Armenia entre el Genocidio y la Unión Soviética: ningún cuento de hadas

Armenia no es un cuento de hadas

Más que la ropa incongruente con la indumentaria de ciudad o la inocencia del tipo recién llegamos a Armenia y no entendemos nada que podamos haber exudado en un principio, yo pienso que son nuestras narices las que nos delatan como extranjeros. Porque cuando estamos con las mochilas y las cámaras, equipados para un día a full de turismo, puedo entender que la gente nos mire con curiosidad. Pero otras veces andamos por la calle de civiles, tal vez yendo al supermercado para aprovisionarnos de chocolate, vestidos no del todo a la moda (?) pero por completo desprovistos de cualquier elemento que nos pueda señalar como posibles turistas perdidos intentando encontrar el camino de vuelta al circuito de Europa clásica. Y aún así, las miradas. No hay otra cosa que pueda explicarlo: es la nariz. Lo que pasa es que nuestras narices no están tan bien plantadas en la vida como las narices armenias, que más prominentes y un poco curvas, huelen el mundo con orgullo desde rostros con labios llenos y ojos enigmáticos que llevan la marca característica de la estructura ósea facial caucásica. La nariz porteña es diversa en formas y tamaños, eso no se puede negar, pero hay algo que casi nunca es: aguileña. La gente nos mira por la calle y yo creo que van diciéndose para sus adentros “estos chicos ¡qué narices más cortas que tienen! Se nota a la legua que no son armenios”. Y yo a mi vez, cuando veo una nariz armenia en una cara armenia, sea en Armenia o en cualquier otra parte del mundo, me doy cuenta de que seguramente lo que tengo adelante es un ejemplar armenio porque las narices con formita de gancho, endémicas de esta zona del Cáucaso, no mienten (noses don’t lie?).
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En el tren desde Tiflis a Ereván compartimos compartimiento (que valga la redundancia) con una pareja rusa de Sochi: Iván e Irina, los dos de alrededor de 40 años de edad. Ella hablaba poco y nada de inglés y él interrumpía su verborragia cada pocas frases para asegurarse de que yo le estaba entendiendo: my English is good for understand, okay? Iván, quizás porque así es como en Rusia se acostumbra a los ciudadanos de bien a ver el mundo ex-soviético, no paraba de referirse al Cáucaso como a una extremidad rusa. Lo hacía sin ninguna maldad, porque se le notaba en la cara que no hubiera sido capaz de sentirla hacie nadie y que lo único que quería era conversar con los dos argentinos de la litera de arriba hasta la hora de dormir. Nos ofreció uvas negras, que comimos con ellos, y vino blanco, que rechazamos amablemente porque ya sabemos cómo es esto en los trenes con los eslavos. “Así son los ferrocarriles rusos” nos decía como disculpándose cuando a veces el tren traqueteaba demasiado fuerte por las vías armenias. “Por suerte acá nosotros no tenemos que hablar ni armenio ni georgiano, porque todos nos entienden cuando les hablamos en ruso. Especialmente la gente mayor, que lo aprendía en la escuela cuando todos los países de esta zona éramos una gran unión”. Una gran unión donde cada país hasta ese momento soberano tuvo que sacrificar su independencia, sus costumbres, su lengua y su religión, en una palabra, su autodeterminación, en la hoguera de la comunión socialista. Un pacto de sangre mediante el que todos tuvieron que someterse, por las buenas o a la fuerza, a los nuevos objetivos comunes de la colectivización y el desarrollo de la industria con Lenin y luego Stalin a la cabeza de la expedición hacia el País de las Maravillas comunista. Pero en ningún momento hablamos de identidad o alienación. Esos son sólo detalles, consecuencias inevitables de la implementación de un sistema económico destinado a traer el progreso al mundo. “Nosotros cuando tenemos algunos días libres nos vamos a Abjasia” nos dice Iván. Abjasia es un territorio en disputa entre Rusia y Georgia, reconocido como estado independiente únicamente por Rusia y por otros territorios en disputa de la región que obviamente se ven identificados con el conflicto y apoyan la causa persiguiendo sus propios deseos separatistas. “Nos queda cerca de Sochi y tiene unos paisajes hermosos. La infraestructura para el turismo es buena. El gobierno ruso le presta ayuda económica”. En 1921 los rusos también le prestaron ayuda a Georgia, ocupándola y saquéandola para defender a su población soviético-armenia del autoritario gobierno georgiano que todavía se negaba a fundirse en el fuego de las Repúblicas Socialistas. Pero la culpa de esto no la tiene Iván, no la tiene Irina y no la tiene ningún otro ruso que hubiéramos podido conocer en ese tren. La culpa la tienen los que hacen política.
