¿Cómo se vive en la colmena? Reflexiones sobre la vida laboral japonesa

¿Cómo se vive en la colmena? Reflexiones sobre la vida laboral japonesa

Durante parte de nuestra última semana en Tokio estuvimos alojados en lo de Christian, un alemán muy buena onda con quien dimos a través de, una vez más, Couchsurfing. Pasamos tres noches en su departamento justo enfrente de la estación Hamamatsucho y de la Tokyo Tower (una imitación bastante burda de la Torre Eiffel), de la que teníamos increíble vista desde el balcón de nuestra habitación. Los días en su casa pasaron rápido, llenos de charlas muy interesantes sobre todo tipo de temas: relaciones amorosas, política, historia, asuntos internacionales, etc. Pero todo lo bueno termina, y nos encontramos un lluvioso martes 13 a la mañana abandonando su departamento para ser recibidos por la noche por otro couchsurfer, ésta vez un japonés que convive con su novia en el barrio de Ayase.

Siendo éste el caso, teníamos todo el día para matar, con poco para hacer al tener que estar cargando con nuestras mochilas todo el tiempo. Decidimos entonces instalarnos en la terminal de ferries, el lugar más pasable que se nos pudo ocurrir por esta zona para esperar tantas horas hasta las 7 de la tarde. Y en un momento de este día es que tuve la revelación de que trata este artículo.

Habiendo desayunado escasamente luego de armar campamento en un rincón cómodo de la terminal, eventualmente el hambre empezó a atacar. Dejé a Martín al cuidado de las mochilas y salí con la idea fija de ir a almorzar a McDonalds’s, ya que habíamos estado comiendo mucha comida japonesa y estaba antojada de una hamburguesa con papas fritas. Llego al mostrador, compro mi set meal, hago un paneo rápido en busca de una mesa o un asiento libre. Todo llenísimo. Me dirijo a la escalera para bajar a otra planta con más lugares, y la imagen que vi cuando llegué abajo me sorprendió a la vez que me mostró una gran verdad: ésta ciudad es la capital mundial de la insatisfacción y la vacuidad espiritual. Ésta ciudad grita “deshumanización producto del trabajo”.

Los asientos en la planta baja estaban dispuestos individualmente a través de unas tres o cuatro barras largas. Todos, pero todos, estaban sentados comiendo solos. No había nadie que hubiera ido a comer con un compañero de trabajo o un amigo. Silencio sepulcral. Todo el mundo inmerso en sus teléfonos o en la lectura de documentos de la oficina. Ésta escena no es para matar a nadie del susto o de la sorpresa, pero esa gente me pareció infinitamente triste y vacía. Y escribir esto me hace pensar que estoy exagerando un poco, pero siento que si indago todavía más profundamente en los hábitos de esta sociedad, me voy a dar cuenta de que no me estoy equivocando. A un nivel general se nota mucha depresión, y cuando digo esto hablo más que nada sobre las generaciones adultas.

Haber pasado tanto tiempo en Japón, y especialmente en Tokio, que es donde está concentrada la mayor parte de las oficinas del país que esclavizan a estos autómatas (que ya están desde un principio socialmente programados para ese fin) me hizo dar cuenta de que estaba errada con respecto a la idea que tenía formada de la sociedad japonesa. En 2012 pasamos relativamente poco tiempo entre Tokio, Kioto y Osaka, y me pareció que los japoneses eran personas muy felices. El país es una máquina perfectamente aceitada que funciona con la precisión de un reloj suizo, eso nadie lo puede negar. Esto me llevó a creer que la gente no tenía razones para no ser feliz. ¿Cómo no iban a ser felices?: nada de inseguridad, corrupción poco perceptible -si no nula- a un nivel político y estatal, gran cultura del respeto, la tolerancia y la consideración por el otro, una historia turbulenta pero riquísima que ha servido para el cambio positivo, y un sistema educativo que no tiene nada que envidiarle a los países más desarrollados de Europa. Los empleados de cualquier negocio saludan con una sonrisa siempre, gente súper amable y dispuesta a ayudarte en cualquier lado a donde vayas. Definitivamente, todos ingredientes infalibles para una vida alegre y despreocupada.

