Mi primera vez con Transilvania: la tierra más allá del bosque

Mi primera vez con Transilvania (I): la tierra más allá del bosque

“Tomá, acá tenés la clave del wifi y éstas son las estacas”. Nos reíamos preguntándonos qué tipo de recomendaciones nos daría la dueña de la casita a la que llegábamos a vivir durante una semana en Daneș, un pueblito mínimo cerca de Sighișoara en la región de Transilvania, y si nos daría algún consejo para cuidarnos de posibles ataques de un muerto viviente. Pero lo que para nosotros es un chiste, porque no creemos en tal cosa como vampiros y hombres lobo, para los transilvanos -la gente mayor especialmente- es un tema un poco más delicado con el que es mejor no bromear.
paragraph space
No: las leyendas de vampiros no empezaron a raíz de la historia más celebrada de Bram Stoker, sino que venían circulando por el corazón de Rumania desde hacía mucho más tiempo. Tan atrás como el siglo XV, e incluso antes todavía de que Vlad Tepeș helara el corazón de todos con su sanguinaria costumbre de torturar a sus enemigos sajones y otomanos que le valió el título de “Vlad el empalador”. La superstición en una región tan rural y misteriosa como Transilvania siempre había sido fuerte, y Vlad llegó en el momento justo para inflamar el amarillismo rumano de la Edad Media. Los otomanos y los alemanes, aterrados, escribían crónicas exageradas sobre sus atrocidades -hasta decían que se alimentaba de sangre humana- y sin saberlo le estaban dando justo lo que él quería: más poder y el sometimiento psicológico de sus enemigos. Y aunque la intensidad de la fábula fue bajando, hoy entre la gente del campo se sigue temiendo un poco a los vampiros: no es casualidad que todas las casas del pueblo donde estamos tengan pintadas cruces blancas en el frente. “Para espantar a los espíritus malos”, como me dijeron. De hecho hasta poco antes de la entrada de Rumania en la Unión Europea, en las aldeas más remotas todavía no era ilegal desenterrar el cadáver de alguna persona de la que se sospechara vampirismo, arrancarle el corazón, quemarlo y darle de tomar las cenizas disueltas en agua a la víctima que había sido atacada.
paragraph space

Transilvania (1)

Transilvania (2)

Transilvania (4)

Transilvania (5)

Transilvania (7)
paragraph space
Cuando tenía más o menos 15 años bastaba cualquier montaje en blanco y negro que estuviera clasificado como clase B para fascinarme: la emoción que se me agolpaba en la garganta al ver esas escenografías con lápidas de telgopor y murciélagos de goma colgando de hilos que no había presupuesto para disimular no me permitía ni atreverme a soñar que existiera en el mundo un lugar con cementerios oscuros y neblinosos como los de Plan 9 del Espacio Exterior, un lugar en cuya creencia popular tuvieran lugar zombies híper maquillados como los de Carnaval de Almas, una montaña con un castillo embrujado lleno de telarañas que Bela Lugosi hubiera podido traspasar sin que su personaje de Drácula siquiera se ensuciara el traje. Y la verdadera Transilvania donde estoy ahora, para serles sincera, seguramente tendría mucho más de todo esto si no fuera porque el solcito de estas tardes de verano es tan amable y cálido, y porque justo este pueblito en particular pareciera encajar mucho más con Heidi que con Nosferatu. En lugar de lobos aullando, carretas de madera traqueteando entre campos nocturnos y aldeanos gitanos santiguándose al grito de Walpurgisnacht tenemos un poni que relincha todas las mañanas en la casa vecina, ciruelas frescas calentadas por el sol y caniches ladrando tras las rejas de sus casas. A lo sumo algún aquelarre de antiguos brujos y brujas ahora devenidos en viejitos agrupados para charlar en los bancos de las veredas. De verdad, en este pueblo Maila Nurmi no se sentiría tan cómoda como Frutillita. Pero eso no quita que ni loca caminaría por el Cementerio de Sighișoara después del anochecer.
paragraph space

Transilvania (6)

Transilvania (11)

Transilvania (10)

Transilvania (23)

Transilvania (16)

Transilvania (17)

