de arena a la economía local:
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1) Comer khinkali

Lo primero en mi vida es la comida. No, mentira: primero viene el wifi, después la comida. En ese orden. Pero así como están dentro de la categoría que rankea segunda en las cosas fundamentales para mi sustento, los khinkali están allá arriba, altos en el cielo como Aerolíneas Argentinas (?). Los khinkali son la versión georgiana de los dumplings chinos, como ravioles pero más grandes, cerrados por arriba y rellenos de carne, hongos, papa o queso. Las variedades no son muchas, pero las pocas opciones de relleno se compensan ya solamente con el saborcito delicioso de la masa hervida al punto justo. Con los acompañamientos sí que los georgianos no se han lucido: el khinkali se come solo, completamente solo o a lo sumo con un poquito de pimienta. Los más aventureros espolvorean sobre el plato unas hojitas picadas de cilantro. El protocolo es el siguiente: el khinkali se come con la mano, jamás con cuchillo y tenedor, y se lo agarra por el “tallo” de masa que le queda arriba. Después hay que darlo vuelta y empezar a comerlo por los bordes hasta llegar al repulgue, que no se come porque se considera de mala educación y además no es tan rico porque es pura harina que no se llega a cocinar bien (el hervor dura no más de 7 minutos como máximo). En todos los restoranes valen de 50 a 60 tetris (centavos de lari equivalentes a 20 centavos de euro) cada uno y lo mínimo que podés pedir son 5, lo que ya es una porción respetable y llenadora.
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2) Ver Tiflis desde el aire y conocer a la Madre de los Georgianos

El casco antiguo de Tiflis es un paisaje maravilloso, y mucho más si lo podés ver desde la cómoda altura del teleférico (no apto para acrofóbicos) que te lleva desde el Parque Rike hasta la Fortaleza de Narikala. Lo único reprochable del trayecto, que cuesta nada menos que 1 lari, es que dura demasiado poco para lo imponente que es el panorama durante el ascenso. Hacia adelante, el casco antiguo con el fuerte como corona de Tiflis y la estatua de la Kartlis Deda, la Madre de los Georgianos, desde lo alto sacrificando el sueño día y noche por sus hijos. Hacia atrás, abajo van quedando los domos de los baños de sulfuro y el moderno Puente de la Paz en contraste anacrónico con las callecitas empedradas y las iglesias antiguas, algunas abandonadas, del barrio de Abanotubani. Justo atrás de la fortaleza está el Jardín Botánico de Tiflis, un jardín donde hace 200 años los georgianos cultivaban plantas medicinales. La entrada a este predio no es gratuita, pero casi: sale 2 laris.
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3) Visitar el Museo Etnográfico de Tiflis

Ya sé que visitar un museo no es la actividad más divertida ni aventurera del mundo, pero la historia étnica de Georgia es una clave importante para entender quiénes son los georgianos y por qué ciertas cosas son como son hoy en día. La visita es muy entretenida porque no se trata de un clásico museo cerrado, sino de una exhibición al aire libre que muestra reproducciones exactas de las tradicionales casitas rurales de diferentes regiones del país, molinos, bodegas (Georgia es famosa por sus vinos) y otros espacios que son fundamentales en la vida cotidiana de los georgianos desde hace cientos de años. El museo cuesta 3 laris y está en lo alto de una colina al lado del Turtle Lake: para llegar se puede tomar un teleférico como el que sube hasta la Fortaleza de Narikala, sólo que éste sale desde el Parque Vake que está junto al Estadio Mikheil Meskhi y termina un poco más lejos hacia el noroeste.
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4) Entrar a todas las iglesias

Si esto fuera Italia la historia sería otra, pero la verdad es que Tiflis no recibe tanto turismo así que todo es muy pero muy barato, sino directamente gratis como en el caso de las iglesias y monasterios. En Tiflis hay muchas iglesias grandes y pequeñas, especialmente en y alrededor de la ciudad antigua, pero la más importante está alejada del centro histórico, cerca de la estación de metro de Avlabari del otro lado del río, y se ve desde casi todos los puntos de la ciudad porque está construida sobre una colina. Esta iglesia ortodoxa se llama Catedral de Sameba (también le dicen Catedral de la Santa Trinidad) y es una de las más importantes de su tipo en Europa del Este, del tamaño más o menos de San Alexander Nevski en Sofía o San Sava en Belgrado. En la ciudad antigua también hay una sinagoga, pero las veces que quisimos entrar la encontramos cerrada y sin nadie a cargo a quién poder preguntarle si está abierta al público o si sigue funcionando.
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5) Hacer una excursión a Mtskheta, la antigua capital de Georgia

