Estrasburgo e Ile de Ré

Más allá de París: Estrasburgo e Ile de Ré

Después de haber hecho, entre la última vez que visitamos la ciudad y esta última, todo –o casi todo– lo que podía hacerse en París, nos pareció justo darle a Francia una oportunidad de contarnos una historia diferente a la ya conocida. Porque ella tiene mucho más para ofrecer que su capital; que si bien es de las más famosas en el mundo, es sólo una posibilidad más de tantísimas otras que el universo francés tiene para mostrarnos.


Estrasburgo

Tiene alma de pueblito, pero es una ciudad con todas las letras e incluso es la capital de Alsacia, la región de Francia que limita con Alemania y Suiza. Esto hace que Estrasburgo esté caracterizada por todo lo que no esperamos de una ciudad de francesa: arquitectura tudor, el volumen de producción de cerveza más alto del país, nombres de calles y edificios en alemán, y una esencia que está más cerca de Europa Central que de un pueblo típicamente francés.

El centro histórico de Estrasburgo es un recinto colmado de simpáticos edificios antiquísimos que no se sabe cómo resistieron el peso del tiempo, y varios de ellos dan la sensación de estar cayéndose hacia adelante o hacia los costados, sobre las casas contiguas. Algunos fueron afectados durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial sobre Francia, aunque no así la Catedral de Notredame de Estrasburgo, que actualmente tiene…¡MIL AÑOS!

Otra particularidad de la ciudad es su universidad, que aunque no es muy famosa, tuvo en sus aulas –tanto de profesores como de alumnos– a “celebridades” de la ciencia y el pensamiento, como Albert Schweitzer, Goethe, Pasteur, el astrónomo y físico Johannes Kepler, y Gauss, entre otros.

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La Flotte (Ile de Ré)

Me fui un fin de semana a la Ile de Ré con Sergio, un amigo de Martín de Buenos Aires que ahora vive en Francia. Martín se quedó en París con sus padres, que vinieron a Europa a visitarlo, y Sergio y yo nos fuimos a la casa de verano de una amiga francesa suya, vivienda que estaba para este momento oportunamente libre de padres. Juliette, la hija de los dueños de la casa, estaba acompañada por su novio Camilo, colombiano que vive en París desde hace doce años, y Olivier, francés de nacimiento de sangre mitad rusa. Con ellos pasamos un fin de semana genial, con mucho vino francés y un montón de comida. Acá me di cuenta de que en Francia aman comer, y que la comida es algo importantísimo para su cultura (los panes y los quesos son especialmente sagrados). Aparentemente un almuerzo ejecutado fielmente “a la francesa” consiste en una picada introductoria de salames, después viene la entrada, después el plato principal, después los quesos, después el postre, después el café y por último una bebida digestiva. Para cuando terminaste con todo te dormís una siestita y cuando te despertás, ya es hora de cenar.

De La Flotte, el barrio donde está ubicada la casa de Juliette, vimos muy poco, porque estábamos medio ocupados sufriendo la resaca del vino, o comiendo, o jugando al ping pong, o al “dígalo con mímica”. Pero por lo poco que llegamos a ver es un pueblo pequeñito, con calles muy angostas y una paz absoluta. Muy cerca está el mar, que ofrece unas vistas hermosas con un fondo de casitas blancas de techos de tejas anaranjadas. Otro de los días fuimos a un pueblo cercano que forma parte de los sitios de Patrimonio Mundial de la Humanidad, Saint Marteen de Ré. Muy parecido a la Flotte, con la diferencia de que su casco histórico contiene una iglesia muy antigua, actualmente en ruinas.

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Flor

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