Los i-matang de Abatao

Los i-matang de Abatao

Abatao es una isla y una aldea. Está ubicada entre las islas de Tebiteuea y Buota, en el atolón de Tarawa. Es muy pequeña, y es hogar de muchos i-kiribatis que construyeron acá sus casas desde cero, con palos y hojas de palmeras y de cocoteros. Ocasionalmente se ve alguna casita hecha de chapas: son generalmente los negocios, que venden más que nada productos enlatados. Cuando pasamos caminando, los nenitos gritan ¡i-matang, i-matang! Obvio, los i-matang somos nosotros. Este es un término para denominar a los extranjeros, pero más que una palabra hiriente o que nos hace sentir fuera de lugar, es para nosotros una especie de etiqueta cariñosa. Sí, todavía somos los i-matang y seguramente siempre lo seremos, pero los nenes de las aldeas ya se acostumbraron a nosotros, ya nos conocen, nos ven todos los días; incluso corren a abrazarnos cada vez que nos ven llegar a la mañana. Al principio nos tocaban, como para comprobar si éramos de verdad. No entendían cómo dos personas tan diferentes podían ser a la vez tan parecidas a ellos. Ahora ya nos agarran de la mano naturalmente y nos acompañan hasta donde termina su aldea. Ahí nos despedimos y seguimos camino a la escuelita primaria Mamatannana.

La idea de dar clases en alguna escuela en Kiribati había surgido hace mucho tiempo atrás en Nueva Zelanda. Cuando todavía trabajábamos en Fox Glacier intenté contactarme con un funcionario del ministerio de educación, pero pude sacar muy poco en limpio del intercambio. Por no decir directamente nada. El señor no me supo decir bien en qué escuela podríamos enseñar como voluntarios, y yo tampoco pude decirle cuál iba a ser nuestra disponibilidad, porque para saber nuestros horarios libres tenía que esperar a empezar a trabajar con Mike, el australiano que nos había contratado en el Tabuki Retreat en una especie de work for accommodation en su astillero. Una vez acá, las cosas se fueron dando mucho mejor de lo que podríamos haber esperado. Si bien teníamos ganas de conocerlo y de trabajar con él, Mike nunca me avisó que al momento de nuestra llegada iba a estar trabajando en Somalia y que no iba a volver a Kiribati sino hasta uno o dos meses después de que nosotros nos hubiéramos ido. Por qué decidió proveernos la accommodation sin la parte del work es algo que nunca sabremos. Pero así pasó, y de esta forma teníamos toneladas de tiempo libre para dedicar a lo que fue la principal razón de nuestro viaje: hacer un voluntariado. Y si era enseñando inglés, mucho mejor todavía.

Al día siguiente de nuestra llegada nos reunimos con Riteta, la esposa de Mike, para conocer la aldea de Abatao. Cuando la encontramos nos dijo que se estaba yendo a la maneaba y nos pidió que la acompañáramos. Yo ya había leído algo sobre lo que pasaba en las maneabas de Kiribati, y el concepto me fascinó. Escrito correctamente en gilbertés es mwaneaba, y es el establecimiento central de la vida tanto de las aldeas como de la ciudad. En la maneaba la gente se reúne a discutir los asuntos importantes de la comunidad, pero también es un lugar para hacer sociales, festejos, descansar, recibir a algún visitante o despedir a alguien que se va. Un cumpleaños, un nacimiento, un día importante: todo pasa acá. Si en la aldea falta un enrejado, si en la escuela hay que poner una alfombra nueva, si la salita de primeros auxilios necesita insumos, todo se pone sobre la mesa en la maneaba, y la comunidad toma el asunto en sus manos o lo eleva al sector público, dependiendo de la complejidad del requerimiento. Y ese día en la maneaba hablaron mucho de nosotros, mientras Riteta nos iba traduciendo lo que cada participante se turnaba para decir. Minutos antes de llegar yo le había contado a Riteta que teníamos muchas ganas de poder tomar alguna clase en una escuelita, y ella me presentó a Kaotiata (pronunciado Kosata), una profesora que estaba enseñando por primera vez en Abatao, pero que tenía 20 años de dar clases en Tarawa. Ella me dijo que los nenes necesitaban muchísimo apoyo en inglés, más que nada con la parte de la pronunciación y de la fluidez en la conversación. Esto fue un jueves, y quedamos en que el lunes de la semana siguiente estaríamos a las ocho y media en la escuelita de Abatao para dar una clase básica y ver el nivel general de los chicos. Todo el mundo se enteró en el acto de nuestro proyecto, y cada persona que tomaba la palabra -en la maneaba todos participan para emitir su opinión- nos agradecía nuestro interés en la educación de los nenes, mientras una señora que hablaba buen inglés nos traducía todo. Me llenó el corazón ver cuánto significaba para la comunidad nuestra pequeña ayuda.