Transilvania (18)

paragraph space
El folclore de la superstición transilvana es hermoso y fascinante. Incluso hay un artículo escrito por la escocesa Emily Gerard en 1888 llamado justamente así, Supersticiones transilvanas, parte de su libro La tierra más allá del bosque, que es lo que significa el nombre de “Transilvania”. En parte de estos relatos se inspiró Bram Stoker para escribir Drácula. Antiguamente en Rumania se creía que existían dos tipos de vampiros: los moroi, que estaban muertos, y los strigoi, que no estaban vivos pero tampoco muertos. Los últimos, según los cuentos populares, podían dejar sus cuerpos funcionando como autómatas mientras enviaban sus almas a reunirse con otros espíritus de su misma especie durante la noche. Si el strigoi era pelirrojo era un verdadero problema, porque entraba en las casas del pueblo en forma de perro o de rana, y se quedaba ahí hasta que tenía oportunidad de alimentarse de la sangre de algún integrante de la familia. Si viste a Brad Pitt y Tom Cruise hacer de vampiros en la adaptación cinematográfica del libro de Anne Rice pensarás que convertirse al vampirismo es un proceso largo, doloroso y difícil, pero los transilvanos no se la complicaban tanto y creían que prácticamente cualquier pichi al que le soplara un vientito medio cruzado podía volverse inmortal y empezar a hacer estragos en su aldea. Una persona común y corriente no tenía que hacer más que venir al mundo con un pezón demás, un lunar raro o alguna deformación leve para que lo acusaran de ser un vampiro. Un hijo extramatrimonial también podía resultar un vampiro, lo mismo que un bebé que hubiera nacido séptimo en una familia cuyos hermanos fuesen todos del mismo sexo. Claro que ya no hay demasiada gente que siga creyendo en estas historias fantásticas y mucho menos en las ciudades grandes, pero todavía quedan por ahí algunas aldeas altamente supersticiosas. Como por ejemplo Marotinul de Sus, el lugar donde una familia desenterró el cadáver de Petre Toma, un profesor difunto acusado de haberse levantado de la tumba y atacado a una señora del pueblo (según la creencia local los vampiros no clavan los colmillos en el cuello, sino entre los ojos o en el pecho), le arrancó el corazón y llenó el ataúd de ajos: un ritual que se practicaba durante lo más oscuro de la Edad Media hace cientos de años. Le hice la misma pregunta a muchas personas y olfateé como un perro policía cada rincón que pudiera llevarme a la confirmación de que la gente todavía cree en seres sobrenaturales, y aunque todos mis interrogados me dijeron que eso era puro cuento y que los rumanos no andan exhumando cadáveres como quien pone a lavar la ropa un domingo, yo me niego dejar de creer en la magia de las pelis clase B.
paragraph space
Hoy en día la población de Transilvania está más o menos dividida étnicamente entre los rumanos, que son mayoría, y los húngaros, que conforman un poco más del 20% de la demografía. Pero hace varios siglos, antes de que Vlad Tepes tomara el poder, los alemanes (llamados sajones) eran los que dominaban toda esta zona que en ese momento pertenecía al Reino de Hungría. Los sajones eran herméticos, desconfiados incluso entre los de su misma comunidad, y no se llevaban bien con los rumanos porque los consideraban campesinos torpes, incivilizados y menos educados que ellos. No querían ni siquiera permitirles vivir en sus pueblos y no sabían distinguir entre rumanos y gitanos. Emily Gerard cuenta en La tierra más allá del bosque que los alemanes transilvanos se habían enriquecido viviendo durante siglos con menos de la mitad de lo que ganaban trabajando, que se sacrificaban por su riqueza y que estaban tan obsesionados con el dinero que calculaban el valor de sus bebés recién nacidos en 500 florines, y cuando un familiar moría hacían las cuentas para evaluar el gasto extra que supondría reponer ese par de brazos que ya no trabajaba más en el campo. Por la sangre latina de los rumanos, en cambio, no corría ninguna esencia que tuviera que ver con el ahorro ni el trabajo duro (y parece que los hábitos no han cambiado mucho al día de hoy, porque en la actualidad los italianos señalan a los rumanos como los más vagos de toda Europa. Y para que un italiano te llame vago, la cosa tiene que ser grave). Las comunidades sajonas de Transilvania eran tan pero tan cerradas incluso entre ellas mismas, que a fuerza de aislamiento los dialectos de una misma raíz podían evolucionar en direcciones completamente diferentes y a veces dos alemanes de aldeas lejanas tenían que comunicarse en rumano o húngaro porque no había forma de conciliar dos variantes de alemán tan distintas. Nosotros hace poco fuimos a pasar el día a Mediaș, un pueblito cerca de Sighișoara, y enfrente de la iglesia principal había un edificio viejísimo y medio derrumbado con un pequeño cartel oxidado que decía “deutsche schule”, sin ninguna indicación más. Y gracias que todavía seguía en pie. Pero durante el tiempo que los sajones dominaron Transilvania, las escuelas alemanas estaban por todos lados: eran estrictísimas y dependiendo de la región los chicos aprendían como segunda lengua checo, italiano, francés, polaco y hasta ruteno, que es un idioma eslavo ahora extinto, muy parecido al ucraniano. Más adelante, el siglo XX de a poco fue separando de Rumania a los descendientes de los antiguos sajones que habían controlado Transilvania a través del comercio: muchos de ellos fueron enviados a campos de concentración soviéticos bajo sospecha de colaboración con el régimen nazi, y otra gran ola emigró de vuelta a Alemania después de la caída de la dictadura comunista de Nicolae Ceaușescu.
paragraph space
Transilvania (9)