Pronunciado correctamente Mtsjeta, con las cuatro consonantes al hilo y una “j” muy regurgitada, Mtskheta es un pueblito chiquito a solamente media hora de Tiflis en marshrutka (combis típicas rusas), aunque para sus estándares urbanos los georgianos dicen que es una ciudad. Nosotros fuimos para el Svetitskhovloba, una festividad religiosa que se celebra con bailes, comidas, kermesses al aire libre y lo más importante de todo, un día entero de misas casi continuas, porque Mtskheta además es el lugar donde el cristianismo fue proclamado la religión oficial de Georgia. Por eso es uno de los lugares más sagrados del país. También es el típico pueblito antiguo georgiano de postal, de esos con calles empedradas, casitas viejas de madera y ladrillo y el infaltable monasterio en ruinas en la cima de una lejana colina verde. Las marshrutkas que van a Mtskheta salen desde la base de la estación de metro de Didube, donde funciona uno de los dos mercados más grandes de la ciudad, y el viaje cuesta la modesta suma de 1 lari por persona.

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6) Aprender el alfabeto kartveliano

წლიდან, რაც ქართლის გამგებლად როსტომი დაინიშნა, თბილისი კვლავ აღორძინდა. გამოცოცხლდა ეკონომიკური და კულტურული ცხოვრება. ხელისუფლება გარკვეულ.
Si tenés planes de visitar Georgia y no entendiste lo que dice acá arriba no tengas miedo, no estás en un aprieto, porque verdaderamente este alfabeto lo que tiene de vistoso también lo tiene de complicado. Además no te preocupes: en Tiflis cada vez hay más jóvenes que hablan inglés -el segundo idioma de la gente mayor es el ruso- y no necesitás poder leer perfecto georgiano ya que todos los carteles importantes casi siempre están traducidos en inglés o como mucho en cirílico, que en comparación es mucho más simple y fácil de deducir. El sistema alfabético kartveliano nació en el Cáucaso un poquitito después del armenio, alrededor del 460 antes de Cristo, por lo que es unos mil años posterior al alfabeto griego. Aún así es uno de los sistemas de escritura más antiguos del planeta, y lo usan solamente los georgianos y otros dos grupos caucásicos; los mingrelíes y los laz, que viven en la costa turca del Mar Negro, en el límite con Georgia. Memorizar la relación de cada letra con su sonido correspondiente es una tarea que lleva su tiempo, pero si ya te estás yendo del Cáucaso y no llegaste a aprender el alfabeto kartveliano, entonces podés considerarte en condiciones de…
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7) Comprar de souvenir un libro que nunca vas a poder leer

Una cosa que amo con locura de Tiflis es la cantidad incontable de puestitos de venta de libros en la calle: para los vendedores georgianos, cualquier superficie lisa es buena para tirar la lonita y montar una librería de usados al aire libre. Y nada de libros cualquiera, sino unos ejemplares añejos impresos en georgiano y en cirílico sobre variadísimos temas, principalmente historia y geografía, narrados desde la angosta perspectiva soviética. Libros de hojas amarillas, con olor a viejo, con un poco de polvo que para mí es como polvo de hadas, tal vez sobre jardinería o cosas que no me interesan en lo más mínimo, pero los deseo en silencio por el solo hecho de ser reliquias soviéticas. Si fuera por mí me llevaría veinte, pero ya traigo uno de Armenia y siento que es mejor cortar la recolección antes de que se vuelva un hábito y no pueda parar. En la mayoría de los puestos cuestan entre 3 y 10 laris, pero para mí el más completo y barato (vi canastas enteras de libros a 1 lari), está en la esquina donde la calle Marjanishvili se cruza con la Avenida Agmashenebeli, enfrente de un McDonald’s grande que hay en la esquina opuesta.
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8) Visitar los mercados de Tiflis

Tiflis no tiene uno, sino dos mercados enormes que funcionan todas las mañanas al aire libre y duran hasta la tarde. El primero empieza a unas pocas cuadras de la estación de trenes y se extiende varios kilómetros en dirección hacia Didube: se venden frutas, verduras, legumbres, frutos secos, dulces, pastas al peso, productos de limpieza y cosmética, bebidas caseras, miel, pan, quesos, fiambres, aceites y muchísimas otras cosas (entre las que también hay electrónica de dudosa procedencia). El segundo mercado es un poco más chico y se arma alrededor de la estación de metro de Didube. Acá hay menos puestos, pero a todo lo anterior se le agregan la venta de ropa, zapatos y accesorios como bolsos y carteras. Obviamente los precios son súper baratos, mucho más que en el supermercado (que ya de por sí es barato) y por supuesto con la calidad local de todos los productos made in Georgia.
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9) Comprar pan en las típicas panaderías georgianas de subsuelo

