Cuando la pareja no sobrevive al viaje: cómo es cortar una relación de 7 años

Cuando la pareja no sobrevive al viaje: cómo es cortar una relación de 7 años

Siete años en pareja y casi cinco de viaje juntos. Yo con un caso severo de despreocupación por el futuro, y él, una bomba de inseguridades. No quiero decir que todo era malo todo el tiempo, porque estaría mintiendo. Ni un cuarto de ese todo llegaba a ser del todo malo en realidad, pero en circunstancias de presión lo negativo se acumula, y creánme que pesa.
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Italia en invierno fue como la muerte para mí. Lluvia, nieve, frío y encierro durante los días más grises en los que estábamos lejos del centro de la ciudad, a quince kilómetros de Bolonia en un departamento alquilado y sin ganas de salir. Yo, con una taza de té, mi cuaderno y una lapicera era feliz. En cambio a él la quietud siento que lo enloquecía un poco, que le agitaba esa ansiedad por el futuro siempre agazapada en un rincón de su mente. Una ansiedad que no era mía porque yo nunca quise saber nada sobre lo que pasaría más adelante, no me ocupaba ni me preocupaba. A él sí. “No veo cómo vamos a poder vivir una vida juntos combinando lo que nos gusta hacer. Y ¿qué vamos a hacer más adelante? ¿Qué pasa cuando volvamos?”. Una tarde de sol hermosa en Pula, en la costa croata, le dije que tenía ganas de pasar un tiempo en Rumania para poder escribir tranquila y probar la experiencia de vivir en un país europeo. A la basura hasta el último atisbo posible de un buen momento. Histeria absoluta. Una nueva discusión que iba derechito a coronar la alta torre de años de discusiones estériles que nunca tuve interés en tener, pero que tuve que atravesar mil veces en contra de mi voluntad y hasta de mi propia naturaleza. “¿Qué carajo voy a ir a hacer yo a Rumania?”. Lo mismo que estás haciendo acá, en Croacia, lo mismo que hiciste cuando viajamos por Asia, lo mismo que hiciste cuando te fuiste por primera vez de viaje a India. ¿O no?
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Frustraciones de él apiladas unas sobre otras y pesando sobre mí, la única persona disponible sobre la que descargar la tormenta: la comida, la lluvia de Italia que no paraba, la ciudadanía italiana, Rumania y qué carajo voy a hacer yo ahí. Estar con una persona que nunca se aventuró a su propio interior es difícil, pero estar con alguien así de viaje y convertirte en su único apoyo y su casi única interacción humana durante meses es mucho más difícil aún. Hubieron momentos felices y despreocupados, claro que sí, pero los momentos felices no son los responsables por la grieta que inicia el desmoronamiento de una relación.
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A lo largo de todos estos años me cuestioné muchísimas veces si debía seguir con él o no, casi desde el primer momento en que empezamos a viajar y lo veía tan tenso, tan enojado o frustrado por las cosas más simples, tan impotente frente a lo desconocido de sus propias emociones, y seguramente él se habría preguntado lo mismo respecto a mí cuando yo no me medía en mis contestaciones, o cuando no me interesaba por cosas que nos concernían a los dos. Me lo cuestionaba cuando sentía que se nos moría la intimidad, cuando sentía que el valor que yo ponía en esa intimidad caía un poco más bajo cada vez que él era incapaz de interactuar con otras personas casualmente, de aceptar un error mío sin señalarlo, incapaz de mostrarme cariño si habían otras personas alrededor, de apoyarme en una aspiración personal sin proyectar sobre mí su propio miedo al fracaso, incapaz de relajarse, de aceptar que el otro es otro, de entender que yo no quería viajar con su familia por un mes, de captar finalmente la idea que yo nunca iba a actuar tan lógicamente como él lo hacía, porque yo no funciono de esa manera.
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A pesar de todo fue un corte feliz, el corte más maduro de toda mi vida amorosa. Fue él, de hecho, quien decidió cortar la relación y no yo. No lo hice porque en ese sentido fui más tonta, más cobarde. Hice lo que siempre aconsejo a mis amigos no hacer. Porque dije “bueno, ahora no estamos tan mal, ahora estoy cómoda (demasiado cómoda, entumecidamente cómoda), ahora no estoy preparada para afrontar un corte”. Pero él lo hizo bien. Decidió bien. Se dio cuenta de que no teníamos futuro, lo que sea que para él significase el futuro, y me dijo una tarde, acá mismo en Buenos Aires, tenemos que hablar porque siento que no tenemos que estar más juntos. Y yo intentaba entender el sentido de esas palabras al mismo tiempo que trataba de aferrarme a cualquier cosa a mi alrededor que pudiera indicar que todo era un sueño y que seguramente ya pronto me iba a despertar, porque éstas situaciones pasan en las películas pero nunca en la vida real, porque esto simplemente no puede ser. Pero no me desperté sino hasta después de algunos días y muchas lágrimas (pero no tantas como me hubiese imaginado; el duelo ya estaba hecho desde hacía mucho tiempo atrás).
