El perro

El perro

Mis ojos perciben un mundo de colores dorados y azules. A los lados de mi hocico y por debajo de él, mis largos bigotes funcionan como sensibles antenas que me permiten conocer los espacios y objetos a mi alrededor: nada se les escapa, ni siquiera la brisa más ligera o el roce más imperceptible. Mis almohadillas gastadas, aunque jóvenes y acolchonadas, dan cuenta de todo lo que he caminado. Mi espeso pelaje color negro azabache protege mi piel y me defiende del frío.

Soy un perro vagabundo; así es mi vida. No tengo casa ni collar, pero sí bastante por lo que puedo agradecer: tengo un corazón puro. Mis amigos del barrio me dicen que mi cuerpo es tan inquieto como mi mente, que pienso demasiado y que camino mucho, que así nunca voy a echar raíces en este lugar que nos vio nacer. Me dicen que no tengo las patas sobre la tierra. La verdad es que soy un perro al que le gusta explorar. No puedo aceptar que nuestra pequeña cuadra sea lo único que hay ahí afuera para mí. Y ¿cómo hacerlo, cuando el mundo es tan grande? Infinitos olores todavía por descubrir me esperan en rincones remotos y desconocidos. Mi alma está hecha para volar. Les contaré que el impulso de la curiosidad aportó mucho en mi formación como perro.

Tengo que confesar también que el amor es una parte muy grande de quien soy. Un sabio amigo mío (casualmente, el perro más viejo de la cuadra) me dijo una vez: “amar como un perro significa nunca guardarte ni una pizca de lo que tienes para dar”. Y no se equivocó. No quiero alardear (aunque soy de la opinión de que no se puede alardear cuando hablas con el corazón), pero somos así: nos vaciamos al mundo y le damos todo, sin esperar nada a cambio; porque nosotros, los perros, fuimos dotados por la Naturaleza de un gran sentido de la bondad, la ternura y la transparencia. No sólo expresamos nuestro cariño al humano que ocasionalmente nos alimenta o nos regala una caricia, sino que también sentimos un inmenso afecto por nuestros pares, por nosotros mismos y por todo lo que nos rodea. Después de todo, si estamos aquí para amar y ser amados, ¿por qué desperdiciar un solo segundo haciendo lo contrario?

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