El nombre

El nombre

Lenguaje, palabras, términos, nombres. ¿Es que todo lo que existe en este mundo tiene un nombre? ¿Es posible que los seres humanos hayamos limitado la multiplicidad de posibilidades de ser de todo lo que nos rodea? Una silla, una flor, la noche, el amor, la desesperación, el puente, la ciudad. Es el mecanismo al que recurrimos para simplificar lo que está más allá de nuestras capacidades de entendimiento. Ese tronco imposiblemente fuerte y alto, de raíces profundas, ramas que se multiplican exponencialmente hacia el infinito, y hojas suaves y verdes: ¿cómo puede figurarse la mente humana la constante explosión de energía que está recorriendo al árbol minuto a minuto, para que éste se manifieste en el mundo material tal y como nuestros ojos lo ven? Pero una vez que lo llamamos árbol, una vez que le hemos dado un nombre y que lo hemos encajado dentro de las opresivas cuatro paredes de nuestra percepción limitada, en ese preciso momento es que hemos matado la magia. Eso ya no es más un milagro indescifrable de la biología, ya no es más una rueda inagotable de energía y luz y células y clorofila. Eso ahora, así como lo escupen hacia el exterior nuestras cuerdas vocales, es un árbol. Pero somos afortunados: muchas otras cosas no tienen nombre, y posiblemente nunca lo tengan. Quedan, al menos, algunos dominios que nuestra analítica humanidad no ha explorado ni mucho menos conquistado. El reino de lo abstracto. El reino de lo no-acontecido. El reino del espíritu multidimensional. El reino de lo inimaginable. El reino de las entidades que viven en otros planos de existencia. No podemos explicar la disolución del ego. No podemos poner en palabras lo que sentimos exactamente cuando soñamos. ¿De qué recurso lingüístico podríamos valernos para hablar sobre la nada y el vacío? ¿Qué palabras deberíamos emplear para describir la intemporalidad? Tampoco conseguiríamos decir a ciencia cierta qué le pasa al cuerpo durante la experiencia del orgasmo, ni señalar en dónde pasa (¿en la mente? ¿en el organismo físico? ¿en ambos al mismo tiempo?). El idioma tiene mil formas, pero pocas de ellas responden a nuestras necesidades espirituales, y la evolución aún no nos lleva al punto en que –colectivamente– nos interese hablar sobre lo que sucede en el territorio del alma. Con el solo hecho de no nombrarlo, le conferimos más libertad a aquello para lo que no tenemos el término adecuado. Después de todo, ¿qué podemos esperar del cerebro humano? ¿Cómo podemos confiar en un órgano que no puede imaginar colores fuera del espectro cromático conocido ni está en condiciones de elaborar mapas de dimensiones lejanas, pero que sin embargo intenta explicarnos desde la ciencia un fenómeno tan exquisitamente inentendible e infinitamente remoto como el Universo?

Flor

Flor

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