La vida en versión condensada

La vida en versión condensada

Más pasa el tiempo, más me doy cuenta de que viajar es vivir la vida en una versión condensada. Es conocer gente, aprender cosas nuevas, hacer amigos, habituarte un poquito a un lugar nuevo…y empezar todo otra vez en otro lado. Difícil, muy difícil. A veces, tanta no-rutina te hace necesitar un poco de raíces, de hábitos, de costumbre.

Tu forma de relacionarte con la gente cuando estás de viaje, no es la misma que antes de salir a perderte por ahí. Empezás a vivir con personas con las que compartís tanto tiempo, que se convierten en amigos y confidentes casi tan rápido que no podés creer la facilidad con la que comenzás a abrir tu intimidad (algo que nunca habrías hecho con un recién conocido en Buenos Aires). El tiempo es tan escaso y los planes tan inestables, que sin darte cuenta estás hablando sobre tus relaciones, tus preguntas sin respuesta, tus frustraciones, con una persona que conocés hace dos días y medio. Tus amigos y tus familiares están lejos, y a veces no terminan de entender del todo qué es lo que estás haciendo y para qué. Hasta puede que te vean, de vez en cuando, como a una criatura curiosa que se desvió de la manada por un raye incomprensible. Puede también que en ese sentido, en ese momento de tu vida, tengas más en común con estas personas (hasta hace una semana desconocidas) con las que convivís en una isla inhóspita en Australia, o con aquellas que están de paso como vos en una feria de camellos en India, o esas con las que coincidiste una semana en Moscú. Después de compartir pensamientos profundos, problemas personales, estados mentales, alegrías, meriendas y música, llega lo más difícil: la hora de despedirse. Y es así: mientras tu existencia sea itinerante, no echarás raíces en ningún lado. Cualquier lugar podrá ser tu casa, vas a dormir en mil camas distintas y vas a conocer mil lugares hermosos (y no tanto), pero también vas a vivir los afectos y las relaciones de una forma mucho más cruda, real y transparente. Cuesta digerirlo, hasta que un día te acostumbrás,; porque entendés que eso es la vida y que cada uno vive la suya de la forma que mejor se ajusta a sus necesidades espirituales.

Cuando trabajás y viajás, también hay un ciclo que se repite constantemente: tener que aprender cosas nuevas todo el tiempo, tener la cabeza clara para lo que viene cuando todavía no terminaste de asimilar la ruptura anterior, habituarte a la novedad una y otra vez, acumular experiencia(s) para un currículum interno (que no tenés que presentarle a ningún sujeto de traje ansioso por preguntarte qué te ves haciendo en cinco años). Nosotros llegamos a Australia hace un poco más de un año con toda nuestra experiencia de oficina a cuestas, y nos encontramos con la perspectiva de un futuro laboral muy distinto: el hecho de saber cómo estar sentados frente a una computadora emitiendo tickets y facturas no nos iba a servir de mucho acá. Aprendimos a atender mesas, a cobrar productos en una caja registradora (cosa que nunca antes habíamos hecho), a stockear el freezer de una cocina de hotel, a servir cerveza tirada, preparamos el alimento de caballos y pollos, recogimos huevitos dejados por gallinas, atendimos un negocio en una comunidad aborigen en Alice Springs, hicimos jardinería, landscaping, limpieza, atención al cliente en un idioma que no era el nuestro, fuimos baristas, cocineros (de mentirita), podadores de cerezos, lavaplatos, encargados de lavandería, odiadores de jefes, y muchas otras cosas más a las que sería difícil dar un título porque son lecciones que se quedaron adentro nuestro.

Vivir de viaje es, realmente, vivir intensamente y a todo volumen. Exponiéndote emocional y psicológicamente a todo, sin guardarte nada, surfeando las olas buenas y también las malas.

“A donde sea que vayas, ve con todo tu corazón.” (Confucio)

Flor

Flor

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