Recorriendo Estambul entre gatos, tazas de té y mezquitas

Estambul entre gatos, tazas de té y mezquitas

Estambul no es una ciudad que se deje definir con facilidad. ¿Íconos que la representen? Hay miles: el llamado al rezo, el çay, las mezquitas, el olor a choclos y castañas asadas, las calles de Taksim que son como un subibaja, los gatos, los gritos de los vendedores en los mercados. Pero definirla en una sola palabra es algo que está más allá de nuestro lenguaje. Reencontrarnos con Estambul fue como una explosión que nos reavivó los sentidos; algo que hacía mucho no nos pasaba. Porque, mis disculpas a los países ex-comunistas de los Balcanes; puedo decir muchísimas cosas de ellos, pero nada de lo que haya sentido recorriéndolos en estos últimos cuatro meses se puede comparar con un estallido de olores y colores desde ningún punto de vista. Así que ahí estábamos, de vuelta en la Istanbul International Otogar, listos para volver a reunirnos con una vieja amiga que abandonamos hacía cinco años con la promesa de volver aunque sin saber cuándo.
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Pero esta vez fue raro: regresamos a una Estambul rodeada de tensión, pero visiblemente tranquila ella misma. Volvimos cargando miedos, no exactamente propios, sino los miedos que los medios crean y que adquieren como propios quienes los consumen. En lugar de crear conciencia, información objetiva y productiva, no: los medios crean miedos. Porque últimamente Estambul parece haberse convertido en una nueva central de atentados islámicos y tentativas de golpe de estado, y el número de turistas visitando la ciudad bajó abruptamente desde estos últimos incidentes (cosa que no veo sucediendo en Francia o en Bélgica después de los atentados de París, Niza y Bruselas, y algo me dice que la asociación Turquía-islam tiene todo que ver con la situación). Pero una vez más, el viaje nos demostró que las limitaciones del tipo no-viajar-a-tal-porque-es-peligroso nada más las impone la tele, y por ende no existen como tales. Así que vamos a lo que vinimos.
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Hay ciudades de perros y ciudades de gatos. Mientras que la mayoría de las otras urbes balcánicas son baluartes no oficiales del poder canino, los gatos dirigen el tránsito en la ciudad de las mil mezquitas. Los gatos parecen incluso custodiar Estambul o hacerla funcionar moviendo unos hilos que para nosotros son invisibles, y de no ser así yo creo que definitivamente tienen una organización social felina operando paralelamente a la de los humanos. Hay algunos gatos tan grandes que parecen linces. Hay gatos que parecen leones. Gatos que parecen obesos. Gatos que son obesos. Gatos que duermen sobre la mercancía de sus humanos en el bazar. Gatos que duermen sobre los asientos de motos estacionadas. Gatos que duermen sobre la unidad externa del aire acondicionado. Gatos que obstaculizan la vereda haciendo imposible el paso. Gatos adictos al pan, como el que se apareció una vez agazapado en la viga del techo del restorán donde estábamos comiendo, amenazando con tirarse de clavado en nuestras caras o pifiar y caer adentro de la panera. Gatos vagos que se cansaron de cazar y ahora pueden ser vistos pidiendo comida con ojos de cachorro a los turistas que almuerzan en cafés pitucos al pie de la Torre de Gálata. Gatos con esclavos humanos que les hacen casitas de cartón y les preparan bandejas de alimento balanceado. Calculo que tiene que haber por lo menos un gato por habitante, de forma que cada estambulita podría disfrutar de ser dominado en cuerpo y alma acompañado por un micho.
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Lo que más extrañaba de Estambul eran las mezquitas. Porque mezquitas hay en todos lados, pero no como las de acá. En Auckland, Nueva Zelanda, encontramos una mezquita en un edificio nuevo (como todo en este país) y cuadrado con un espacio en la entrada para dejar los zapatos; el único indicador que el lugar se trataba de un templo musulmán. En Asakusa, uno de los barrios de Tokio, vimos una mezquita construida verticalmente como la pieza larga del Tetris, y en París la Gran Mezquita es una mezcla entre estilo morisco y moderno que no inspira demasiado. En los países árabes, o por lo menos en Egipto y Siria que es donde yo estuve, las mezquitas tienen tonalidades arena y un aspecto polvoso, como si hubieran sido pensadas para encajar con la aridez de la geografía. Pero las mezquitas turcas son otra cosa. Son grandiosas, gigantes, con domos azulados/grisáceos y unos minaretes altísimos, finitos y puntiagudos como agujas, todos elementos característicos del diseño arquitectónico otomano. En el interior las paredes y el techo son blancos y están decorados con coloridas figuras ornamentales, porque los musulmanes no tienen permitido representar formas de seres vivos (leí en Otras inquisiciones de Borges que esto va de acuerdo con la creencia de que cuando las personas mueren son enviadas con Alá para ser juzgadas, y éste les pide que traigan a la vida a todos los animales y personas que han dibujado a lo largo de sus vidas. Como no pueden hacerlo deben quedar condenadas al Infierno, porque la facultad de crear formas vivas le pertenece únicamente a Dios). En contraste, las alfombras suelen ser de colores oscuros con patrones repetitivos que ayudan a la concentración durante la oración. En Estambul hay