Nápoles, Maradona y la entropía

Nápoles, Maradona y la entropía

Nunca he escuchado a alguien decir «a mí Nápoles me gusta más o menos». Porque con algunas ciudades casi siempre se termina cayendo irremediablemente en la dualidad amor/odio, en la cuestión de piel. Y difícilmente se puede ser neutral en un caso como este. Aunque traté de verla con cariño, de darle varias chances de redimirse y hasta de hacer oídos sordos a todas las escenas discordantes de la cotidianidad napolitana, la verdad es que Nápoles no me gustó. Me pareció desprolija y algo bárbara, en parte porque no cuadra con la imagen que yo tenía del sur de Italia (un sur más parecido a lo que ya había visto de Sicilia). En mi defensa tengo que decir que me hago cargo plenamente de que todas mis impresiones son subjetivísimas, que entiendo que Nápoles no tiene ninguna necesidad de redimirse ante nadie, y que las ciudades nunca están ahí para complacer a los demás. Hasta me siento un poco mal de haberla juzgado así porque sé que lo hice llevada por mis expectativas platónicas imposibles de reconciliar con la realidad, y por todo esto es que por un breve momento decidí que si no era capaz de escribir algo decente sobre Nápoles, era mejor que no escribiera nada en absoluto. Porque no quería que mi post se tratara de la mugre que dejan los mercados al terminar el día, de lo groseramente grafiteadas y destruidas que están algunas estatuas y fuentes o de lo insoportable del tránsito demente. Pero a fin de cuentas era Nápoles, y dejar de escribir sobre ella habría sido dejar inconclusa una parte de la historia de este viaje por Italia.

Los napolitanos son eléctricos y amables, bastante ruidosos y bruscos para los estándares europeos. Aunque ellos no son culpables directos de la corrupción que abunda en su ciudad, sí son una especie de cómplices involuntarios del descuido, el abandono y la suciedad que se ve por todas partes. Un poco como quien decide terminar de completar el daño ya hecho por otros por el puro aburrimiento de saberse al final de una cadena social totalmente ignorada, y la resignación a la idea de que los mismos problemas de siempre jamás se resuelven por más años que pasen. Nápoles tiene serias dificultades con la mafia, el desempleo y el manejo de los residuos, y está constantemente sintiendo el peso de la reprobación por parte del norte del país. No es raro que bajo estas condiciones opresivas, que no son nada recientes, los napolitanos hayan visto en la historia de vida de Diego Maradona un espejo que les devolvió la imagen de sus propias necesidades y carencias.

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Maradona entró al jugar en el Napoli en 1984, cambiando desde ese momento el fútbol de los napolitanos para siempre. Les dio la alegría de la victoria en la liga italiana y con ella un recurso para enfrentarse al norte rico y altanero; una forma de gritarle a la Italia desarrollada que ellos también eran alguien, que ellos también tenían derecho a ser buenos en algo. Hablar de Maradona en el sur de Italia es como pronunciar el nombre de una deidad, y es el dicho popular que las tres cosas más bellas que tiene Nápoles son el Golfo, el Vesubio y el Diez. Los napolitanos le han dedicado santuarios, canciones que hablan de corazones que laten porque lo han visto jugar, poemas, plegarias y lágrimas. En el centro histórico de la ciudad hasta hay un bar donde el dueño atesora en un altar un pelo de Diego encontrado en el asiento de avión donde se sentó a la vuelta de un partido contra Milán. A mediados de los ’80 hubo un boom masivo de bebés bautizados Diego Armando, que hoy son veinteañeros ya casi rozando los 30. El recuerdo del Diego salvador sigue hoy más vigente que nunca, y decir que uno es argentino en Nápoles es un método infalible para recibir la mirada de unos ojos brillantes y una voz conmovida que exclama «¡Argentina, Maradona!»

