12 horas de acampe en KL Sentral

12 horas de acampe en KL Sentral

Llegamos desde la frontera con Tailandia a la estación de trenes Kuala Lumpur Sentral bien temprano, alrededor de las seis de la mañana. Nos sacamos un antojo que nos venía pesando, desayunando un muffin de huevo en McDonalds, y a continuación nos instalamos indefinidamente en el segundo piso (frente a una librería donde antes solía haber un Dunkin’ Donuts) en una auténtica muestra de acampe* furioso.

* Acampe, campamento: dícese en el diccionario de Martín y Florcita del acto de establecerse durante 5 horas o más, preferiblemente en una terminal de transportes, para mitigar la espera hasta la hora señalada del próximo tren o bus hacia el siguiente destino. La práctica viene acompañada de la monopolización de los recursos a de 2 o 3 metros a la redonda del sujeto que acampa. Usos: “¡Mirá esos asientos libres! Y al lado hay enchufes. Listoooo, sale terrible acampe, ¿no?”.

Teníamos todo lo necesario para sobrevivir el día hasta irnos, a la noche, al KLIA2 (terminal aérea low cost de KL) para tomar nuestro vuelo a Sidney: comida, techo, baños, y lo más indispensable, esa fuerza invisible que nos sostiene y nos da la energía que necesitamos para vivir. No, Dios no. WIFI.

El acampe duró desde las seis de la mañana hasta las cinco de la tarde. Como bolcheviques convencidos de que el mundo es suyo, tomamos posesión de asientos, ancho de banda, enchufes e imprentas locales, ejecutamos a la familia real y convocamos a los soviets (puede que no todo haya pasado exactamente en ese orden).

El wifi que anduvo mal durante todo el día, tan lento que a veces no me dejaba abrir ni Google (ni mencionar que no poder entrar a WordPress me pone nerviosa hasta la locura), sumado a la terrible molestia de escuchar durante doce horas la musiquita de las mismas publicidades que se repetían cada pocos segundos en la pantalla gigante LCD; una de un tromboncito y otra de un xilofón que sonaba PIRIBIM-PIRIBIM-PIRIBIMPIMPIRIBIMPIM, fue el combo perfecto para hacerme sentir en un estado perpetuo de histeria. El xilofoncito ya lo tararéabamos, lo bailábamos, empezaba a sonar y reíamos a carcajadas. Al principio lo odiamos, pero después ya era como si lo hubiéramos estado escuchando desde que nacimos.

Y en el medio, el día fue pasando. La gente iba y venía, escuchábamos por alta voz los anuncios en bahasa acerca de las partidas y arribos de trenes. Veíamos a hombres y mujeres entrar a los baños de los respectivos sexos, desviándose hacia las “salas de rezo” musulmanas correspondientes a cada uno. En Malasia siempre me llama la atención la forma en que van vestidas la mujeres policías, que usan un velo azul oscuro haciendo juego con el resto del uniforme, con el gorrito de policía por encima. Otras veces me entretenía tratando de distinguir entre la masa de gente a los malayos de los chinos y los indios.

Podríamos haber aprovechado el día para visitar la ciudad, pero realmente ya hemos visto Kuala Lumpur hasta el hartazgo y no es una ciudad que nos llame demasiado la atención, además de que ese día hacía mucho calor y estábamos con las mochilas a cuestas. Y a decir verdad, a poco de llegar a NZ para empezar a trabajar, queríamos estirar al máximo nuestros últimos momentos de pachorra.

Como a las cuatro de la tarde empezó a llover torrencialmente, en uno de esos ataques de llanto tropicales de la naturaleza que nos vienen siguiendo desde Koh Phangan e incluso antes, desde Bangkok. Se veían gotas gigantes reventando contra el techo vidriado de la estación, y los truenos resonaban como bombas. Entretanto, un señor indio me pidió prestado mi adaptador para cargar su celular, que no encastraba en las patitas del enchufe malayo. Se lo presto diciéndole que me tenía que ir en media hora, y preguntándole si ese lapso le servía para revivir a su aparato.

Pasados unos 45 minutos, lentamente empezamos a levantar campamento y a eso de las 5 estábamos prestos a tomar el Skybus en el subsuelo de Sentral. Nuestro vuelo a Sidney estaba cada vez más cerca, y la musiquita del xilofón ya estaba arraigada en lo más profundo de nuestra corteza cerebral.

Flor

Flor

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