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Reconozco que los dos nos asfixiamos. Nos asfixiamos el uno al otro en casi idéntica medida desde que empezamos a salir y yo, con veinte años, me ponía celosa de sus amigas y él se ponía celoso cuando yo salía a bailar. Celos patológicos que con el tiempo fueron desapareciendo para dar lugar a esa sensación de conquista eterna sobre el otro que suele venir después de varios años de relación, cuando ya sentís que el magnetismo de la costumbre y la rutina te tienen asegurada a tu pareja más o menos para el resto de tu vida. Es obvio; yo no estoy libre de culpa: soy desordenada, colgada hasta el hartazgo, egoísta a veces, cómoda, cerrada, terca, emocional, despistada, infantil, inconsciente, ataráxica, torpe, negada a pensar a futuro. Y tengo mis mambos sociales, como todo el mundo. Pero sí sé que hay personas con las que es más fácil ser culpable de errores, mientras que con las que tienen muy baja tolerancia a la equivocación todo siempre es más complicado de lo necesario.
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Era mejor terminar como amigos. Los dos llegamos a la conclusión de que eso era lo más sano, ya que durante nuestra relación siempre habíamos sido en realidad más amigos que pareja. Desde que cortamos hablamos casi todos los días. Incluso nos sentimos más cómodos ahora que cuando estábamos juntos y teníamos que dejar de ser en cierta medida nosotros mismos para ser lo que el otro quería. La culpa no fue del viaje. La culpa no fue suya ni mía, ni de nada ni nadie en particular. Lo que nos pasó fue simplemente la consecuencia lógica de una situación en la que dos personas que no estaban hechas para estar juntas se embarcaron en la fantasía de convertirse en dos cuando verdaderamente nunca pudieron pasar de ser uno más uno, cada uno interactuando desde su propio mundo, ahogándose en su yo.
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En este momento él está en India y yo en Buenos Aires, dedicándome a mi escritura y a pensar mi vida fuera del marco de una relación. Después de siete años de estar en pareja admito que me cuesta un poco verme como un individuo separado y autónomo. Es raro cuando te das cuenta de que hasta hace no más de dos meses eras una especie de entidad simbiótica con otra persona. Suena todo muy triste, muy infeliz. No fue así para nada, al menos no durante la mayor parte del tiempo. Siento que no le estoy haciendo justicia a la hermosa y fructífera relación que tuvimos, pero también pienso que todas las cosas buenas que compartimos no fueron suficientes, no pesaron lo suficiente como para mantenernos juntos. Nos ayudamos a crecer, aprendimos, nos enseñamos cosas, cubrimos nuestras carencias con los momentos lindos que nos dimos, tuvimos decenas de primeras veces juntos y fuimos todo lo que pudimos ser para el otro, pero no bastó. Porque los dos necesitábamos espacio, necesitábamos respirar, porque habíamos agotado todas nuestras posibilidades de ser y lo único que quedaba para unirnos era la inercia del hábito. Él dijo que con querernos no alcanzaba.
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Así que así como le reprocho algunas cosas, otras se las agradezco infinitamente. Le agradezco todo lo que pasamos juntos, los chistes internos, los viajes de siempre, el aire acondicionado para el departamento que pagamos a medias cuando flasheamos con hacer una vida “normal” en Palermo, le agradezco las tardes de alucinógenos viendo bailar a los árboles, el acompañarme desde su lugar y ayudarme a crecer, sus abrazos cuando lloré, el amigarse con los perros por mí, las horas de documentales sobre geografía, las risas y las flores, hasta le agradezco los chocolates míos que se comió esperando que yo no me diera cuenta (pero siempre, siempre me di cuenta y me enojé cada vez). Le agradezco por bancarme cuando fui una nena inmadura, por haber tomado la decisión lógica y sana que yo no me animé a tomar. Le agradezco por embarcarse en un viaje que le va a cambiar la forma de ver la realidad aunque su vida personal ya no me incumba como antes, y por estos siete años de mi autodescubrimiento personal que fueron un poco suyos. Le agradezco el haber pasado por mi vida y dejarme una parte de la suya para el camino.