Acá todo el mundo tiene completamente asumido que para comprar el pan hay que adoptar una posición corporal mezcla de ángulo a 90° y jorobado de Notre Dame, pero para nosotros era algo completamente nuevo y curioso hasta que con el tiempo nos fuimos acostumbrando. Muchísimas panaderías de Tiflis (no las que están en el centro histórico turístico sino las de los barrios) funcionan en unos sótanos no muy profundos de los edificios y por eso desde las ventanillas, que están a la altura de tus piernas, los panaderos llegan a asomar poco menos de la primera mitad del cuerpo. Y lo que te venden es un pan delicioso y barato que cuesta unos 80 tetris, es decir unos pocos centavitos de euro, con el nombre de deda puri (que significa “pan de la madre” y se llama así por la masa que se usa para prepararlo) y una forma alargada muy particular, como si fuera una canoa. El deda puri se cocina pegado a las paredes del tone, un típico horno cilíndrico hecho de arcilla que forma parte de la tradición panadera milenaria del país. Sí, milenaria: se han encontrado en excavaciones arqueológicas algunas piezas de lo que probablemente hayan sido hornos de arcilla, lo que significa que en la prehistoria agrícola los georgianos ya horneaban pan. No sé si en ese entonces sería tan rico como ahora, pero se ve que cientos de siglos de práctica resultaron en una receta exquisita.
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10) Entrar a la imprenta subterránea de Stalin

Esta imprenta es en realidad una especie museo un tanto particular: no se promociona como tal para no atraer el turismo; casi nadie la conoce. Está ubicada en la calle Kaspi número 7, en la margen del río opuesta al casco histórico, y sus encargados son algunos miembros del Partido Comunista de Georgia que sienten un poco más afecto de la cuenta por la figura de Stalin. En este edificio funcionaba la imprenta que manejaban los bolcheviques georgianos, incluidos Stalin y Orzhonikidze (el mismo que traicionó a su propio pueblo dirigiendo la ocupación soviética de Georgia), pero lo que se exhibe ahora es una reproducción de la imprenta original que destruyó la policía zarista para evitar la propagación de las ideas comunistas. Para entrar nada más hay que tocar la puerta. La visita es a donación.

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11) Ver el Atashgah de Tiflis, uno de los últimos templos zoroastrianos del mundo

En un momento los turcos quisieron convertirlo en una mezquita, pero hubiese sido un poco incongruente intentarlo porque en el barrio de Kldisubani viven solamente cristianos. El Atashgah, el templo zoroastriano dedicado al dios del fuego, no figura en ninguna guía de viajes y ni siquiera algunos locales saben de su existencia. Al gobierno tampoco le interesa porque no lo pueden convertir en plata de ninguna manera: con el tiempo quedó rodeado por otros edificios y casas particulares, pero parece que hasta el momento nadie se dio cuenta de que con un poco de cuidado y restauración podría volverse un gran atractivo turístico, y de que además los georgianos podrían alardear hasta hartarse de tener en su capital uno de los monumentos de la antigua Persia más raros del mundo. Los que más visitan el templo son los iraníes y la gente que se desvía un poco del centro histórico hasta llegar al barrio de Kldisubani. Lo que uno se encuentra cuando llega, en realidad, es una escalerita empinada que conduce a un edificio de ladrillos donde hay un cartel y una puerta cerrada, y los vecinos de alrededor dicen que no saben nada, seguramente porque por alguna razón no quieren hablar del tema. Por lo que leí, el templo adentro está vacío. No hay nada: nada salvo la energía residual de los persas que veneraron al fuego en este mismo lugar hace mil quinientos años.
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12) Viajar en el metro de la Georgia soviética

Comparado a los metros-hormiguero de centros urbanos que nunca descansan como por ejemplo Moscú o París, el metro de Tiflis -con sus dos únicas líneas- resulta una ternura total. Aunque la verdad es que una ciudad tan chica no necesita más, y aparte el sistema de las marshrutkas está perfectamente organizado para conectar las zonas a donde no llega el transporte subterráneo. El metro de Tiflis está chapado al más típico estilo soviético: estaciones profundísimas con decorados futuristas y luces amarillentas, escaleras mecánicas que no fueron contemporáneas de Stalin pero casi, vagones atravesados por líneas rojas que dan sensación de velocidad, en fin. El olor a máquina vieja que flota en el ambiente al bajar esas escaleras que se adentran en las profundidades de los metros de estas ciudades, como pasa también en Ereván y San Petersburgo, siempre me hace sentir que estoy siendo tragada por una especie de averno de la técnica soviética. Es una experiencia fuera del tiempo (o mejor dicho, muy bien delimitada en la escala temporal) que vale cada tetri del costo del boleto.
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13) Visitar la única mezquita que queda en Tiflis y sentirte por un ratito en Irán

