Fiyianos bajo el microscopio

Fiyianos bajo el microscopio: dando la vuelta a Viti Levu

¿Cómo son? ¿Dónde viven? ¿Cómo se visten? ¿Qué comen?

Entramos a Fiyi desde Nadi un mediodía caluroso sin esperar demasiado, o mejor dicho, sin saber qué esperar. Nuestras dos semanas en Fiyi iban a ser una especie de pasada mientras nos empapábamos un poco de Pacífico antes de llegar a Kiribati, el principal propósito de este viaje. Habíamos investigado mucho sobre Kiribati y sobre Fiyi más que nada lo básico, así que llegábamos un poco flojos de conocimientos profundos en términos sociales y culturales.

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Fiyi fue uno de esos lugares que nos sorprendieron gratamente, cosa que pasa generalmente cuando uno llega a un país o a una ciudad sin mucho background en relación a lo que mencionaba antes. Forma parte de las islas de Melanesia y está ubicado en el Océano Pacífico, al norte de Nueva Zelanda y al este de Australia, y está compuesto por las islas más grandes de Viti Levu (donde se encuentra su capital, Suva) y Vanua Levu, y varias otras islas de menor tamaño. Limita con sus demás vecinos austronesios de Nueva Caledonia, Vanuatu e Islas Solomon en Melanesia, y Samoa, Tonga y Tuvalu en la zona de Polinesia. Estos dos sistemas de islas, junto con Micronesia, están están distribuidos en el mapa así:

Map of Oceania

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Empezamos la vuelta a la isla en Nadi, donde hicimos couchsurfing con una familia numerosa: una madre soltera con cinco hijos hermosos, viviendo en la misma casa que sus padres. Así que eran tres generaciones bajo el mismo techo, sumado a primos, tíos y amigos entrando y saliendo libremente y ocasionalmente pasando la noche en la casa. Lo primero que me llamó la atención sobre la tradición fiyiana es que la familia no es de ninguna forma esa propiedad privada que acontece puertas adentro como se estila en la cultura occidental. Acá cada familia es una pequeña pieza que forma un rompecabezas más grande, los niños de la aldea o del barrio, en las afueras de las ciudades, juegan en los patios de casas ajenas con muchos otros nenes, y la comunidad tiene más fuerza que la unidad familiar. El este es mi hijo y nadie más que yo puede decirle qué hacer que tanto conocemos no tiene mucha razón de ser en una estructura social en la que los niños son hijos de todos. A este respecto también nos dimos cuenta de que los hijos tienen una vida más activa y participativa en la familia, y ayudan ellos mismos a criar a sus hermanitos más chicos, habiendo en este sentido un ablandamiento en la jerarquía familiar.

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A través de las políticas inmigratorias establecidas por la colonia británica para generar mano de obra para los campos de azúcar, Fiyi atrajo mucha población india entre finales de siglo XIX y las primeras dos décadas del siglo XX; la actualmente denominada población indofiyiana. Ellos hablan su tradicional hindi, mientras que los fiyianos hablan en su mayoría el i-taukei, lengua que lleva el mismo nombre que la etnia mayoritaria de Fiyi. I-taukei, hindi e inglés son los tres idiomas oficiales del país. Pero no toda la población indígena de Fiyi es i-taukei: de a poco estamos aprendiendo sobre el grupo de los rotumanos, provenientes de una isla llamada Rotuma que hasta hace algunos días no sabíamos que existiera. Rotuma queda al norte de Viti Levu, lo bastante alejada como para entender que tienen muy poco que ver con el resto del país (de hecho ellos no se sienten fiyianos), y en términos de lengua y fisiología están mucho más emparentados con los samoanos o los tonganos. La mayoría de los rotumanos abandonan su isla natal para emigrar a Viti Levu o a Vanua Levu, donde lógicamente tienen más oportunidades educativas y laborales. Rotuma es muy pequeña, tiene muy pocos servicios, y por lo que nos contaron, la población que decidió permanecer ahí es ahora muy anciana.

Desde Nadi partimos hacia la isla de Nananu-i-Ra, al noreste de Viti Levu, haciendo una paradita en Lautoka y luego en Rakiraki, desde donde se llega a dedo, en taxi o a pie (para los más valientes) al Ellington Wharf, que es el punto de partida de los botes que hacen el trayecto hasta la isla. Hay que tener en cuenta que en Nananu hay poca población local, y los botes generalmente son propiedad de los hospedajes de la isla, por lo que lo recomendable es tener reserva en alguno de los lodges o cabañitas de playa para poder acceder. Y eso que nosotros somos fanáticos de Couchsurfing y tratamos de alojarnos con gente cada vez que podemos, pero no hubo forma. Nananu-i-Ra es la típica playa de postal que aparece en las fotos cuando googleamos Fiyi, y es una hermosa oportunidad de maravillarse ante la majestuosidad de la fauna marina de este planeta. No hace falta contratar excursiones ni equipos de diving. Para ver peces de todos colores y formas no hay que gastar ni un centavo: ellos nadan cerca de las orillas y los muelles, entre estrellas de mar, esponjas y vegetación marina. También hay muchos tipos de cangrejos y lo que mi mamá dio en llamar “perros marinos”, canes muy acostumbrados a la vida playera que se manejan con sus propias pandillas y códigos de barrio bajo.

