Vivir en Kiribati y la relatividad de la pobreza

Vivir en Kiribati y la relatividad de la pobreza

Las callecitas de tierra de las aldeas de Tarawa ofrecen un panorama muy particular: chozas hechas con palos y hojas de palmeras, cerdos, perros y gallinas correteando libres entre los niños desnudos que salen disparados como flechas al ver pasar al i-matang, al extranjero, al desconocido: seguramente es lo más extraordinario que les va a pasar en el día. No tienen aire acondicionado, ni lujos y en algunos casos tampoco electricidad. Los chicos se las ingenian con piedritas y palos para armar sus juguetes, porque no los pueden comprar. Y sí; en nuestro diccionario todo esto es igual a pobreza. Pobres, qué poco tienen, no tienen nada. Pero para entender Kiribati, y muchas otras islitas del Pacífico, es necesario tener en cuenta que en los atolones de Oceanía no existen cunas de oro ni coronas.

La economía de mercado es algo relativamente reciente para los kiribatianos, y yo diría que una grandísima mayoría aún no se adapta a esta modalidad. Y ésta, aunque ellos no se den cuenta, es su gran riqueza y su gran conquista. En las aldeas la gente no necesita dinero, no lo usa. Su moneda de cambio es el trueque y se valen de lo que la naturaleza les da: pescan, cultivan sus propios vegetales, bajan los cocos de los cocoteros que son de todos, construyen sus casas usando distintas partes de los árboles y comen la carne de los animales que ellos mismos crían. La cadena entonces se sucede así: dentro de la sociedad no hay competencia por quién tiene más, por lo que no hay personas que tengan más y personas que tengan menos, sino que todos tienen lo mismo. De esto se deduce que no hay desigualdad, ni violencia social como resultado del resentimiento por haber sido el que tuvo la mala fortuna de nacer con poco, cuando otros tuvieron la buena suerte de venir al mundo con más recursos y posibilidades (porque no nos engañemos; el mundo funciona así, tan azarosamente como suena). Sin la amargura de la vida capitalista que ahorca, tampoco hay mucho de lo negativo que tenemos en Occidente. Fuera de la capital no hay trabajo en relación de dependencia, no hay estrés, no hay riesgo de cáncer producto de enormes presiones mentales o de una alimentación basada en químicos y monstruos transgénicos, no hay delincuencia ni robos -porque no se necesita robar cuando uno ya tiene todo lo que necesita a su alcance-, y sí hay, en cambio, mucha más felicidad. Los kiribatianos son felices con muy poco, y se ríen mucho. La gente no tiene vergüenza ni complejos, porque no hay publicidad diciéndole a uno que se sienta mal por no pesar lo que un actor exitoso, o que uno no va a ser nadie en la vida hasta no pasarse a tal marca de perfume.

IMG_8069

IMG_8120

IMG_8151

IMG_8355

Pero si bien todo esto suena a paraíso primitivo –y en cierta forma lo es– la austeridad también tiene su lado negativo. Los problemas principales de Kiribati son la educación y el calentamiento global (este último es adquirido o si se quiere heredado por la irresponsabilidad del resto del mundo). La enorme mayoría de los kiribatianos vive en su propia burbuja tropical sin jamás necesitar de los conocimientos que tenemos nosotros sobre la realidad y sobre el trabajo, y esto estaría muy bien si no se vieran cada vez más cerca del momento de tener que desalojar su país para reubicarse en islas cercanas, principalmente Fiyi, Australia y Nueva Zelanda. Kiribati se enfrenta a los efectos y consecuencias del calentamiento global de una forma cruda; nadie los preparó para la noticia de que en menos de medio siglo todos sus atolones se van a encontrar bajo el océano. Pero con las mareas que suben cada vez más y las lluvias que se hacen crecientemente violentas e irregulares, la gente no necesita especialistas de la Unión Europea que vengan a hablar sobre lo que está pasando: ellos conocen demasiado bien su tierra como para hacerse la idea de que algo en la naturaleza no anda bien.