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En la maneaba

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El aula de los chicos de 5º y 6º grado

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El aula por fuera

Durante un período de un mes vamos a la escuelita de lunes a viernes, de ocho y media a diez y media para dar la clase de inglés a un grupo de más o menos veinte niños de entre diez y doce años. Los lunes y viernes la clase empieza a las nueve, porque los chicos se reúnen con la profesora en el patio y durante media hora rezan, cantan el himno y otras canciones varias. Después de dar inglés nos volvemos a Tabuki, y Kaotiata da otras materias como matemática, lengua kiribati y ciencias ambientales. Los nenes se van de la escuela a las dos y cuarto de la tarde.

Llegar a Abatao requiere de esfuerzo de nuestra parte: tenemos que cruzar dos islas y más o menos unas nueve o diez aldeas. Tenemos un poquito más de una hora de ida, y lo mismo para la vuelta. Damos y recibimos algo así como una veintena de mauris por cada trayecto (mauri = hola), y un montón de sonrisas son intercambiadas durante el camino. Creo que muchas de las personas que nos ven todos los días ya saben que estamos dando clases en la isla, y eso hace que la etiqueta de “turistas” nos pese un poco menos. Kaotiata es un amor y mientras nosotros damos la clase, ella se va a su casa a prepararnos el almuerzo. Dice que nos lo merecemos por la energía que ponemos en enseñarles a los chicos, y nunca acepta nuestra negativa cuando le decimos que no hace falta que se tome ese trabajo.

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La primera clase

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Información sobre cómo y para qué se usa el dinero: la economía de mercado es un concepto relativamente nuevo en Kiribati

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El problema con la educación en Kiribati es que el aprendizaje está totalmente mecanizado, y una clase de idioma kiribati no es muy diferente a una de lengua castellana durante la época de escuela primaria de mi abuelo, donde hacían escribir a los chicos cada letra un millón de veces por cada renglón. Es difícil lograr que los nenes contesten una pregunta abierta, ya que el pensamiento crítico no tiene mucho lugar y responden mucho mejor a las preguntas con sí/no.

El nivel general de la clase más bien bajo, tanto porque la enseñanza de inglés es muy básica como por el hecho de que los chicos no tienen con quién practicar para ganar fluidez. Incluso las profesoras hablan con mucho acento, entonces todos se acostumbran a pronunciar mal. Me cuesta un montón lograr que las lecturas de diálogos de los libros de texto les salgan con naturalidad, así que les escribo en el pizarrón distintas oraciones y les enseño entonación mediante flechitas que suben y bajan sobre las palabras para que se familiaricen con los ritmos, además de recordarles qué significa lo que están leyendo, porque muchas veces repiten los textos como loros sin entender nada de lo que dicen. Los spellings también son una gran dificultad, así que todas las mañanas hacemos un dictado de diez a veinte palabras para refrescar la pronunciación de cada letra. Por la diferencia con su propio idioma, las que dan más trabajo que incorporen son las h, la diferencia entre p y b y entre b y v. Les explico fonética con ejercicios dinámicos para que vean en qué zona de la garganta se originan los sonidos, cuáles son las partes de la boca que tienen que vibrar y cuánto aire tiene que salir por la boca al pronunciar las consonantes.

