Poniendo en el mapa a Kiribati

Poniendo en el mapa a Kiribati

Cuando se nos ocurrió la idea de viajar al Pacífico, no sabíamos bien con qué nos íbamos a encontrar. Sobre Fiyi algo más conocíamos: de que era un país mínimamente occidentalizado no habían dudas. Pero con Kiribati estábamos en cero. De la poca información disponible que pudimos encontrar en internet, extrajimos que era un lugar en situación muy precaria. Pero hasta no estar acá, no supimos cuánto. Kiribati es una nación formada por 33 atolones, pequeñas porciones de tierra distribuidas en una extensión de 800 kilómetros a través del Océano Pacífico alrededor de la zona del Ecuador; algunas por encima y otras por debajo. Está amenazada de desaparecer en menos de cincuenta años por acción del calentamiento global, así que la cuestión de la reubicación de la población definitivamente está planteada desde hace algún tiempo, con la creciente ayuda de la comunidad global en lo que respecta a estudiar posibles soluciones momentáneas para paliar los efectos negativos que se hacen cada día más visibles.

Datos rápidos
* El idioma oficial es el gilbertés, aunque los nativos lo llaman simplemente kiribati.* Los 33 atolones están divididos en tres sistemas de islas: Gilbert (donde se encuentra Tarawa, la capital), Phoenix, North Line y South Line.* Los i-kiribati son la etnia nativa.* La población total es de menos de cien mil habitantes.

* La moneda oficial es el dólar australiano.

* Kiribati se pronuncia correctamente Kiribas, ya que por regla fonética el sonido de la “ti” es reemplazado por “s”. Así, el pueblo llamado Betio se pronuncia Beso, y la isla de Kiritimati, Kirismas.

* Palabras básicas: mauri (hola), ti a boo (pronunciado sabo – chau), ko r’aba (gracias).

Kiribati_map_LOC

 

1 Gilbert_Group

 

2 Tarawa_Plan

 

3 South_Tarawa_2012

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La vista de los atolones desde el aire

El aterrizaje en Tarawa lo sentimos como de otro planeta. A partir de ahí no teníamos ni idea de lo que iba a pasar en esas cuatro semanas que íbamos a vivir en Kiribati. Bajamos y entramos en un galponcito que nos recibió con la palabra “arrivals” pintada a mano en un cartel. Casi todo el personal del aeropuerto estaba en uniforme pero en ojotas, y los que no, estaban directamente descalzos. Al lado de la terminal de llegadas había un enrejado tras el que se agolpaban un montón de familias con nenes, que seguramente estaban ahí por el entretenimiento de ver la llegada de uno de los tres aviones que aterrizan cada semana en el Aeropuerto de Bonriki. Kiribati sólo recibe un vuelo semanal desde Fiyi, Islas Marshall y Nauru. Los puestos de migraciones eran tres y estaban atendidos por oficiales que no tenían computadoras ni ningún otro tipo de tecnología. Uno podría haber estado en la lista de enemigos públicos internacionales y pasar igual sin problemas. Seguridad tampoco tenía ninguna pantalla de rayos X, así que los chequeos eran medio a ojo y medio confiando en la buena voluntad del otro. Todo esto en pleno año 2015 nos pareció fascinante. De cintas mecánicas para transportar el equipaje ni hablar. Las valijas, mochilas y bultos varios eran depositados por el personal de tierra -en ojotas- directamente en el piso de la minúscula terminal.

Después de pasar “seguridad” nos encontramos con Riteta afuera del aeropuerto. Ella es una i-kiribati casada con Mike, un australiano que vive en Kiribati desde hace 28 años. Ella nos recibió en su lodge, compuesto únicamente por dos cabañitas en la playa del islote Tabuki (cada una con su correspondiente puiantari, un tipo de construcción de madera y paja sobre el mar que a través del Pacífico recibe distintos nombres según el país) en una especie de work for accomodation que habíamos arreglado con Mike previamente por mail. El islote está ubicado entre las islitas de Nabeina y Tabiteuea, a 15 minutos de South Tarawa, la principal y única zona urbana de todo el país. Nosotros somos los primeros visitantes después de un mes sin que el lugar tuviera ni una reserva. El nombre de Tabuki Retreat le queda perfecto: realmente es un retiro espiritual. En el islote no hay electricidad y los únicos habitantes somos nosotros dos y cuatro kiribatianos, dos chicos y dos chicas, que trabajan para Riteta cuidando las instalaciones. Mike ayuda a la comunidad construyendo barcos y botes, y se suponía que veníamos a darle una mano con eso mientras nos buscábamos nuestro propio voluntariado en la ciudad, pero finalmente esto  nunca pasó. Su esposa nos contó que Mike iba a estar trabajando para las Naciones Unidas en Somalia hasta julio, construyendo barcos, así que la razón por la que aceptó tenernos viviendo gratis en el lodge permanecerá para siempre un misterio. Y lo peor es que nos quedamos con las ganas de conocerlo, porque teníamos mucha curiosidad de saber quién era este australiano que por decisión propia se había ido a vivir al extremo del mundo.

En el lodge, como en el resto de los islotes y las aldeas, y todo lo que no sea estrictamente la capital del país, no hay electricidad. La energía proviene de un generador que funciona durante unas tres o cuatro horas al día, más o menos entre las seis de la tarde y las nueve o diez de la noche. Esto está bueno para marcar el ritmo de la tarde e irse a dormir temprano, porque a las seis de la mañana ya el sol entra por todas las ventanas y el gallo que tienen los chicos en la cabaña de atrás empieza a cantar. Como el generador no mantiene la heladera prendida sino un par de horas al día, nuestra comida tiene que ser no perecedera. Por eso es que también la leche, en los pocos mercados de las aldeas, se vende en polvo.

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Las telecomunicaciones en Kiribati están en estado embrionario, con TSKL siendo la única red de telefonía que abastece al país y que está financiada por Australia. También ofrece un servicio de wifi intermitente y cero por ciento confiable llamado Coconut Wireless. El resto de la infraestructura y servicios del país también son muy precarios y antiguos, y las oficinas más modernas, como por ejemplo de bancos, parecen de hace más o menos veinte años incluso aunque estén recientemente construidas. Por cosas como éstas no es raro que el turismo en este país sea cercano a inexistente. La poca cantidad de extranjeros que recibe Kiribati generalmente viene por proyectos de organizaciones gubernamentales y no gubernamentales, y sólo el 1% o 2% de ellos viene por turismo.

Pero es hora de poner a Kiribati en el mapa, porque su geografía está amenazada. Por acción del calentamiento global, es posible que perdamos para siempre a estas islas en cincuenta años o menos. Y no son sólo las islas: es la identidad de su gente. Ya no podemos seguir ignorándolo.

Flor

Flor

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