En la casa y la escuela, los chicos se encuentran entre dos mundos. Por un lado, las clases de ciencias ambientales les enseñan todo lo que tiene que ver con el cuidado y preservación del entorno y de la salud, pero les falta el ejemplo de sus padres y sus mayores, que ya eran adultos durante el boom de la economía de mercado y por eso no saben cómo tratar con los deshechos plásticos. Lo más lógico para ellos es simplemente tirar todo al piso como harían con una cáscara de banana o los restos de pescado o de cocos abiertos, sin detenerse a pensar si los plásticos vienen de la naturaleza o no. Esto no es tan problemático en las aldeas, que consumen más que nada productos orgánicos. Pero en la ciudad de Tarawa, la capital del país, es horroroso ver las orillas de la playa totalmente tapadas de basura. Esto también es origen de enfermedades, lo cual vuelve muy complejo el tema de la salud y esto sobrepasa las capacidades económicas de Kiribati para financiar instalaciones, tratamientos e instrumentos más acordes a la nueva situación.

Muy recientemente sus dificultades empezaron a hacerse visibles para el resto del mundo, y Kiribati recibe muchísima ayuda del exterior. Un montón. Tanta que el mercado, los medios de producción y los servicios del país son como un enorme Frankenstein donde cada potencia extranjera aporta una parte del cuerpo, los principales siendo Australia, Nueva Zelanda, Japón, Estados Unidos y la Unión Europea. Con una industria nacional igual a cero, todo lo que uno puede comprar en un supermercado de Tarawa es importado. China, Indonesia, Malasia, Tailandia y Singapur son los principales países asiáticos que abastecen a Kiribati, mientras que Australia y Nueva Zelanda se encargan de ayudar con la financiación de servicios e instalaciones como telecomunicaciones, energía eléctrica, construcción en general y pavimentación de caminos. Y esto último Kiribati lo necesita desesperadamente. Los capitales de la Unión Europea ocasionalmente inyectan un poco de vida en la convaleciente economía del Frankenstein kiribatiano.

Respecto de la organización social, en Kiribati como en la mayoría de los países del Pacífico la comunidad tiene más peso que la unidad familiar. Cada aldea es un pequeño espacio donde la gente comparte varias áreas comunes, siendo las construcciones principales siempre grupos de tres: una choza para dormir, otra más baja para cocinar y otra más que es usada como depósito. Cada familia construye sus propias tres chozas, y pueden tener un baño o compartir uno con otra familia. También hay siempre un espacio para los cerdos y ocasionalmente alguna huerta particular de tomates, pepinos o calabazas. Puede haber una escuela por cada aldea o a veces cada dos, si son aldeas muy chiquitas. Todo pero todo lo que sean viviendas se levanta a partir de diferentes partes de árboles como cocoteros, palmeras y pandanus, una especie de árboles endémica del Pacífico: la estructura que sostiene el techo se hace con troncos más o menos gruesos dependiendo del tamaño de la construcción, y se mantienen unidos mediante la fibra que recubre el exterior del coco, que es como una especie de paja muy resistente con la que se fabrican sogas. Los techos se componen de cinco o seis capas de hojas de cocotero superpuestas una sobre otra, lo que recibe el nombre de te rau: su vida útil es de cinco años y por eso tienen que ser renovados pasado este lapso, antes de que se pudran. Generalmente el te rau tiene un sistema para transportar el agua de lluvia hacia un tanque que la acumula y que abastece a la cocina y al baño, y en las aldeas es potable porque la lluvia casi no encuentra obstáculos al caer. El diseño de los espacios es abierto para permitir el paso del aire, ya que las temperaturas no bajan de 25ºC en todo el año; así que unos paneles elaborados con hojas de cocotero tejidas hacen las veces de persianas que se usan cuando llueve, cuando está muy soleado o muy ventoso. En Kiribati no se usa ningún tipo de muebles de estilo occidental: ni camas, ni mesas, ni sillas ni nada parecido. La gente come sentada en alfombras hechas también con hojas de cocotero, y lo mismo para dormir. Para entretenerse los chicos se las tienen que ingeniar con lo que hay a mano, así que los principales recursos para armar juguetes son piedras, palos e hilos. También les encantan los juegos de mesa, y usan pedazos de madera para improvisar los tableros o los dibujan en hojas de cuaderno.