Es cierto que en Georgia llegó a existir en un momento, hace muchos siglos, un “Emirato de Tiflis”, y que alguna vez los otomanos (musulmanes) se pelearon con los persas (zoroastrianos) por el dominio del Cáucaso y por ver, a fin de cuentas, quién podía imponer a esta región su mejor visión de la religión. Pero la verdad es que a diferencia de la vecina Azerbaiyán, en la actualidad el Islam no pinta nada ni en Georgia ni en Armenia porque son dos países con una historia profundamente católica. Sin embargo la Mezquita de Jumah o Mezquita Central de Tiflis, construida hace unos escasos 400 años (para la historia del Cáucaso esto es muy reciente), hoy es de las pocas que siguen en pie en Georgia y por que pudimos ver la mayor parte del tiempo no se la nota demasiado concurrida. Tiene un frente hermoso con una arquitectura que sigue fielmente el estilo de las mezquitas persas, con muchos mosaicos de patrones caleidoscópicos y formas bien simétricas que alternan las líneas rectas con las curvas de las cúpulas, pero en este momento está en refacciones así que no la encontramos con muchas ganas de ser fotografiada. Pero por dentro está abierta al público indistintamente, podés ingresar siempre que llegues fuera del horario de los rezos, y obviamente la entrada es completamente gratuita.
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14) Probar todas las variedades de churchkhela

La churchkhela en Georgia es uno de esos dulces-fetiche con los que a veces me obsesiono al punto de asquearme, como en Transilvania con el kürtőskalács. Lo hablábamos con unos amigos argentinos hace poco; yo sé que la churchkhela no es tan rica, pero hay algo en su sabor que me llama mucho la atención. En realidad lo más interesante es su forma: al principio uno pensaría que se trata de algo salado, probablemente hecho de carne a juzgar por los colores amarronados que tienen algunos, pero no. No podrían ser chorizos porque en uno de los extremos tienen una puntita solidificada, como si en algún momento hubiesen sido un líquido espeso que se secó, y porque además se ven como pasados por harina. No; no son de carne. Son dulces. Son la golosina nacional llamada churchkhela. Para prepararlas primero se enhebran mitades de nueces en un hilo de más o menos 30 o 40 centímetros, que se sumerge en una mezcla cocida de jugo de uva + azúcar + harina + melaza y por último se cuelga para dejar solidificar. Este es un video que muestra todo el proceso, que toda/o georgiana/o que se precie de tal conoce como la palma de su mano (los armenios y los turcos también, porque la churchkhela se disfruta en todo el Cáucaso). En Tiflis se consiguen por entre 75 tetris y 4 laris los más caros, pero éstos últimos se venden a ese precio en la zona turística de la ciudad antigua y en mi opinión no vale la pena dejarse robar de esa forma. Los más baratos yo los encontré en el mercado grande de la estación de tren que comentaba más arriba. Atención: consumir con moderación porque son altamente adictivos.
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15) Visitar los baños de sulfuro

Bueno, ésta última no es tan casi gratis, pero la agrego como un extra porque no todos manejamos el mismo presupuesto, y barato/caro no son términos fijos sino variables de viaje a viaje y de persona a persona. Los baños de sulfuro, en el centro del casco antiguo de Tiflis, son el lugar desde donde la ciudad se gestó y comenzó a crecer: las aguas minerales termales a 40°C que brotan del subsuelo en este sitio eran una visita obligada para todos los viajeros que pasaban por esta zona del Cáucaso desde incluso antes de los tiempos del Imperio Romano. Los locales cuentan orgullosos que Pushkin, el famoso poeta ruso al que también hay dedicada una plaza en Tiflis, se bañaba regularmente en estas aguas. Actualmente los precios varían entre los 20 laris (7 euros) y los 100 laris (37 euros) dependiendo de la duración y de los servicios que se elijan, como por ejemplo sólo un baño, o el baño + masajes y exfoliación. Tan característicos como las propiedades del agua llena de minerales son los domos de ladrillos que sobresalen del piso como bultos rojos en la ciudad antigua, con unas chimeneas abiertas por cuatro ventanitas que dejan salir todo el vapor con ese particular olor a huevos podridos que se siente en todos los lugares donde hay actividad sulfúrica. De más de 60 baños que habían en la antigüedad hoy sólo quedan cinco: los Orbeliani Baths, la Royal Bath House, el Sulphur Bath, los Bakhmaro Baths y el Bathhouse N°5.

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Más info

♥ Para llegar a Tiflis volamos con la aerolínea Pegasus desde el aeropuerto de Estambul Sabiha Gokcen, del lado asiático de la ciudad, por €45 sin equipaje (este precio fue para el vuelo del 08/10/2016). Con equipaje los tickets estaban a €50.

♥ En Tiflis nos alojamos en la Red Fox Guesthouse, en el centro del casco histórico.

Flor

Flor

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