Pristina, Bill Clinton y el edificio más horrendo del mundo

Pristina, Bill Clinton y el edificio más horrendo del mundo

Todo lo que imaginaba que iba a ser Kosovo se hacía más tangible con cada kilómetro que el maltrecho bus montenegrino avanzaba hacia Pristina. Antes que nada, calles polvorientas. Calles polvorientas y carteles polvorientos y herrumbrados. Los huesos destartalados de construcciones que habían sido bombardeadas y baleadas incluso antes de poder llegar a ser algo más que cimientos. Negocios con los vidrios rotos, abandonados mucho tiempo atrás. Banderas de Albania raídas flameando al viento desde balcones de casas sin revocar. Cada tanto un edificio comercial alto y nuevo, como terminado ayer, completamente incompatible con el resto del paisaje. Finalmente, a pocos kilómetros de llegar a la capital kosovar la batería del bus que nos traía desde Podgorica no aguantó más y el Mercedes Benz -que con seguridad vio mejores años- murió al costado de la ruta, que es lo que todos habíamos estado esperando que hiciera en lugar de ese traqueteo constante, que sí, que no. Nos hicieron bajar a todos para subir a una miniván que nos dejaría en la estación de buses, y mientras esperábamos en el cordón de la vereda un señor que hacía pastar a su vaca en los pastos altos de la vereda de enfrente miraba toda la situación con curiosidad al tiempo que por el fondo empezaba a asomar un sol naranja. Y después llegamos a Pristina. Y ahí fue que todas esas expectativas mías, un poco moldeadas por los preconceptos estereotipados que a todos se nos disparan en la mente cuando escuchamos la palabra Kosovo, dieron una vuelta de ciento ochenta grados.
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Qué ilusa: yo creía que iba a llegar a una ciudad con depresión crónica y marcas de guerra, pero las únicas heridas que vi son las que quedaron en los edificios. Porque en el ánimo colectivo no se advierte ninguna. Los habitantes de Pristina son jóvenes con ganas de vivir, y esa mayoría en edad universitaria lo domina todo: los estudiantes de filosofía y economía son los dueños no reconocidos de la ciudad y a partir de ellos se propagan como una red los locales de fotocopias, las ventas callejeras de libros, los barcitos cancheros llenando el ambiente de la tarde con música chillout, los cafés gourmet, las juntadas a tomar cerveza en las plazas y hasta algunos coffee trucks. Si no supieras que estás en Kosovo jamás imaginarías que acá hubo una sangrienta guerra a causa de un largo y complejo conflicto étnico, social, político y territorial que terminó con la declaración de independencia del país en el año 2008 (con mucha ayuda de la administración de Bill Clinton, que al mismo tiempo se estaba ayudando a sí mismo a desautorizar a Rusia a través de Serbia. La historia es larga: Slobodan Milošević, sucesor de Tito durante el desmembramiento de Yugoslavia y nacionalista serbio hasta los huesos estaba teniendo demasiado intercambio de opiniones con Boris Yeltsin, presidente ya saliente de la nueva Federación Rusa formada tras la caída de la Unión Soviética. Yeltsin había estado presionando mucho para que Serbia no perdiera Kosovo, ya que reconocer la existencia de una mayoría albanesa y musulmana en territorio yugoslavo, y además arriesgarse a que esa mayoría pudiese lograr la independencia, significaba poner la dignidad eslava en juego. Era más de lo que podían tolerar. Mientras tanto Estados Unidos observaba todo esto con los ojos entrecerrados y la nariz fruncida. El 17 de febrero de 2008 se decide en el Parlamento de Kosovo la división del país con el apoyo de la Unión Europea y Estados Unidos, el interés de estos dos últimos puesto especialmente en castigar públicamente a Serbia y por extensión, a Rusia. El bonus track fue que toda la situación funcionaba como una oportuna advertencia para Putin, que asumía por primera vez la presidencia de Rusia, de que no se metiera con la voluntad de Occidente. Y esa es la historia tras la Avenida George Bush, la American School of Kosova, el Bulevar Bill Clinton y las banderitas a rayas y estrellas flameando junto a los colores de Albania.).

