Fragmentos de mi biblioteca

Fragmentos de mi biblioteca

Mientras Alicia trataba de mantener un diálogo cuerdo con Tweedledee y Tweedledum, Aliocha y Mitia Karamazov debatían dulcemente sobre la naturaleza humana, la eternidad y la existencia – o la creación por el hombre–  de Dios.

Ninguno de los dos imaginó en su burbuja rusa de ilusiones monárquicas, que a través de miles de estrellas frías y celestes, en un futuro aún por develarse y en medio de la vastedad del espacio, el ser humano iba a llegar a colonizar Marte (ese mundo tan distante y, al mismo tiempo, tan familiarmente desconocido). “Marte, con tus arenas rojas y tus lunas de plata, no vamos a tardar mucho en despojarte de toda tu esencia, de toda tu personalidad, porque así somos las personas de la Tierra: convertimos en polvo y escombros todo lo que tocamos”.

La niebla espesa que bajó sobre Derry esa noche universal no tenía comparación con ningún otro fenómeno natural que el profesor Lidenbrock hubiera presenciado alguna vez, y el episodio lo hizo recordar vagamente ese viaje lisérgico a las tripas del mundo, que ahora comenzaba a perder nitidez en su mente senil. Para viajar al centro de la Tierra hay que estar tan loco como Wanda y Severin, o como Alex y sus drugos, o casi tan fuera de la realidad y del tiempo como el übermensch. Ni castillos, ni procesos, ni burocracias kafkianas existen en las raíces de Snaefells; sólo la desesperación del que desespera de sí mismo, del que muere la muerte. Y morir la muerte es igual a vivirla eternamente, incluso si eso significa un infierno a través de una Europa de magia negra que sucede arrastrándose lentamente, como el sueño malo del soñador que espera ser sacudido por el Rey Lamus para despertar de su tormento de nieve.

Londres era un laberinto hostil y sin rostro, una trampa para devorar a todos esos desamparados sin hogar que quedaran a merced de malchicos y devotchkas, hijos de una sociedad violenta y egoísta (que ya no está tan lejana como el príncipe Michkin habría creído, tejiendo una red de pensamientos inconexos en ese tren entre Varsovia y San Petersburgo). Una sociedad llena de estímulos vacíos en la que los libros que iluminaban ayer se queman en la hoguera de esta noche para sanear las mentes de mañana. “Mañana no existe”, dijo Siddharta durante el funeral de su ego, “ni mañana ni ayer existen, porque el momento presente es hoy y hoy siempre es ahora, el tiempo es un espejismo”. El tiempo, junto con la ilusión del yo: puros delirios del pensamiento que se resiste a callar y desaparecer. Pero desaparecer, en verdad, nadie desaparece. Puede que Lolita, Guy Montag y el principito ya no estén, o que, verdaderamente, nunca hayan estado ahí en primer lugar; pero la alquimia literaria convirtió a sus almas ficticias en materiales, y hoy caminan por las calles como cualquier persona corriente, con otros corazones y otros rostros. Irreconocibles, diferentes, pero tan humanos y pensantes como las mentes que alguna vez los pensaron.

Flor

Flor

2 comentarios

  • Cele
    julio 24, 2015 en 2:35 am

    Flor, nada. Un aplauso.

    • Flor
      Flor
      julio 24, 2015 en 10:10 am

      Qué genia Cele, gracias! Un besote 🙂

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