Transilvania (13)

Transilvania (14)

Transilvania (15)

Transilvania (19)

Transilvania (21)

Transilvania (22)
paragraph space
Los húngaros, por su parte, hoy son la minoría étnica más grande de Transilvania porque en realidad esta región, ahora integrada a los límites de Rumania, hasta un poco después de la Primera Guerra Mundial todavía le pertenecía a Hungría. Así que no sería del todo justo decir que Transilvania es rumana: la situación de sus fronteras es tan arbitraria como nuestra historia con Malvinas, la disputa territorial entre Kosovo y Serbia o el reclamo resignado de los armenios por recuperar su Ararat. Pero ya lo sabemos; en la Historia la verdad la imponen los que ganan. Y hace muchos siglos, aunque los alemanes eran los dueños no oficiales de la región gracias a la fortuna que amasaban comerciando, Transilvania pertenecía políticamente al Reino de Hungría y posteriormente pasó a manos del Imperio Austro-húngaro. Por eso toda su cultura actual es esencialmente húngara: hay restoranes que sirven comida típica transilvana que realmente proviene de la cocina húngara, hay iglesias cien por ciento húngaras, carteles escritos primero en húngaro y después en rumano, hay edificios de arquitectura húngara, cementerios húngaros, bustos dedicados a próceres húngaros, gente con nombres terriblemente húngaros como Zsandor o Erzsébet, óperas húngaras, festivales de música húngara, y así sucesivamente. A mí el pedacito de tradición húngara que más me gusta es el kürtőskalács, una pieza de pan artesanal cocinada alrededor de unos cilindros de madera especialmente diseñados para preparar esta delicia dulce que se sirve cubierta de azúcar, canela o trocitos de nueces.
paragraph space

Transilvania (3)

Transilvania (12)

Transilvania (24)

paragraph space
Transilvania hoy es una sucesión de ciudades -algunas más, otras menos densamente pobladas- y de pueblitos casi olvidados entre las montañas de los Cárpatos. Es una región sobre la que no mucha gente sabe y a la que no mucha gente viene, y por eso siempre me sentí cómoda visitando sus ciudades antiguas y pueblos medievales: una aldeíta pintoresca como Mediaș, trasladada a Italia por nombrar un país, se convertiría rápidamente en una Positano cualquiera y llegaría sin problemas al punto de casi derrumbarse bajo el peso de los turistas de palito de selfie. En Rumania eso no pasa. Los gitanos pueden seguir viajando en sus carretas de pueblo en pueblo, ocasionalmente parando a cortar heno para sus caballos con grandes hoces oxidadas que evocan el romanticismo de una revolución comunista, sin ser molestados por el flash de ninguna cámara. Lo pude inferir en las palabras de los rumanos con los que hablé: el alma de este país es sencilla, elemental, rústica. Y a pesar de ciertas tranformaciones, que se toleran porque a veces no queda otra que plegarse a la marcha del mundo, acá la esencia inalterable de las cosas es algo que ningún destino puede torcer.


Ciudades principales de Transilvania: Alba Iulia, Bistrita, Brasov, Cluj Napoca, Medias, Miercurea Ciuc, Sebes, Sibiu, Sighisoara, Targu Mures.

Si querés leer la segunda parte de esta vuelta por Transilvania, no te pierdas mi próximo post sobre la figura de Vlad el Empalador: el verdadero rostro tras el ficticio Conde Drácula.

Flor

Flor

2 comentarios

  • Julio Rodriguez
    julio 23, 2017 en 5:39 pm

    Hola Florencia felicidades me parece muy buen articulo, muchas gracias. Pero me llamó la atencion lo que dices d elas cruces pintadas de blanco en las casas en Transilvania. Me gustaria ver alguna foto de esas cruces pintadas. Soy dibujante y me llama la atencion.

    • WG
      septiembre 17, 2017 en 10:14 am

      Esa cruces pintadas en la paredes es para desear buena suerte a las personas que viven en esas casas .

Leave a Comment

Show Buttons
Hide Buttons