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Y ese es otro tema importante, hablando de Albania. Como Kosovo es en realidad una especie de extensión territorial Albania, su población albanesa es de más del 90%. Las otras minorías las componen los serbios seguidos por algunos asentamientos bosnios, turcos y croatas, varios grupos romaníes (que conocemos coloquialmente como gitanos) y otras dos comunidades algo similares, en el sentido de que también son diásporas, que son los ashkali y los egipcios de los Balcanes. La bandera de Kosovo siempre flamea en las entradas de los edificios públicos, pero la bandera de Albania aparece para afirmar la identidad étnica y cultural. Ésta es la que se ve más a menudo en las calles, y cualquier kosovar se va a referir a su país alternativamente como a “esta parte de Albania”.
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Pero ahora vamos a lo que vinimos: el edificio más horrendo del mundo. Este mamarracho             -pobrecito, pero hay que decir la verdad- no es otra cosa que la Biblioteca Nacional de Kosovo. Fue diseñado por el arquitecto croata Andrija Mutnjaković: yo daría cualquier cosa en la vida por media hora de charla con él para saber qué demonios estaba pensando cuando proyectó esta pesadilla de metal y concreto y cúpulas dispares. Según él, el objetivo era lograr en el edificio una combinación armónica de las formas arquitectónicas islámicas y bizantinas en un intento de reconciliar lo religioso con lo tradicional, aunque el resultado fue de todo menos armónico. Pobre, supongo que no podemos culparlo por no lograr traducir a la realidad algo que en su mente seguramente se veía mucho mejor. A todos nos ha pasado alguna vez. Se supone que en su momento hubo proyectos para darle a la Biblioteca Nacional de Sarajevo un aspecto similar, pero no se logró avanzar con la iniciativa. Una suerte para Sarajevo. Le pregunté a algunas personas cuál es la opinión general sobre la biblioteca pero nadie me concedió abiertamente que es horrible; muchos dicen que es raro, que cuesta acostumbrarse, pero que a ellos les terminó por gustar. This building is in our city, and we love our city, so we have to love it as well, me había dicho una chica que conocí en el bar del hostel. El consuelo es que por dentro, al menos, no está tan mal.

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¿Y qué más hay para ver en Pristina?

♦ El monumento a Bill Clinton, ubicado sobre el bulevar homónimo. Su aliada es la banderita estadounidense que le flamea por encima de la cabeza. Su enemigo es el grafiti que está en la pared de atrás, que dice en albanés ninguna negociación; autodeterminación, haciendo referencia a la necesidad de, cómo decirlo suavemente, dejar de chuparle las medias a Estados Unidos.

♦ La Catedral de Cristo el Salvador, una iglesia serbia-ortodoxa a medio terminar construida por orden de Milošević en el campus de la Universidad de Pristina, frente a la biblioteca fea, con ninguna otra finalidad que la de molestar a los albaneses en el momento especialmente tenso que precedió a la guerra por la independencia de Kosovo en 1995. Se puso sobre la mesa la iniciativa de demolerla, pero de momento sigue ahí plantada, como un monumento al fracaso de Serbia.

♦ El Grand Hotel Prishtina, construido durante Tito para los funcionarios del Partido, según algunos medios europeos es el peor hotel del mundo. ¡Pobre Pristina, denle un respiro de salir primera en los ránkings de cosas horribles! Por lo que muchos huéspedes han dicho parece que el hotel es la imagen misma de la gloria comunista desmoronándose en pleno siglo XXI. Frente a él hay una placita que durante los torneos de fútbol importantes y los mundiales, especialmente cuando juegan Albania y otros países favoritos de Europa, se convierte en una verdadera tribuna enfrente de la pantalla gigante que pasa todos los partidos hasta tarde a la noche. Y es divertidísimo ver el entusiasmo de la gente cuando ve jugar a Cristiano Ronaldo o a la selección de España.

♦ El Palacio de la Juventud y el Deporte, un edificio rarísimo que se parece al lomo de un dinosaurio (cuando vean la foto más abajo van a entender lo que quiero decir). Es bastante viejo, también de la época de Tito, y originalmente albergaba dos grandes canchas. Una de ellas se quemó en un incendio así que hoy solo queda funcionando la más pequeña. También hay una parte del edificio reconvertida en un centro comercial un poco oscuro y lúgubre.

♦ El bazar, donde se puede conseguir de todo desde deliciosos quesos hasta frutas, vegetales, huevos de granja y otras cositas hechas por productores locales. En la parte de atrás del mercado hay un área que bien podría llamarse el sector de la Guerra Fría donde unos vendedores en stands destartalados tienen en exhibición toda una mercaderia de dudoso funcionamiento incluyendo teléfonos estilo ladrillo, cargadores de celulares varios, televisores viejos y artículos varios pre-era digital en general.

♦ Las mezquitas del barrio turco.

♦ El City Park, un parque tosco pero que cumple su función. Está un poco retirado del centro y es un lugar propicio para observar la vida familiar de los kosovares, y los abuelitos musulmanes comprando helados para sus nietitos.

♦ Dos símbolos de la ciudad dedicados a la Madre Teresa, o Nënë Tereza en albanés: la Catedral y el bulevar que discurre paralelo a la calle Ramadania.

♦ Los cafecitos a la tarde. Esto no es para ver pero sí para comer: las porciones de torta son baratísimas, entre €1 y €1,50 y hay de todas las clases y sabores, y las bebidas como café, té y jugos rondan más o menos en el mismo precio. Si querés chocolate caliente lo tenés que pedir con el nombre de bambi, como se conoce acá; no digas hot chocolate porque el mozo se te quedará mirando con expresión confusa, como tratando de entender por qué le pedís una barra de chocolate caliente. Me pasó hasta que entendí.

♦ El monumento Newborn, inaugurado el día de la independencia de Kosovo, es un símbolo muy especial para la ciudad. Cada tanto se llena de firmas y garabatos que la gente le escribe con marcadores indelebles, luego se vuelve a pintar, y así cíclicamente. La palabra newborn fue elegida como símbolo del nacimiento de Kosovo por la fuerza que encierra la imagen del recién nacido que tiene toda una vida por delante.

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