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En el camino desde Ellington a Suva, ya habiendo hecho una semana de playa y desconexión en Nananu, me llamó muchísimo la atención el paisaje. Primero por el escenario rural si se le puede llamar así, y segundo por la vegetación tupidísima. La ruta iba tomando la forma de colinas y todo lo que se podía ver desde la altura era un mar verde, muchísimos árboles tapados completamente por enredaderas muy frondosas, todo verde, verde, verde. Hermoso. Veníamos acostumbrados a los paisajes boscosos de Fox Glacier en Nueva Zelanda, donde la humedad extrema generaba el efecto de un musgo devorador de todo, así que el cambio a flora tropical de colores más animados fue muy bienvenido. Las aldeítas perdidas en el medio de esa selva también me parecieron bellísimas. Las casitas hechas de madera, concreto o a veces de chapas, algunas amplias y otras más chiquitas, todas muy coloridas y floridas sin importar el nivel de ingresos de sus dueños, muchas con sus propias poquitas vacas, cabras, ovejas y gallinas, y el espacio de los patios delanteros siempre lleno de gritos infantiles ocupados en algún juego de pelota. En las zonas de menores recursos de Fiyi notamos el patrón de que la organización es en pequeñas comunidades, las llamadas villages fundadas por el gobierno pero que se ve que están bastante libradas a sus propios medios.

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Los fiyianos se toman muy en serio la observación religiosa y el descanso de los domingos. Van a la iglesia a la mañana (la religión mayoritaria es el metodismo), y cocinan grandes comidas para compartir con la comunidad después de las misas, que son pronunciadas en fiyiano y a veces también en inglés según el horario del servicio. Los hombres acuden vestidos con sus sulus tradicionales, que son una especie de kilts o polleras que usan en ocasiones formales, y los combinan con camisas bula con estampados tribales o florales. Las mujeres usan vestidos o conjuntos llamados sulu jaba, compuestos de una blusa y pollera haciendo juego, con los mismos colores y motivos. Las comidas que cocinan para los domingos de iglesia son generalmente en el lovo, una tradición que se viene perpetuando desde los tiempos en que no existía nada parecido a un horno donde poder cocer la comida. El lovo consiste en un agujero bien grande hecho en la tierra, donde se calientan piedras al rojo vivo. Arriba se ponen distintos alimentos envueltos en aluminio, como dalo (tubérculo fiyiano parecido a la papa), raíces de tapioca, pollo y otras carnes. Se tapa todo con hojas de banana y de cocotero y se deja durante dos o tres horas, dependiendo de la cantidad de comida que se quiera cocinar. Nosotros conocemos la versión rotumana del lovo, porque al llegar a Suva nos alojó una familia de esta isla. La especialidad rotumana que se cocina en el horno de tierra es el fekei, una mezcla de dalo rallado, coco rallado y almidón de tapioca, que después de cocida se transforma en una pasta bien maciza.  Cuando se saca del lovo, esta pasta se diluye en leche de coco y se endulza con azúcar rubia. El resultado es una masa dulce semi-masticable con sabor a coco, y sí: es mucho más rica de lo que suena (admito que la explicación no se lee demasiado tentadora).

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Suva es la ciudad fiyiana más cosmopolita y urbana en el sentido occidental que conocimos. Está llena de gente por todos lados, muchos negocios, incluso shoppings, muchísimos supermercados (aunque a decir verdad el fenómeno del supermercado está muy extendido por todo Fiyi y en toda ciudad más o menos importante hay tres o cuatro, por lo menos) y también mercados callejeros ofreciendo frutas y verduras locales a precios baratísimos, especialmente banana, ananá, dalo y el polvo de kava para preparar la famosa bebida del Pacífico.

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Nos vamos de Fiyi con una enorme mochila imaginaria de experiencias auténticas, en la que de paso nos llevamos un poco de arena y sol de la playa. Viniendo desde Nueva Zelanda, y sabiendo que iba a ser muy difícil y caro volver a este lado del mundo en el futuro, el momento de visitar Fiyi era ahora o nunca. Abandonamos Viti Levu con unas lagrimitas de tristeza en los ojos, pero con un montonazo de cosas nuevas aprendidas, y con el corazón lleno de anécdotas y recuerdos de personas hermosas.

Flor

Flor

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