Pero con una mirada un poco más profunda, se puede ver que toda esta perfección a todo nivel, cuesta caro en la esfera humana. La máquina no se aceita sola, la aceita incansablemente cada individuo que forma parte de ella, al costo de la alienación y la negación del espíritu. La vida del empleado (y por “empleado” me refiero a todas las posiciones y jerarquías, ya que, incluso el presidente de una compañía es empleado –del sistema- aunque no lo sepa o no se dé cuenta, y está tan subyugado por la presión del mercado como lo están todos los demás que están por debajo de él) está condicionada casi completamente por su empresa. La lealtad a la compañía para la que trabaja lo es todo. Se espera de él que haga amistades dentro del ámbito laboral, como para terminar de fundir hasta el aspecto social y personal de su vida con su trabajo. Las jornadas son larguísimas y el horario de 9 a 6 termina siendo de 8 y media de la mañana a 9, a 10 o a 11 de la noche en algunos casos. La gente no tiene tiempo para vivir, ni para esparcirse, ni para alimentarse correctamente, ya que la hora de almuerzo a veces es de 40 o 45 minutos exactísimos (nada de pasarse unos minutos o entretenerse a mitad de camino hacia el escritorio). Cuando el empleado japonés se va de vacaciones encuentra muy difícil desconectar, o tal vez ni siquiera quiere hacerlo, o no sabe cómo. Conocí a una chica de Sri Lanka trabajando en Tokio que cuando se fue de vacaciones a Tailandia con sus colegas, se encontró con que los japoneses se estaban preguntando si su producto tenía presencia allí, cómo podían insertarlo o relanzarlo según fuera el caso, o cuál era la competencia en ese país. A las empresas obviamente les conviene esta abolición de la individualidad, pero no estoy segura de si son ellas las que imponen las normas sociales, o si los japoneses se autoimponen la esclavitud por convicción propia.  Sea como sea lo cierto es que la gente no es realmente feliz, sino que se encuentra en un estado de felicidad ilusoria, que iguala “felicidad” a “estabilidad laboral y apego a las normas sociales”.

La amabilidad excesiva que muestran los japoneses generalmente es auténtica y genuina, pero otras veces es producto de una obligación moral o una costumbre instalada en la cultura. En algunos casos uno se puede dar cuenta de que la gente, simplemente, no tiene ganas. Todo esto genera incluso problemas entre parejas, en las que, generalmente los hombres, a fuerza de estrés, se vuelven emotionally unavailable (no disponibles emocionalmente). Por eso pueden verse muchas parejas de mujeres japonesas con hombres occidentales, ya que lo que no se encuentra en casa hay que buscarlo afuera. Algo que también notamos es que los niños son súper independientes desde temprana edad, y si bien es muy tierno ver a nenes de cinco años de la manito yendo juntos a tomarse el metro o volviendo a sus casas a pie, es algo que  habla sobre una ausencia en el hogar.

Otra cosa que agrega a la pasividad con la que las personas aceptan su posición como engranajes anónimos de la máquina, es la forma en que son programados para no cuestionar la autoridad. Esto lleva a conductas sociales eternamente cuadradas, como ser pararse delante de un semáforo de peatones que está en rojo, en una callejuela de quinta importancia por donde con suerte pasan dos autos cada media hora. No, si acá las convenciones sociales están para ser respetadas. Y si bien respetar las reglas de tránsito es algo que todos deberíamos hacer, a veces no es necesario ser tan dogmático. Dentro de la oficina, por ejemplo, el jefe es una especie de deidad a la que no se puede corregir ni sugerir cambios en los métodos de trabajo. Si las cosas son así, y siempre lo fueron, ¿para qué cambiarlas? Y lo que es más, ¿quién es uno para cambiarlas?

Pero no todo está perdido para la colmena de abejas incansablemente trabajadoras, negadas como espíritus libres por su entorno y por ellas mismas. Seguramente los jóvenes de las generaciones actuales serán los artífices de una futura sociedad más relajada, más libre y con menos presiones. Por las calles de cualquier ámbito urbano del país se pueden ver chicos vestidos de las formas más extrañas (y digo de verdad raras), respondiendo al fenómeno de las tribus urbanas, que acá golpean con tanta fuerza justamente porque los jóvenes no pueden identificarse con el modelo de las generaciones mayores; necesitan algo suyo y diferente. Esto habla de una juventud que ya no va hacia una adultez rígida y marcada por la vida laboral y económica, sino que apunta a la creatividad, a la diversidad en los gustos personales y al desarrollo de la propia personalidad.

Con todo, la sociedad japonesa es una de las más hospitalarias, amables y atentas que se pueden conocer viajando. Solamente falta trabajar un poco en los tiempos privados, el disfrute de la vida, bajar un poco la velocidad y el estrés. Priorizar la felicidad y la libertad. Volver a ser más humanos.

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Flor

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