tantas mezquitas que cada llamado al rezo es un verdadero océano de voces que retumban por toda la ciudad, especialmente en la zona de Sultanahmet que es donde están más concentradas en número. El imperdible de este barrio: escuchar el “duelo de adhan” entre las mezquitas Azul y Firuz Ağa. En cualquier momento del día en que el muecín llame a los fieles a la plegaria -es mejor ir a escucharlo de noche para mayor impacto visual y emocional- las dos mezquitas, que hacen el llamado con pocos segundos de diferencia, parecen competir por quién es la que canta mejor. Las mezquitas más importantes de Estambul son las de Sultanhamet (Mezquita Azul), la de Haghia (Santa) Sofía, la de Süleymaniye, la Nueva Mezquita o Yeni Camii, la de Dolmabahçe y la de Ortaköy (click acá para verlas en un plano detallado de la ciudad).
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Si alguien me preguntara cuál es el olor más propio de Estambul diría que el de los choclos y castañas asados, y el de las especias de los bazares y el pescado grillado en el Cuerno de Oro. Y también el olor del döner kebab que aromatiza las calles a cualquier hora del día, desde el desayuno hasta que a medianoche la carne queda reducida a un palito girando frente a las brasas, una sombra de lo que fue durante el día (la última vez que estuve en Turquía, antes de ser vegetariana, comí tanto döner kebab que todavía no termino de recuperarme de la sobredosis). El falafel kebab, la çorba (sopas hechas con distintos ingredientes como lentejas, tomate, hongos o carne), el börek y el simitçi (rueditas de pan con semillas de sésamo), también están disponibles las 24 horas del día. Las bebidas más populares son el té -llamado çay y pronunciado chai– que los vendedores pasan ofreciendo por la calle en elegantes bandejitas de metal, y los jugos, que salen entre 1 y 4 liras dependiendo del tamaño del vaso y de la fruta: hay de zanahoria, de granada, de naranja, de pomelo y de lima, y los restoranes y puestos callejeros los preparan en el momento con una prensa que exprime el jugo y la pulpa (son muy nutritivos y algunos puestitos se promocionan como vitamin bars para sonar más top). El área de los dulces está dominada por la pastelería altamente almibarada que es tan típica de la gastronomía otomana, cuyo máximo representante es el baklava en todas sus formas y variantes: en cuadraditos, en cilindros, con forma de empanadita o de nido, de pistacho o de nueces. Cada tipo tiene su propio nombre y método de preparación. También está el helado al estilo turco, que se llama dondurma y tiene una consistencia chiclosa que se derrite más lentamente que nuestro helado corriente. Pero el dondurma no se sirve sin más ni más, sino que los vendedores son verdaderos showmen que hacen de su trabajo un espectáculo más que nada dirigido a los turistas, en el cual maniobran el helado de tal forma que terminan dándole al cliente un cono vacío, o le dan una bocha de helado con tres conos, o amagan con darle el helado pero no se lo dan, todo mientras hacen sonar un cencerro que cuelga del techo con la larga pala de metal que usan para servirlo. Las opciones de sabores son pocas pero muy ricas: pistacho, frutilla, vainilla o chocolate.
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Una de mis actividades favoritas en Estambul es visitar todos los mercados y bazares de la ciudad. Están los más conocidos, que son el Gran Bazar y el Bazar de Especias también llamado bazar egipcio, donde los vendedores de cada puesto juegan a adivinar tu nacionalidad mientras pasás (y que Dios te ayude a desembarazarte de la conversación si les contestás) y el regateo es la moneda de cambio, pero también hay otros mercados callejeros menos visitados por los turistas. Hay de frutas, verduras y especias, pero en la zona comprendida entre Karaköy y la Torre de Gálata también hay bazares de artículos muy curiosos, de mecánica y electrónica, donde tienen a la venta cosas que rayan lo absolutamente inútil como cadenas oxidadas, controles remotos de hace 50 años y pedazos de motores que se ven como si hubieran dejado de funcionar antes de que Atatürk fundara la república. A esta jungla de luces de led y ventiladores de pie herrumbrosos casi no llegan viajeros extraviados. Obviamente también hay negocios decentes con mercadería más que aceptable, y en uno de esos es que Martín consiguió hace cinco años un calentador eléctrico de camping que le duró muchísimo tiempo, hasta que una tarde de invierno falleció en Nueva Zelanda (reduciendo al mate de la tarde a unos meros tres puntos suspensivos) y logramos volver a comprar otro en la misma calle hace algunos días.
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Ahora ya es hora de irnos de Estambul y sé que nos va a costar mucho dejarla de nuevo. Nunca recordamos cuánto la extrañamos hasta que volvemos (ya nos pasó dos veces; la primera llegando desde el interior de Turquía y la segunda en este último viaje) y de nuevo caemos en lo maravillosa y especial que es. Se nos borra un poco del recuerdo lo altos que son sus minaretes, lo mucho que huelen las castañas en la calle y lo dulce que es el baklava de los puestitos de delicias turcas de Sultanahmet. Pero después regresamos y esas impresiones vuelven a nosotros, en colores, completas e indelebles, como los mosaicos de Santa Sofía.

Flor

Flor

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