IMG_8495

IMG_8290

IMG_8474

La entrada del Aeropuerto Internacional de Bonriki

IMG_8292

El corazón de la vida comunitaria de Kiribati es la mwaneaba: se puede encontrar una en cada aldea, y son enormes construcciones que en los últimos años se empezaron a levantar con cemento y techos de chapa, porque antiguamente eran de palos y hojas de cocotero. Esto quiere decir que la permanencia de esta institución es sumamente importante. La maneaba es un lugar de descanso, de celebración y de debate. La gente se reúne ahí para discutir los asuntos trascendentes de la comunidad, y todos los aldeanos participan: los kiribatianos son extremadamente sociales y entienden que cada persona es una pequeña pieza que forma parte de un rompecabezas más grande. El momento de reunión es normalmente los domingos después de la iglesia (en Kiribati el protestantismo es la religión mayoritaria), y entre los discursos y actividades tienen lugar el desayuno y el almuerzo, gratuitos para todos incluyendo a los visitantes ocasionales (como lo fuimos nosotros en la aldea de Abatao), que son preparados por las mujeres de la comunidad. Los que dirigen los debates suelen ser los hombres mayores de la aldea, y para acceder a las sesiones hay que usar rigurosamente el lavalava, una prenda parecida a una pollera que visten tanto los hombres como las mujeres.

El eslogan turístico impulsado por el ministerio de turismo es “Kiribati: para viajeros, no turistas” y le queda mejor que bien. No hay en este país lujos ni nada artificial para complacer los ojos de nadie; todo es real, auténtico. Acá estamos lejos de publicidades devoradoras y de mentiras sobre pedestales. Cuando empezamos a ver que las cosas acá funcionaban de forma tan diferente, nos costó creer que un lugar así todavía existiera en el mundo del siglo XXI. Pero existe, entre playas paradisíacas, una sociedad que no conoce ostentaciones ni excesos, pero que sí conoce en cambio la risa y el amor (los únicos bienes que se pueden llamar realmente lujosos). Existe y se llama Kiribati: ojalá hubiesen muchos más como él en el mundo.

Flor

Flor

15 comentarios

  • Julio
    junio 26, 2015 en 1:30 am

    Que directo crudo y lucido parece tu analisis, me encanto leerlo, sobre todo porque me encantaria vivir un viaje en donde pueda compartir el despojo de las necesidades inventadas… Y gracias por tb encontrar alguna desventaja en eso

    • Flor
      Flor
      junio 26, 2015 en 2:00 am

      Hola, Julio! Me encantó tu aporte. Te recomiendo que si tenés oportunidad en algún momento de hacer un viaje así, lo hagas sin pensarlo. Te hace cambiar un montón el ángulo desde el que ves el mundo. Gracias por comentar 🙂

    • Flor
      Flor
      junio 28, 2015 en 8:14 am

      Gracias por leerme, Julio!

  • Franco
    junio 26, 2015 en 5:51 am

    Hola Flor, me encantaron tus notas sobre Kiribati y esta en especial, gracias por compartir tu experiencia y enfoque sobre este lugar escondido. Creo que visitare alguna isla del pacifico el anio que viene, asi que anoto esta como potencial. Solo una pregunta, como consiguieron los aereos hasta alla?

    • Flor
      Flor
      junio 28, 2015 en 8:10 am

      Hola Franco! Qué bueno que tengas planeado un viaje tan lindo! Los aéreos los sacamos desde Nueva Zelanda e incluso estando en Oceanía nos salió carísimo a Kiribati. Fiyi, Samoa o Tonga son más accesibles. Fiyi me encantó pero todavía se siente un airecito a Occidente; Samoa no conozco pero por lo que leí y me contaron es una experiencia bien auténtica como para empezar a entender el Pacífico.

