El planeta que sueña

El planeta que sueña

Entre mil millones de astros y mundos lejanos que flotan en el espacio, hay un planeta que sueña. Este planeta no es como cualquier otro: tiene animales, y flores, y colores y montañas. Pero está dormido, sumido en un sueño tan largo que nadie puede contar con exactitud cuántos años hace ya que está soñando. El planeta que sueña tiene otra particularidad: está herido mortalmente. La calidez de todas las patas y las alas que los animales le tendieron no surtió efecto. Las flores intentaron reanimarlo con sus perfumes y la suavidad de sus pétalos, pero todo fue en vano. El planeta, hasta ahora, no se quiere despertar. Las ciudades le duelen, el humo de las fábricas lo intoxica, las guerras se le clavan profundas como espinas en su corteza hecha de musgo.

Si bien existen muchas versiones de la historia, se cree que el planeta, furioso y dolido, se retiró a soñar allá por los comienzos de la agricultura. El ser humano era un animal como todos los demás, pero poco a poco comenzó a destacar por su inteligencia capaz de crear cualquier cosa que se propusiera. Al comenzar a cultivar la tierra, este animal humano incurrió en una confusión fatal: se creyó dueño de la naturaleza. Se creyó amo de los lagos, de las plantas y de los otros animales. Se creyó dueño de sus hermanos. En otras palabras, se separó para siempre de su familia. Incluso llegó a oprimir a los de su misma especie, pues fue en este momento que nacieron las jerarquías.

Así pasaron primero los años y luego los siglos; el ser humano se había extraviado sin remedio. Usó a la naturaleza como una herramienta, sin nunca volver a recordar que el mundo que le dio la vida está dibujado en cada una de sus células.

Las mariposas son las más pesimistas: piensan que no hay caso, que el planeta nunca se va a despertar. Los elefantes, más viejos y sabios, creen que va a salir de su tranquilidad mortal cuando sean los mismos humanos quienes despierten de su letargo para reconectarse con la energía de la vida. Los arroyos, en su eterno fluir, susurran: “todo pronto va a estar bien”.

Mientras tanto, el planeta sigue soñando su sueño perenne en la vastedad infinita del espacio, entre mil millones de astros y mundos lejanos. Tantas y tantas estrellas en el universo, y sin embargo el humano tiene un solo planeta al que llamar casa. Los rumores sobre su enfermedad corrieron por todos los rincones, y el cosmos entero está haciendo fuerza para sacar la situación adelante. Las galaxias bailan su danza cósmica desde hace eones, incluso desde antes de que el tiempo fuera tiempo. Las abejas siguen ocupadas en sus quehaceres diarios en las colmenas, y las rosas le dedican tanto tiempo a sus pétalos como a sus espinas. La vida continúa pasando para todos, pero la esperanza en el corazón de cada ser vivo es una sola: que el animal humano despierte para que el planeta se libere de sus dolores. El día en que esto suceda puede llegar en cualquier momento (tal vez mañana, tal vez dentro de mil años). Entonces el ser humano volverá a descubrir que sus huellas digitales se parecen a las formas del universo; se dará cuenta de que él baila junto con las galaxias, de que fluye y susurra como el arroyo. Lenta, muy lenta, va comenzando a brillar sobre su cabeza la luz de la conciencia. El humano, recién liberándose de las cadenas de sus desaciertos, va emprendiendo con pasos muy pequeños su largo regreso a casa. Su única casa en este Universo sin fin: el planeta Tierra.

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