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En un terreno importantísimo no me ha decepcionado Nápoles, y es en el de la alimentación. Aunque bueno, las cualidades alimenticias de los panificados y la pizza chorreando muzzarella están abiertas a discusión. Lo que pasa es que en el sur de Italia el comer está rodeado de una mística tradicional; se come mucho y casi desenfrenadamente. No como en el norte, donde todo es apariencia y moderación. En Nápoles además se cocina mucha fritura, y aunque no me puedo identificar con lo insalubre de la cocción en aceite, sí los admiro por la forma que tienen de santificar los sabores y ponerlos por sobre cualquier otra cosa. Se podría decir que el napolitano no se lleva a la boca nada que no haya pasado primero por un breve baño de inmersión en aceite. Por el lado de las harinas y los dulces, las más famosas de la pasticceria napolitana son las sfogliatelle, unos triangulitos de masa filo rellenos con ricotta dulce que sólo pueden ser disfrutados debidamente cuando están recién salidos del horno. Otro símbolo de la pastelería local que compite con las sfogliatelle son los baba, unas tortitas individuales súper esponjosas embebidas en ron y almíbar. Claro que todo esto es un auto-atentado contra la conservación del propio sistema circulatorio, pero no hay nada como una buena porción de scagliozzi, esa popular tarta de polenta frita que por su similitud al ser cortada en cuadraditos a mí me gusta llamar el brownie de polenta. Es cierto que en algún punto las calles de la ciudad se convierten en una fiesta obscena de harinas refinadas, lípidos y cantidades malsanas de glucosa, pero está prohibido abandonar la ciudad sin probar siquiera la típica pizza napolitana, que por lo menos no es tan culposa y es realmente muy rica. ¿Por qué? Porque Nápoles es la patria de la pizza, y desde este humilde rincón de Italia se ha propagado por el mundo de forma tan masiva que ahora se puede encontrar una pizza en casi cualquier restaurant del planeta. En este caso menos es más y la margherita, así de sencilla como se ve, es sencillamente la mejor. Pero les advierto que comer una pizza napolitana es como comer una naranja; es algo que no se puede hacer con elegancia. La masa es demasiado fina y blanda, y se sirve con el queso en estado casi líquido. Todo contribuye a los dedos aceitosos y el desastre en la mesa. Realmente una exquisitez.

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Debo admitirlo: no es tan terrible Nápoles. Un aire medieval muy apasionante se respira en el casco antiguo y los mercados callejeros son divertidos aunque sólo sea para dar una vuelta. Durante los días soleados el lungomare (costanera) es un paseo especialmente bello, acompañado de la presencia de dos de los tres castillos (en realidad fortalezas romanas) más importantes de la ciudad. El tercer castillo está en Vomero, un barrio encumbrado desde todo punto de vista: está ubicado en lo alto de una colina y es de los pocos distritos napolitanos que pueden llamarse exclusivos. Les recomiendo que no se dejen llevar demasiado por mi experiencia y vayan a visitarla, ¡no se desanimen! Porque Nápoles tiene cosas lindas para ver, y muchas. Y aunque a mí siga sin gustarme del todo y no la tenga en la más alta estima como ciudad italiana, al final no es tan terrible. Nada más es muy…especial.

Flor

Flor

5 comentarios

  • Susana Briglia
    junio 23, 2016 en 5:34 pm

    Tranquila, Flor, ¡a mí tampoco me gustó Nápoles! Bacione!!

    • Flor
      Flor
      junio 23, 2016 en 6:58 pm

      Uf, ¡qué alivio! No soy la única! Jajaja un beso Susana 🙂

  • Alejandro Rios
    febrero 26, 2017 en 8:51 am

    Ahorro a tu nota. Pero creo que hay un sentido de la autodestrucción que tiene la ciudad que la hace única.
    Y como diria Borges, creo que a los napolitanos no los une el amor a la ciudad, sino el espanto.

    • Flor
      Flor
      marzo 6, 2017 en 3:55 pm

      Tal cual! Yo también siento que es un poco autodestructiva Nápoles, tiene algo por sí misma que no termina de ser amor…

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