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Por esas culpas de otros, como es natural, hay terceros que tienen que pagar. Y se nota que Armenia pagó. Yo diría, después de viajar en marshrutka durante varios días por los pueblos más retirados del país, que todavía sigue pagando. Porque la verdad es que Armenia no es un cuento de hadas. Le pregunto a mi amiga armenia si será el otoño que nos hace sentir desahuciados, con la impresión triste de estar en un país como marchito, o si es que estamos verdaderamente en un lugar que perdió la dirección. Lo consulto con ella porque no hay forma sutil de parar a una persona equis en la calle y decirle hola, ¿qué tal? Disculpame el atrevimiento, pero me estaba preguntando por qué tu país se ve como si no avanzara un paso desde hace 50 años. Las fábricas desiertas con ventanas rotas en el medio del campo nevado, los cimientos pelados de edificios jamás terminados en las montañas de Tsaghkadzor, las casas de madera a medio devorar por las enredaderas, todo me hace pensar en el desarrollo que Jean Paul Sartre hace en La náusea cuando afirma que las cosas no tienen ganas de existir, que existen sin embargo porque tienen que, pero lo hacen sin fuerza, sin voluntad, tan débilmente que ni siquiera tienen la facultad intrínseca de morir. Mi amiga me contesta que la sociedad armenia está muy polarizada, que hay mucha desesperanza a raíz del desempleo, y le cuento que hace poco vi un documental de Al Jazeera que hablaba sobre los armenios que se van casi sin nada a trabajar a Turquía para poder girarles dinero a sus familias. Pero no es la gente la que me transmite esa sensación de desesperanza: la gente ni siquiera en los peores momentos pierde su amabilidad y su ternura. Son las cosas las que flotan en un limbo de incompletud. El legado comunista es un fantasma que se esconde en cada esquina, y me pregunto qué sería hoy de Armenia y de un montón de otros países que hoy son pobres si hubiesen tenido la elección de ser otra cosa que Repúblicas Socialistas Soviéticas.
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“Imagínense” nos decía Lucine, una antropóloga de Gyumri que nos frenó en la autopista de Sevan para acercarnos hasta Dilijan “vivir en una de esas ciudades nacidas durante el comunismo, con inviernos largos y fríos, en un edificio cuadrado de concreto como los que ya vieron en la capital, y los materiales principales para construir son el cemento y el metal así que todo se ve gris. Y tu vida también es gris, porque vas a trabajar y prácicamente existís para hacer todos los días lo mismo adentro de una fábrica (si es que no estás en una granja colectiva) y todo es igual para todos; querés comprar una remera y la única opción que tenés es en dos colores, y la comida casi nunca alcanza. Pero mientras tanto en los diarios y la radio el gobierno te dice que todo va bien, que todo va para adelante. Entonces yo creo que la gente perdía un poco la noción de lo que significaba vivir en un lugar donde las cosas fueran realmente bien”. Lucine es joven, y por eso se da tanta licencia para atacar el régimen de la URSS. Porque la gente mayor no suele opinar así de los años comunistas; para ellos casi siempre la calidad de vida era mejor durante la época soviética salvo por el pequeño detalle de la información controlada, el miedo y las purgas. “A los rusos no les interesaba nada que en Armenia las costumbres fueran completamente opuestas a las de una sociedad industrial; que los armenios fuéramos católicos y tuviéramos una tradición religiosa y rural. No les importaba porque ellos también suprimieron todas esas cosas en su propio país, y no les parecía fuera de lugar arrancar a un granjero de cientos de años de vida en la aldea para ponerlo a trabajar entre máquinas y afiches de propaganda”. Ahora, post-comunismo, las cosas están mucho mejor en Armenia en lo que se refiere a libertades. Pero hay un problema enorme que es el desempleo, y algunas estadísticas dicen que casi el 40% de la población vive, con 2 dólares al día o menos, por debajo de la línea de pobreza. El 2% de la población armenia se considera rica, mientras que el 58% restante se identifica con la clase media. Lo que muchos armenios hacen cuando no pueden conseguir trabajo en su país es emigrar ilegalmente a Turquía (pero el trayecto es muy largo: hay que tomar el camino vía Georgia porque la frontera más directa está cerrada), y antes de exceder la estadía permitida en espacio turco tienen que volver a Armenia. Mucha gente se mueve una y otra vez de esta forma durante años. En Estambul hay hospitales armenios, escuelas armenias y una enorme comunidad de emigrantes que no deben encontrar nada ameno, me imagino, el tener que recurrir para ganarse la vida al país que una vez intentó borrarlos de la faz del planeta y hasta hoy niega que un Genocidio, con mayúscula, alguna vez haya sucedido en el territorio armenio del Imperio Otomano.