  • Dani
    junio 26, 2015 en 10:01 am

    Me encantó el posteo!! Gracias por compartir los detalles del día a día en Kiribati. Muchas de las cosas las notamos también en Fiyi o Samoa, pero en Kiribati debe estar mucho más puro.
    Es muy triste pensar que pronto estará bajo el agua cuando esto podría haber sido evitado si todos fuésemos un poquito más responsables. Esperamos poder ir pronto!
    Abrazo grande!

    • Flor
      Flor
      junio 28, 2015 en 7:47 am

      Gracias a vos por leerme Dani! (qué honor, me escribió Marcando el Polo!!) Kiribati lamentablemente es de esos países que pagan los platos rotos del resto del mundo, pero ellos siguen adelante con una sonrisa. Es admirable. Sigan disfrutando de Asia Central y ojalá en algún momento el destino los vuelva a reunir con el Pacífico 🙂

  • Mauxi Leal
    junio 26, 2015 en 4:10 pm

    Felicitaciones por esta reflexión tan bien argumentada. Pocas veces pensamos en todos estos aspectos y si lo hacemos, no lo compartimos o las ideas se quedan en un círculo muy pequeño, con lo que no hacemos daño, pero tampoco ayudamos. No conocía tu blog , pero creo que a partir de ahora me pasaré con frecuencia porque me ha gustado mucho cómo escribes. Además, tus fotos del lugar también son muy buenas. Saludos viajeros.

    • Flor
      Flor
      junio 28, 2015 en 8:20 am

      Muchas gracias por leerme! Qué bueno que te hayan gustado mi blog y mis textos, me pone feliz leer eso. Un saludo! 🙂

  • Nestor Suarez
    julio 4, 2015 en 6:48 pm

    Qué palabras. Ahora que tuve un momento me dediqué a leerlo mejor. Y sin dudas este país parece salido de un libro de historia y cuentos del paraíso. Tendrá su lado malo también. Pero es asombroso como este tipo de sociedad todavía persiste en nuestra época.
    Hermosas fotos también.

    • Flor
      Flor
      julio 6, 2015 en 11:42 am

      ¿Viste? Es increíble. Es cuático dirían los chilenos. Es muy lindo que algunas sociedades hayan podido mantener sus raíces tan intactas hasta el presente, pensá que los micronesios habitaron la zona de Kiribati hace unos tres mil años más o menos y el estilo de vida ha cambiado poco. Muy muy loco pensarlo. Beso Nes!

  • Valeria
    junio 23, 2016 en 2:57 am

    Hola: Somos un grupo de egresados de la carrera Literatura Dramática y Teatro que se imparte en la UNAM en México, por azares de la vida escribimos una obra de teatro llamada e inspirada en Kiribati. Tus reflexiones y crónicas nos ayudaron muchísimo a enriquecer nuestro proceso creativo y a nombre de todos quería agradecerte tus palabras y ya de ser posible nos enviaran algunas fotos más. Estaremos estrenando en Octubre de este año y también (si quieres claro) podemos enviarte algunas fotos del resultado. GRACIAS!

    • Flor
      Flor
      julio 1, 2016 en 5:48 pm

      Hola chicos! Qué genial que estén convirtiendo en arte a Kiribati, es una iniciativa que me encanta! Si quieren me pueden buscar en mi Facebook personal a través de la página del blog y podemos charlar más sobre cualquier otra cosa que necesiten saber. Les mando un abrazote!

  • Hernan Sosa
    julio 4, 2016 en 1:47 am

    Gracias Flor por compartir este articulo! Tus palabras pueden hacer la diferencia en la vida de muchos – aunque no lo sepas – Veremos que depara el destino. Gracias!

    • Flor
      Flor
      julio 4, 2016 en 8:44 am

      Muchas gracias Her, hermoso lo que decís! Te deseo todo el éxito del mundo: Kiribati te cambiará la vida 🙂

Leave a Comment

Show Buttons
Hide Buttons