Los árboles me hablan (1): a trabajar sin más excusas

Los árboles me hablan (1): a trabajar sin más excusas

Ha llegado el momento menos esperado, el más pateado para adelante, y el más temido, el más rehuido. EL MOMENTO DE VOLVER A TRABAJAR. Terrorífico.

Así que aquí estamos, ya mudados al alojamiento de Cherry Corp luego de haber terminado con nuestro período de “jardinería a cambio de alojamiento”, a punto de empezar el trabajo correspondiente a la poda de verano de los cerezos, compartiendo vida y casa con una pareja de chilenos (los weones son minoría) y otras dos parejas de argentinos, más otra pareja de chilenos que trabaja con nosotros pero alquila un cuarto en una casa en el pueblo, a algunos kilómetros de acá. Nosotros ya venimos acostumbrados desde Australia a la modalidad de trabajo live-in, que es cuando vivís en tu lugar de trabajo, así que como siempre, sabemos que tiene su parte buena y su parte mala. La parte buena es estar cerca de donde desarrollás tus actividades, y por consiguiente no tener que gastar (tiempo y dinero) en transporte. La parte mala es la obvia: la imposibilidad de escapar del trabajo. Te asomás por la ventana de tu cuarto y los cerezos están ahí, invariablemente: nada en el cosmos va a hacer que puedas tener un respiro de aquello que ves durante ocho horas en tus tareas diarias.

Pero Nueva Zelanda es algo que veníamos esperando desde hace mucho tiempo por una razón que pesa más que la acumulación de moneda kiwi (en este punto, realmente, cuánta plata tengo en el banco es algo que ya no me saca el sueño, mientras recupere los casi mil dólares que gasté acá inicialmente y pueda vivir sin tocar mis ahorros australianos) y esa razón es la vida social que no pudimos tener tan plenamente en Australia. Por suerte, acá, compartiendo casa con seis personas más, la vida nunca es aburrida.

La casa se compone de ocho habitaciones lindas pero en tamaño súper mini para los empleados (Alf, uno de nuestros compañeros argentinos, lo puso sutilmente diciendo que son del tamaño de los establos donde viven los caballos) todas con camas cuchetas, dos baños y dos duchas, un lavarropas, una cocina bastante grande y con todos los utensillos en su lugar, y un deck que da a un lago donde vienen a bañarse mamás patas con sus pichones. Los carísimos 120 dólares (por persona) que pagamos acá de alojamiento van a parar al bolsillo del dueño de la plantación, a quien por cierto si hay algo que seguro no le falta, es plata (¿quién nos salvará del capitalismo fundado en la fruticultura…?).

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Lo que vamos a estar haciendo acá durante las próximas dos semanas es, esencialmente, la poda de verano de los cerezos: el pruning más liviano, ya que la poda bien fuerte (e inclemente) es la de invierno. Serán básicamente ocho horas por día cortando las ramas que no tengan hojas ni frutas, las ramas rotas o enfermas, o las ramas con o sin fruta que estén muy bajas y puedan resultar un obstáculo para los tractores, o una buena panzada para los conejos. Las ramas que estén demasiado altas y largas, y puedan obstruir la visibilidad del camino, también tienen que cortarse. Cuando llueve no se trabaja, ya que si los árboles se podan estando mojados se pueden infectar a través de los cortes que quedan húmedos. El sueldo es de 14 dólares la hora, y el trabajo, seis días a la semana -si tenés la suerte de que no te llueva ningún día. ¿El bajón? Entre el fin de la poda y el principio de la cosecha, tenemos tres semanas de inactividad que ya desde ahora amenazan con devorarse nuestros –futuros– sacrificadamente ganados ingresos.

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Asadito de domingo, con un ligero sabor a casa (la parrilla a gas no ayudó)

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Seguí leyendo la segunda parte de esta historia en Los árboles me hablan II (podando los cerezos)

Flor

Flor

1 comentario

  • Nestor Suarez
    Julio 11, 2015 en 3:18 pm

    La joda se ter-mi-nó! Al menos no están aburridos y tienen con quién hablar jaja
    Un saludo grande!

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