Patitas en la arena: el siberiano que me adoptó en Koh Phangan

Patitas en la arena: el siberiano que me adoptó en Koh Phangan

Lugar: playa de Haad Yao. Día: no recuerdo. Hora: no recuerdo. Vamos caminando por la orilla, sintiendo la arena suave bajo los pies, cuando de repente algo me asesta un golpe peludo en la pierna derecha, un poco más abajo de la cadera, y sigue de largo al galope. Pasada la confusión, es ahí cuando lo veo, parado unos metros más adelante y en posición de juego: un perro al que, para proteger su identidad, daremos en llamar Señor Siberiano. Sí, es señor; me aseguré de que fuera machito.

Así fuimos presentados este siberiano y yo por la vida. Él es uno de los tantos perritos que vagan por la playa, sin casa, en busca de juego, mimos, y (¿por qué no?) comida. Son los perros de nadie y de todos; la mayoría está bien alimentada, porque los turistas y la gente de los negocios les dan de comer, pero muchas veces se los ve rascándose (con pulgas) o con sarna o demodexia. Otros están lastimados, porque se pelean bastante entre ellos y, como son casi una comunidad de callejeros, se disputan comida, terreno, chicas y lugares donde hacer pis (un tema de extrema importancia).

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Mmmm, cerveza…

Las razones de la aparición de Señor Siberiano en una playa tan calurosa son desconocidas, pero seguramente sea porque se perdió o alguien lo abandonó. Se ve que come bien, no tiene problemas en la piel, es adulto, tiene hasta collar, está limpito aunque con abundante olor a perro, y quiere jugar las 24 horas del día, aunque se distrae muy fácil con ruidos o la presencia de otras personas.

Nuestro siguiente encuentro fue volviendo por la playa de vuelta al bungalow, cada uno con un sándwich en la mano, con lo cual no dejó de seguirnos todo el camino. Martín se asustó un poco porque Siberiano es enorme, y cuando salta siempre llega a altura humana o más, pero su actitud es amistosa todo el tiempo. Finalmente se distrajo con otros perros y nos dejó seguir nuestra caminata.

Y hoy en la playa nos volvió a buscar. Estábamos tomando sol, a punto de meternos al agua, cuando llega corriendo llenándonos de arena junto con todas nuestras cosas. Yo estaba feliz porque había querido llamar su atención desde más temprano, pero ni bola. Ahora quería jugar, así que le hice algunos mimos, corrimos un rato por la arena y lo llevé al agua conmigo. Se metió a nadar y todo. Lo único, es que necesitaría un terrible baño; lástima que no me lo puedo traer a la habitación para rasquetearlo un poco con shampoo. Después de un rato se cansó y se fue a buscar otras personas que jugaran con él, como recordándome “no soy de nadie, me aburro de vos y me voy con otro”. Se le pegó como chicle a una pareja que estaba más lejos y que, aparentemente, no gustaba mucho de los perros, porque los dos se veían re asustados e iban corriendo de un lado a otro para perderlo, que es justamente lo que no tenés que hacer cuando un perro quiere jugar con vos. Pobre mi siberianito, algunos no comprenden que es grandote y bruto pero de buen corazón.

siberiano

Bebé apuesto

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Todavía nos falta para irnos de la isla, pero lamentablemente sé que en algún momento voy a tener que separarme de Siberiano. Aunque, si cuando llego a Nueva Zelanda ven alguna foto mía con una cola blanca y negra intrusa asomándose por algún costado, no duden que le pegué un baño, le tramité un pasaporte y me lo llevé adentro de la mochila para que me ayude a empacar kiwis.

Flor

Flor

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