Same same (but different)

Same same (but different)

¿Qué se puede decir de Bangkok, una ciudad tantas veces retratada por los millones de viajeros que la han visitado y que la siguen visitando, tan conocida ya por todos?

Bangkok es cosas lindas y cosas feas. Es “hello masaaaage” en la Khao San Road, remeras con inscripciones recontra mil trilladas de Singha y Chang, bichos acaramelados cuya foto se cobra 10 bahts, es un 7 Eleven en cada esquina, es turistas australianos que se merecen una patada que los haga tomar conciencia acerca de dónde están, es templos hermosos con historias antiguas, ladyboys en Soi Cowboy, es pad thai en la calle, monjes de batas naranjas mezclándose en el hormiguero de los mercados, es gente amable que nunca pierde la sonrisa, la opresión del trabajo de los puestos callejeros que trabajan todo el día bajo el sol y el calor, y también es muchas otras cosas más que no vemos.

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Bangkok me parece también una ciudad a la que el turismo masivo le chupó la vida, un lugar que seguramente en otro momento tuvo mucha más originalidad de la que ahora le queda. Esto se nota especialmente en Khao San, que es casi casi, la capital asiática de los mochileros. Muchos de estos backpackers jóvenes llegan a Tailandia malinterpretando totalmente las reglas de conducta que son aceptadas en un país cuya etiqueta es distinta de la que pueda existir en sus lugares de residencia. Y Khao San se prostituye para hacer dinero con esta gente, que lejos de querer experimentar la vida local, lo único que quiere es emborracharse y mostrarse. Las mujeres andan con shorts cortísimos por la calle, hay bares y boliches con hip-hop sonando a todo volumen, y la noche de este barrio de Bangkok se vuelve algo bizarro y horroroso. No quiero decir con esto que todo el mundo que se queda en Khao San sea el tipo de personas que no sabe comportarse; muchos de nosotros nos alojamos en esta zona, simplemente porque es la que ofrece mayor cantidad de hostels y guesthouses baratos.

Por suerte, todavía podemos perdernos por las calles de la capital tailandesa, fuera de Khao San, allá donde los borrachines inadaptados no se aventuran o no se interesan por llegar. Eso es lo mejor de esta ciudad; lo mejor, realmente, de todas las ciudades: las zonas no turísticas, más vírgenes y libres de los enjambres de visitantes que mueren por sacar al unísono la misma foto del monumento o templo más importante para ver, ese que Lonely Planet te recomienda no perderte por nada del mundo.

Ya habiéndome quejado a gusto de todo eso que no me gusta, sería muy triste dejar que el mal comportamiento de algunos extranjeros ensombreciera todas las experiencias lindas que BKK tiene para ofrecer. Los tailandeses son de las personas más amables que he conocido en el Sudeste asiático, y los comerciantes (a diferencia de los de otro país que no quiero nombrar que empieza con “I” y termina con “ndia”) son muy respetuosos al momento de recibir un “no” por respuesta. La gente, aunque se pase 12 horas en un puesto ambulante bajo el sol de todo el día, siempre te va a atender con una sonrisa (lo cual hace que, a mis ojos, su situación sea aún más desgarradora). Hace unos pocos días salíamos de visitar un templo y dos monjes nos abordaron cuando nos íbamos para preguntarnos de dónde éramos, qué hacíamos en Tailandia y si nos había gustado Bangkok. Nos contaron ellos de su vida; uno tenía 20 años ya como monje, más otros cinco anteriores durante los que se preparó para ello. Su familia, nos dijo, estaba muy orgullosa de sus logros en el sendero de Buda. Y todo así: los tailandeses a veces te sorprenden con algo que no te esperabas, y te sacan una sonrisa.

Bangkok se compone, sobre todo, de colores. También de olores, sabores, imágenes y sensaciones. De seres mitológicos y del sonido de los mantras que emana de los templos. De los gritos de nenes que juegan, de flores, de lluvias tropicales, de huellitas de gato.

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Flor

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