Flor

Flor

7 comentarios

  • julio
    Febrero 20, 2017 en 9:27 pm

    Increíblemente descarnada y visceral descripción de un término…. También como seguidores de sus viajes uno se llena de preguntas respecto a lo viable o no de una relación llevada sobre un eterno cambio de realidades y culturas, a mi en lo personal siempre me intrigó un poco, agradezco la sinceridad y me alegro que sean dos tipos humanos por sobre todo porque así mismo se reconstruyen en el futuro, saludos desde Chile 😉

    • Flor
      Flor
      Febrero 21, 2017 en 12:50 am

      Gracias, Julio! Es así. No siempre es fácil llevar una relación a través de la intensidad que representa el viaje constante, y si las dos personas no están en sintonía, bueno…ya sabes. Te mando un saludazo!

  • Anahi
    Febrero 20, 2017 en 11:18 pm

    De casualidad cai en esta página y me tocó muy de cerca tu relato. Primero porque estoy dejando todo lo que tengo y en dos meses me voy a viajar,a descubrir el mundo y a descubrirme a mi misma. El año pasado terminó una relación de 7 años y lamentablemente no en los términos que contas y especialmente en los que a mi me hubiera gustado. Me tocó hondo, me tiró directamente al fondo. Lo único bueno es que cuando estás bien al fondo, al fin y al cabo sole resta subir. Voy a revisar un poco el blog a ver is saco ideas y lugares para conocer. Celebro lo que escribiste. Me dejó recalculando. Besos
    Anahi

    • Flor
      Flor
      Febrero 21, 2017 en 12:51 am

      Hola Anahí, a veces hay que salir de esa comodidad en la que nos sumimos y sí, recalcular como decís…Cuando aceptás la situación y decidís actuar, ya nada puede ir peor. Te mando un abrazo y gracias por tu comentario 🙂

  • Your name
    Febrero 20, 2017 en 11:27 pm

    De casualidad caí en esta página y me tocó muy de cerca tu relato. Primero porque estoy dejando todo lo que tengo para irme con destino incierto en dos meses. A descubrir el mundo y a descubrirme a mi misma interactuando fuera de mi zona de confort.
    Segundo porque el año pasado terminó una relación de 7 años y lamentablemente no en los términos que contás, ni en los que me hubiera gustado, Me tocó hondo, me tiró directo al fondo. Lo que rescato de este último año, es que cuando uno toca fondo lo único que resta es subir. Hacia allá voy! Voy a chusmear tus viajes para sacar data! Muchos éxitos!
    Anahí

  • Cristina
    Febrero 22, 2017 en 2:28 am

    Gracias una y mil veces.
    Conmovedor y motivador !
    Que sigas construyendo una gran vida!

    • Flor
      Flor
      Febrero 22, 2017 en 4:16 am

      Gracias a vos por leerme, Cris 🙂

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