Suiza tiene puntitas

Suiza tiene puntitas

La arquitectura gótica de Suiza tiene puntitas. Muchas torres puntiagudas que dominan el horizonte en casi cualquier ciudad. Orden absoluto. En Zúrich hay cigüeñas. Y patos, y cisnes hermosos. En Lucerna también. Puentes. Faroles y ventanas que combinan, edificios con frentes antiguos y torcidos como cayéndose hacia adelante. Por más desordenada que yo sea en mi vida personal no puedo evitar sentirme atraída por lugares que funcionan de forma completamente opuesta a mi personalidad. Es algo que me pasa siempre, especialmente en Europa.

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En el Rathausbrücke un gorrioncito picotea una bolita de arroz apelmazado que una señora (alemana o suiza) tiró al piso mientras almorzaba sentada en un banco. Jamás me hubiese imaginado una actitud tan desvergonzada por parte de un local. Cerca mío se sienta un señor mayor a hacer un crucigrama. El día está hermoso y soleado: un bien raro y precioso en Suiza. Hay que disfrutar de cada minuto de luz solar porque los inviernos son duros y los veranos a veces no llegan a ser del todo verano. El señor del crucigrama me mira perdidamente como buscando inspiración. La gente sale a pasear a sus perros pinscher.

El alemán suizo es muy diferente del alemán estándar o Hochdeutsch, y de eso hasta yo me doy cuenta, que ni siquiera hablo alemán. Muchas palabras son diferentes y eso hace que el suizo se parezca más a un dialecto, porque no termina de ser un idioma aparte. Algunas letras se pronuncian distinto también, como la k en la palabra danke, que ellos pronuncian como una j bien salivosa desde la garganta. Yo creía que el alemán estándar sonaba áspero pero el de acá, el Schweizerdeutsch, es incluso más duro al oído.

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Maga nos cuenta que en Suiza las reglas son demasiado estrictas. Debe ser difícil vivir acá como extranjero si uno no trae desde el nacimiento todos los códigos que hacen funcionar a esta sociedad. Las multas vienen a ser como la forma de castigo preferida; la tarjeta amarilla que la policía saca ante cualquier error de conducta. Y acá hay una bajísima tolerancia a la equivocación: los errores se pagan muy caros. Pero así es como todo llega a funcionar tan bien, y la educación es tan buena y tan eficiente en preparar a todos para sus futuros puestos de trabajo, y hay menos accidentes de tránsito y el ambiente se cuida con tanta consciencia. Me encanta especialmente la importancia que ponen en el reciclaje. La basura de las casas puede sacarse únicamente en unas bolsas especiales que venden las municipalidades para que el servicio de recolección se las lleve. Al tener que comprarlas se supone entonces que uno desechará lo mínimo indispensable en ellas, llevando el resto de los materiales que sí son reutilizables a un centro de reciclaje donde podrá deshacerse de ellos sin costo. Si tiene patio con pastito también puede iniciar una composta con los residuos orgánicos: así gasta menos en bolsas plásticas, alimenta nuevas vidas en la tierra fértil y todos felices.

La gente no se permite un estallido de risa a carcajadas en el medio de la calle. El respeto por el otro es tal que el otro termina convirtiéndose en algo casi inerte, en algo con lo que hay que limitar al mínimo la comunicación para evitar molestias. Los suizos me parecen muy inocentes, como si les faltara un golpe de realidad o si les diera un poco de miedo la interacción con otras personas. Principalmente con personas desconocidas. Cuando tiramos la lonita en Lucerna para ponernos a vender en la calle, la gente que pasaba nos miraba con curiosidad. Pero cuando yo les sonreía se rompía el hechizo: como a un niño al que descubren haciendo algo que no debe, al advertir mi mirada desviaban automáticamente la suya, casi avergonzados del contacto visual con un extraño. Y todo esto habla de enormes limitaciones en el ámbito espiritual y emocional. Patric dice que para los suizos exteriorizar un sentimiento es un signo de debilidad. Yo veo una continua represión del mundo interior que después va a volcarse -más que nada en los jóvenes- en el consumo responsable (como todo en Suiza) pero autodestructivo de drogas muy fuertes como la cocaína, la heroína, las anfetaminas y otros químicos con efectos de corta duración que no son para nada amables con el cuerpo.

Para un suizo no hay nada más importante que el trabajo, y toda la última parte de la educación formal está dividida en distintos cursos que enseñan el oficio o profesión al que se dedicarán los futuros egresados. Con lo cual no estoy para nada de acuerdo porque no creo en este tipo de determinismo ocupacional, y mucho menos cuando se tienen 16 años y todavía no se sabe nada de la vida. Pero entonces ellos podrían alegar que el sistema funciona y que no hay desempleo, y tendrían toda la razón. Un sueldo promedio es de 5000 francos netos y un alquiler, de entre 800 y 900 francos. Los suizos no hablan demasiado bien el inglés y eso me extraña.

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La Suiza rural es de lo más lindo que he visto en la vida. Los campos son de un verde irreal; la típica postal de cuento de hadas con vaquitas pastando y casas de madera con cortinitas de tul y alfombras que dan la bienvenida a los visitantes. Cuando hace calor los cielos son azulísimos. Cerca de la casa de Maga hay un hogar para ancianos que tiene un corral grande con ciervos para que los abuelitos tengan contacto con los animales. En Hilfikon hay un montón de otros animales como gallinas, ovejas, gansos y hasta llamas. Una tarde nos quedamos charlando con las vacas.

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Flor

Flor

4 comentarios

  • Liliana
    abril 14, 2016 en 6:53 pm

    Muy buenas tus apreciaciones sobre este bello país y lo visualizado en la visita que hicieron en pocos días pero vivencias intensas. Es interesante poder disfrutar mediante la mirada del otro.

    • Flor
      Flor
      abril 15, 2016 en 12:20 pm

      Gracias Lili!!!

  • Magali
    abril 14, 2016 en 10:43 pm

    Me encantó el post!! Lo que escribís es realmente el fiel reflejo de esta cultura que con tus propios sentidos pudiste vivir. Aplausos!

    • Flor
      Flor
      abril 15, 2016 en 12:20 pm

      Muchas gracias Maga!!

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