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Porque el Genocidio también forma parte de la identidad de los armenios tanto como el Holocausto forma parte de la identidad de los judíos. El Genocidio Armenio es una enorme espina clavada, una herida que no para de sangrar desde 1915, el año en que un millón y medio de armenios fueron asesinados por los turcos otomanos con el fin de exterminar a toda la población no musulmana que en ese momento vivía en el territorio del Imperio Otomano. Con los armenios cayeron también los griegos y los asirios, y los campos de concentración de todo el espacio moderno de Turquía se llenaron de cristianos y zoroastrianos que era necesario erradicar para que prevaleciera el Islam (no, en la historia de los turcos no abundan los ejemplos de tolerancia con el que piensa distinto). Puede parecer un poco violento que todos los años los armenios alrededor del mundo marchen durante el aniversario del Genocidio con pancartas que dicen “Turquía Estado asesino”, pero pensemos que a lo largo de todos estos años el gobierno turco ha negado y sigue negando categóricamente que lo que sucedió haya sido un genocidio, sacudiéndose el tema de encima con la pobre excusa de que “algunos armenios simplemente se murieron a consecuencia de la guerra entre Rusia y Turquía”. Las muertes, Turquía calla porque es mejor olvidar las atrocidades que uno sabe que cometió, fueron consecuencia de asesinatos sistemáticos, ahogamientos, envenenamientos, trabajos forzados en campos de concentración, inanición, marchas obligadas a través del desierto de Siria y ejecuciones por motivos políticos. Al día de hoy solamente 20 países reconocen que lo que se le hizo a los armenios se llama genocidio: los demás se abstienen de mencionar esa palabra para no incomodar a Turquía, que en la actualidad persigue activamente a todo el que se refiere al genocidio como tal imponiendo sanciones a los países que hablan del tema, amenazando a escritores y editoriales y protestando contra los memoriales que se levantan en conmemoración del Genocidio en Europa Occidental. Y todo esto verdaderamente da miedo, pero la negación es una fase que suele atravesar todo aquel que tiene entre las manos una mentira en proceso de derrumbe.
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En un principio estaba emocionadísima con nuestro viaje por Armenia. No sabía por qué, pero tenía el presentimiento de que me iba a encantar. Algunos viajeros que habían estado por acá antes que yo me habían mencionado así como al pasar que en Armenia no la habían pasado bien, que les había resultado muy triste; pero yo sentía que el problema era de ellos por no haber sabido verle el encanto. Ahora, estando acá, me doy cuenta de que el de Armenia es un encanto muy melancólico, con muchas puntas filosas. No es fácil encontrarlo sin lastimarse un poco durante la búsqueda. El Memorial del Genocidio es una visita especialmente dura. El panorama de medio país en el atraso y el casi olvido -el caso de muchos pueblos languidecientes como Gagarin, Shamlugh y otras decenas de asentamientos de 1000 habitantes o menos- también es duro porque hace que te preguntes por qué, cómo, qué hay que hacer (o no hacer) para llegar a esto y qué razones cínicas de la vida llevaron a que los armenios, Elegidos bíblicos, fueran también los elegidos por los más poderosos para invadir y aculturar y destruir y después lamentar, y por qué no se levantan contra este presente que los sigue atando al pasado, y por qué no. “Espero que el interior de Armenia les guste y que no piensen mal del país, pero es que en muchos aspectos los pueblos todavía siguen como en la Edad Media” nos dice Zabelle, la recepcionista del primer hostel donde nos alojamos en Ereván. La referencia medieval me pareció un poco exagerada, pero más adelante cuando salimos de la capital, que es donde se concentra todo el desarrollo del país, entendí lo que quiso decir. Siento que como viajera yo le fallé a Armenia (y no al revés), pienso que tal vez el otoño haya ayudado al clima de depresión general que nos siguió como una nube negra durante todo este tiempo -porque el frío y la nieve prematuros del Cáucaso son inesquivables y oscuros-, y no sé muy bien qué mas decir. Esta vez no se reveló esa magia de los viajes que vamos persiguiendo por el mundo (aunque sabemos que no tenemos que esperarla, que pretenderla en algunas ocasiones es como querer forzarnos a nosotros mismos sobre un lugar que no tiene interés en responder a nuestros deseos). Sin embargo me alegra de una forma gigantesca haber conocido Armenia. No perdimos nada en Armenia: ganamos. Viajando se gana siempre.

Flor

Flor

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