Trabajar en un hotel (2): ser kitchen hand

Trabajar en un hotel (2): ser kitchen hand

Si les dijera que estoy trabajando mucho, les estaría mintiendo. Aunque de verdad, en cierta forma, lo estoy: estoy trabajando pocas horas, pero muy intensas. Cualquiera que alguna vez haya trabajado como kitchen hand, como lavacopas, o como mozo en un restorán, sabe que una cocina es un ambiente duro, casi como un campo de batalla. Un lugar lleno de histeria colectiva, postres de chocolate amenazantes y cocineros bajo mucha presión.

Hace cuatro días empecé como ayudante de cocina en este hotel, y al haber cambiado posiciones con Martín, que originalmente iba a ser el kitchen hand según decía la planilla de horarios cuando recién llegamos, un poco lo salvé de que la cocina se lo comiera crudo (peor que a mí).

Mis tareas diarias son bien simples, y casi que las puedo contar con los dedos de una mano. Entro a las seis de la tarde, y hasta mi horario de salida, que generalmente es entre las nueve y las diez de la noche, me dedico a hacer un poco de todo para alivianarle el trabajo a la cocinera. Ni bien llego, lo que hago es empezar a preparar las ensaladas. Como en el restorán del hotel cenan todos los huéspedes que vienen al glaciar con grupos turísticos, el menú es muy acotado, para hacer más fácil y ágil el servicio. Las dos entradas posibles son ensalada de salmón o sopa, el plato principal consiste en salmón/patas de cordero/pollo con puré, y el postre puede ser una porción de torta de chocolate, o bien una porción de cheesecake de maracuyá acompañado de salsa de frutilla.

Después de preparar y decorar las ensaladas para todos los grupos de la noche, viene un tiempo muerto para mí, que corresponde al momento en que los huéspedes están comiendo la entrada y preparándose para el plato principal, con el que yo no tengo mucho que ver porque de esa parte se encarga la cocinera (el chef, la figura principal de la cocina, trabaja con los platos que se sirven en el café y en el bar, más elaborados y más caros, ya que son para clientes individuales y no para grupos grandes). Entonces, ese tiempo muerto es el que aprovecho para para empezar a lavar los platos que van siendo devueltos a la cocina, pelar papas para el día siguiente, y de a poco ir preparando los postres que, igual que las ensaladas, se arman de a 15, 20 o 25 por vez, según el número del grupo.

Por el momento y de lo que me enseñaron en esta primera semana, ya no tengo demasiado más para aprender, sino más bien recordar detalles como las ubicaciones habituales de algunos utensillos después de lavados, o en qué parte del gigante freezer va cada alimento. Supongo que con el tiempo me irán enseñando cosas nuevas.

La única experiencia negativa que me llevo (y que seguramente me seguiré llevando) de la cocina, es el proceso de aprendizaje en sí: me tocó aprender con un coreano que de verdad no me cae para nada bien. Pero nada nada. El resto de los empleados son súper amigables: el chef, que es de India, la cocinera, una señora samoana gruesa y muy seria pero dulce, y su marido, que tiene muy buen humor, y se ve también, mucha paciencia. Pero él, Ben Lim, ha pasado con muy poca dificultad a mi lista personal de individuos indeseables y voy a explicar por qué. Primero, no le entiendo absolutamente nada de lo que me dice. Su inglés es muy básico, lo habla con todo el acento oriental posible, y cambia las “Ls” por “Rs” (el sonido de la “L” no existe en el sistema alfabético coreano). Lo cual hace que estar aprendiendo desde cero los detalles de un trabajo que nunca antes había hecho, con una persona que me está enseñando –entre ruidos de platos y gritos de los mozos– en un idioma que es cualquier cosa pero que con toda seguridad no es inglés ni por asomo, sea mucho más complicado de lo que debería ser. Además es una persona que no entiende sobre respetar los tiempos de alguien que es nuevo en el puesto, y siempre está buscando señalarme los errores. Como hasta ahora no rompí ningún plato, ni arruiné ninguna orden ni incendié nada, se ocupa en criticarme cómo decoré una ensalada con formas de zigzag cuando deberían ser zigzags con rulitos, o que por qué hago tantos viajes para acomodar los platos cuando los termino de lavar (aunque sospecho que debería preferir que haga dos viajes para llevar 10 platos en cada uno, antes que un solo viaje con 20 y por el peso los termine tirando todos). Se le nota una persona muy presionada, seguro porque está trabajando con un permiso de trabajo y como el hotel lo está esponsoreando, quiere hacer todo lo más perfecto posible. A mí no es que no me interese lo que hago o que no me lo tome en serio, pero estresar mi mente por un trabajo que en definitiva lo único que me da es plata, me parece una idea abominable. Por suerte en poco tiempo abre el hotel de enfrente, que es la misma cadena, y tal vez lo manden a trabajar ahí. No, quiero que lo manden a trabajar a Kirguistán. Quiero que lo manden a trabajar a Júpiter si es posible.

Pero igual, aunque no lo quiera, sí termino estresándome un poquito, especialmente por la velocidad a la que hay que trabajar. Justo yo, la antítesis de Speedy González, yo que amo vivir en cámara lenta. Si hay algo que sí le creo a la astrología es la descripción habitual de Tauro: una especie de perezosos que no se sabe cómo, pero terminaron insertos en la sociedad, teniendo que funcionar en ella con una agilidad que los sobrepasa. Cuando me di cuenta de cómo iba a ser el ritmo de trabajo me asusté, y me empecé a preguntar si esto es lo que realmente tengo ganas de estar haciendo en este momento; un momento en el que, la verdad, también me estoy preguntando para qué estoy en Nueva Zelanda. ¿Qué estoy haciendo que no estoy concretando todos esos proyectos que tengo y que no tienen nada que ver con estar acá? ¿Si tanto reniego del trabajo en relación de dependencia, no es hora de lanzarme a buscar esa independencia que tanto necesito? ¿Cuál es el punto de seguir ahorrando plata? Pero también pienso que todas las cosas pasan por algo, y que si el Universo me puso frente a una situación incómoda es porque está buscando que aprenda de ella. Y como no quiero rechazarle al Universo sus lecciones (no me gustaría que crea que lo dejé pagando y piense mal de mí), me la banco y me quedo, porque en algún momento todo esto me va a servir; lo sé por experiencia.

 

Flor

Flor

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