No me gusta hacer diferencias pero tengo a mis dos diablitos preferidos: una nena que es una luz, siempre copia el pizarrón rapidísimo y contesta mis preguntas primero, y un vándalo que se la pasa jugando a ser raperito y ayuda a dispersar a los demás, pero que siempre está atento a las clases y tiene mucha facilidad para el inglés. Me llevó un montón de tiempo acordarme de los nombres de todos, porque son bastante difíciles y algunos directamente impronunciables: Wiirite, Tuusi, Tanangaki, Tiaganako, Tamton, Rianna, Sisino, Iestaia, Ibeata, Beres y algunos más son los que más fácilmente me vienen a la memoria. En general todos son bastante terribles y lo único que quieren es jugar, así que una clase de dos horas puede llegar a ser muy agotadora. En cuanto terminaron una actividad se ponen a cantar, a jugar a las damas con piedritas o al tinenti, y en cuestión de dos segundos todo el mundo tiene la atención en otra cosa y tengo que hacer un esfuerzo enorme antes de lograr que se vuelvan a sentar en sus lugares y se enfoquen en el pizarrón. Pero los perdono porque son amorosos y tienen ganas de aprender.

La escuelita está compuesta por cuatro chozas, tres de ellas son las aulitas: en la primera están los niños de seis a ocho años, en la segunda los de ocho a diez, y en la tercera los de diez a doce. Las aulas tienen un pizarrón y no mucho más. Sobre el suelo de piedras hay una alfombra tejida con hojas de palmera, y de las “paredes” de palos los chicos cuelgan cartulinas con glosarios de términos en kiribati e inglés, tablas matemáticas y algunos resúmenes de trabajos prácticos que han hecho. En nuestra aula hay algunas que explican qué es el capitalismo, y otras que cuentan sobre el hábitat de los elefantes en África y Asia. Como el único escritorio que hay es el de la profesora, los nenes se sientan en el piso mirando hacia el pizarrón, que está en el extremo opuesto, y unas mesitas bajas les sirven de apoyo para escribir. Cada chico tiene un cuaderno para cada materia. El ministerio de educación provee los materiales, que básicamente son éstos cuadernos, y lapiceras. Tener una cartuchera llena de lápices sería un lujo acá, así que la mayoría de ellos llega todas las mañanas sin mochila siquiera. Como todos viven en la misma aldea, durante los recreos se vuelven a sus casas para almorzar o se quedan jugando en el patio. Los más chiquitos en las otras aulas casi no escriben porque aprenden a través del juego y la música, y se pasan todas las clases cantando, distrayendo a los de mi clase que ya por sí solos son de atención limitada.

Dar clases me divierte y los nenes son amorosos, pero en el fondo no todo va tan bien. Kiribati afronta un gran problema ante a la educación, y es que los chicos viven entre dos mundos: el de la escuela, que trata de enseñarles acorde a los estándares del siglo XXI, y el de sus casas, donde ciertos límites no están bien delineados. El tema de cómo despojarse de la basura correctamente para no contaminar el ecosistema y evitar la transmisión de enfermedades es complicadísimo. Que aprendan sobre el mundo también es importante especialmente porque la geografía no aparece en el mapa escolar hasta la secundaria, y es algo en lo que hay que empezar a trabajar porque los 33 atolones que forman Kiribati van a tener que ser desalojados en cuestión de pocas décadas, producto del calentamiento global. Haber elegido este lugar de todos en el mundo para dar clases es emocionante, conmovedor, frustrante, un poco triste y hermoso. Todo junto, mezclado, entrelazado bajo el techo de hojas de palmera de un aulita en una aldea perdida por el Pacífico, pero que para nosotros siempre significará algo muy especial.

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Flor

Flor

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