12 mil kilómetros en un instante (Europa, te extraño…)

12 mil kilómetros en un instante (Europa, te extraño…)

Imposible creer que ese viaje por Rusia y Europa haya pasado tan rápido. El tiempo es verdaderamente implacable. Recordándolo ahora, en este momento, en este pueblo en el sur de Nueva Zelanda, esos seis meses de viaje me dan la sensación de haber transcurrido como escenas de un sueño muy largo.

En Vladivostok compartimos habitación de hostel con un señor gordo chino que no paró de roncar ni una sola de las tres noches que pasamos ahí. Incontables ronquidos más adelante nos adentramos, ya de lleno, en la aventura del Transiberiano: conocimos muchos borrachos, nos emborrachamos nosotros también, hicimos amigos rusos (con los que no compartimos más que unos pocos días pero que nos despidieron con lágrimas en los ojos), probamos deliciosas comidas, aprendimos lentamente a comunicarnos con la gente en su idioma, y mil experiencias más que no me alcanzaría el tiempo para contar. Después llegamos a Moscú y San Petersburgo, donde más personas increíbles nos prestaron sus casas, nos presentaron a sus amigos, nos cocinaron, y nos regalaron las mejores semanas como nunca pensamos que íbamos a pasar en Rusia.

De repente ya estábamos en Europa: esta tierra antigua me está llamando desde hace tiempo, y esta vez lo confirmé. Algo adentro mío tira cada día más hacia Europa; ese es el lugar donde tengo que estar. Dónde, exactamente, no lo sé.

Primero Tallinn, una capital con una calma adormilada que no esperaba encontrar justo acá. “No puedo creer que esta es la capital de Estonia y la gente se toma la vida con tanto relax”. Nota mental: aprender de los estonios (se nota que saben lo que hacen).

Le siguió Riga. “Te acordás del hotel de Riga, con esos pasillos al estilo The shining, y la cocina como traída de una casa de abuela, y la señora que atendía la recepción, que no hablaba otra cosa que letón o ruso?“.

Llegamos a Lituania y yo no podía más con mi éxtasis. “¡Qué lindo que es viajar por Europa! Me había olvidado de lo lindo que era estar acá. No me quiero ir nunca”. Me encanta el idioma lituano, es tan diferente, con sus nombres masculinos de terminaciones tan particulares (Bernardas, Edmundas, Konstantinas). Vilnius: ciudad de iglesias, ciudad de constituciones anti-establishment, ciudad de ajedrecistas en el parque.

Varsovia (está en llamas). En Varsovia probé una cerveza de miel riquísima, y vi pavos reales (en libertad) por primera vez en mi vida, frente a frente. Cambié desayuno de cereales y dulces por pan tostado con jamón y queso, y rodajas de ají y tomate recién cortados.

Berlín quedó deshecha por la bota de la guerra, decía Trotsky cuando la tomaron los rusos (pero se rehízo, y ahora toda la ciudad deslumbra como los rayos de sol al pasar por debajo de la Puerta de Brandemburgo). Berlín y su libertad absoluta; en Berlín podés hacer lo que quieras, ser quien quieras, vestirte como quieras y actuar como quieras. Está llena de música, de rebelión y de un ambiente under (nebuloso por el humo de cigarrillos) que te golpea como un luchador de muay thai. O sea: mi potencial lugar en el mundo.
Más Alemania, montañas y lagos, casitas de madera, pueblitos dormidos, Múnich.

En Francia me encontré de golpe con toda la felicidad que no esperaba que me trajera el hecho de volver a este país. Oh, my land, my french land: the land of those who sing the eternal revolution! París, la cereza del postre de la vida. La casa de un amigo, una flor marchita y solitaria en la ventana del vecino, libros en francés, una pintada anarquista en la pared. París, ¿un vortex a una realidad paralela?

Pisamos Ámsterdam ya un poco llorosos: era la ciudad que daba término a la primera parte de este viaje, para dar comienzo a otra etapa, la etapa kiwi, llena –seguramente– de momentos inolvidables todavía por pasar, pero cargada también de responsabilidades (y la perspectiva inevitable del trabajo). De Ámsterdam me enamoré, aunque también me hizo conocer la fuerza del vacío existencial.

Adiós, Europa, hasta la próxima. Estaré pensando en vos todos los días hasta que nos volvamos a ver -espero- dentro de poco. El presente, generalmente, no suele durar más que un segundo o dos.

Flor

Flor

Leave a Comment

Show Buttons
Hide Buttons