Rusia en tren (6): lago Baikal

Rusia en tren (6): lago Baikal

Después del corto viaje desde Ulan Ude –sólo 5 horas- llegamos a la pequeña estación de Slyudyanka. El paisaje, durante la última hora de tren se veía hermoso. Al bajar cruzamos el puente hacia el otro lado, ya que la terminal está ubicada del lado del lago. La zona del centro, que de centro tiene poquísimo, queda hacia el andén opuesto. Empezamos a caminar buscando una parada de marshutkas, pero como estábamos tan cerca del  hostel que teníamos reservado, preferimos seguir el camino a pie en lugar de pararnos a esperar un minibús y terminar así tardando más.

El pueblo es basiquísimo; que las calles estén asfaltadas es una suerte, porque en algunos casos directamente son de tierra. Las casas son como las que venimos viendo en Ulan Ude; de madera y muy precarias. Lindas y coloridas a la vista, pero eso hace mucho por quienes las habitan, que seguramente no tienen un sistema de calefacción adecuado para los durísimos inviernos en los que, sin exagerar, llega a hacer 40 grados bajo cero.

Después de la larga caminata pudimos ubicar finalmente el Slyudyanka Hostel, previo a que unas babushkas que estaban sentadas en la puerta de su casa nos gritaran desde lejos unas indicaciones en ruso. Subimos al segundo piso del edificio al que nos mandaron las señoras y nos recibió Alexey, dueño del hostel junto con Ania, su mujer. Más que un hostel es realmente la casa donde vive la familia con sus dos nenes, Ivan y Albert, en la que ofrecen un cuarto con cuatro camas para los turistas que ocasionalmente visitan el pueblo. No nos sorprendió ver que en la habitación para cuatro personas estábamos sólo nosotros dos, especialmente después de ver el libro de visitas, que tiene sólo algunas páginas de firmas en siete años de actividad. El cuartito es hermoso y súper cómodo, con algunos sillones, frazadas abrigadas, una estufa por si hace frío, y la gata de la familia trepando a las camas de arriba y ronroneando como loca hasta quedarse dormida. El edificio es típico del período soviético, probablemente una stalinka, así que el interior del departamento ya nos lo podíamos imaginar desde antes de entrar. Chiquito, pero muy acogedor, y todo súper limpio. A Ania le encanta cocinar, y dentro del precio de la habitación ofrece un desayuno consistente en tortas y panqueques cocinados por ella para la familia y para los huéspedes. Ellos tienen una dacha en un pueblo cercano a Slyudyanka, y de ahí traen frutas como grosellas y arándanos con los que Ania hace mermeladas que son parte del desayuno, junto con té, café, azúcar y leche para servirse en cualquier momento del día. Me extiendo tanto en este tema, porque además de que la vida de la familia me parece muy relajada e interesante, me encanta cuando encontramos un hostel/hotel tan cómodo, cosa que se sale de la norma general del alojamiento que sirve para dormir, bañarse y punto.

El pueblo es tan tranquilo, que durante los días de fin de semana, cuando los nenes no están en el colegio, salen a jugar solitos a la calle. Ania los abriga y los despide en la puerta, y vuelven a la tarde a la casa todos sucios trayendo piedras de distintos tipos que encontraron en las montañas, o cualquier otra cosa que les haya llamado la atención. Veo la tranquilidad con la que viven acá y me dan ganas de no irme más. Se ve que la vida para ellos es el día a día, simple, sin complicaciones. Viven en una casa chiquita, sin lujos, con un arroyo y las montañas a cinco minutos, ocasionalmente reciben la compañía de los viajeros a quienes hospedan, consumen los vegetales de su huerta en la dacha. Si me dicen que no se necesita nada más en la vida, yo concuerdo.

Aprovechamos lo que quedaba de la tarde para salir a ver el Baikal, a unos 20 minutos de caminata, con sol; ya que en Rusia nos vienen tocando tantos días nublados y de lluvia, que aprendimos a lanzarnos sobre todo mágico instante soleado que aparezca durante el día. El paisaje del lago es increíblemente hermoso, aunque sufre del gran problema que tienen los rusos al momento de cuidar sus ciudades y su entorno natural: no saben tirar la basura donde corresponde. Por ende, gran parte de la orilla está bastante sucia de desperdicios plásticos; no así el agua, por suerte. Además, la zona del pueblo que linda con el lago es bastante pobre, por lo cual las personas que más cerca están de esta maravilla de la naturaleza son justamente las menos educadas para mantenerla limpia. Una lástima.

Al día siguiente fuimos a ver el Arroyo Slyudyanka, a unos 5 minutos de caminata desde nuestro hostel. El pueblo se siente increíblemente quedado en el tiempo, con vacas paseándose tranquilamente por las calles y veredas, cada tanto algún caballo. El silencio y la paz que hay en este lugar son espectaculares, lo único que se escucha es algún gallo cantando, los pajaritos, un perro que ladra, los gritos de los nenes jugando en la calle. Llegamos al arroyo y tuvimos que hacer algunas piruetas olímpicas para poder pasar al otro lado, ya que no hay ningún puente ni otra forma de cruzarlo que no sea saltando las piedritas más o menos estables, así que eso hicimos. Y yo, para ese momento, todavía con mi talón mocho, logré llegar al otro lado sin caerme. Aplausos.

Del otro lado había una familia rusa haciendo día de picnic en el arroyo, y un poco más lejos nos cruzamos con un chico que nos saludó en inglés, y nos quedamos un rato charlando con él, que de paso se notaba que quería ejercitar el idioma. Se llama Vlad, y estaba con su hermana más chica y un perrito bastante histérico, paseando al pie de la montaña mientras visitaban en el pueblo a su abuela, que tiene una casita en Slyudyanka. Vlad estudia lingüística y vive en Irkutsk, viajó un poco por Europa Mediterránea y los países de esta zona son los que más le interesa conocer; Rusia no le llama tanto la atención. Tan típico…

Dejamos que Vlad, su hermana y su perro histérico volvieran con su familia, tras lo cual quisimos escalar uno de los cerros. De nuevo, el pie no me dejó, porque aparte de tirarme donde estaba cicatrizando la herida, tenía que usar la zapatilla mal puesta, pisando sobre el talón, lo que hacía la subida muy incómoda. Optamos por quedarnos abajo y volver al pueblo para almorzar. El resto del día lo pasamos sacando fotos y caminando de nuevo por las orillas del Baikal, donde algunas familias estaban pescando.

Nuestra segunda y última jornada entera la pasamos recorriendo los pueblos de Angasolka y Kultuk. Para llegar a Angasolka nos tomamos el tren Circumbaikal, que tardó más o menos una hora en llegar. En una de las estaciones intermedias escuchamos una voz femenina que de repente pregunta a otra persona: “allá hay algún lugar libre?”. Inmediatamente los invitamos a sentarse con nosotros, eran dos hermanos uruguayos que estaban de vacaciones haciendo Rusia y Mongolia hasta Beijing en tren. Charlamos un rato pero lamentablemente tuvimos que dejarlos de improviso porque, sin saberlo (ya que las estaciones en esta ruta son el medio de la nada, algunas sin nombres y sin ningún indicador claro de una estación propiamente dicha) habíamos llegado a nuestro destino y la provodnitsa vino rápido a avisarnos que teníamos que bajarnos ahí, así que no llegamos a tiempo a pedirles su contacto de Facebook. Ellos seguían viaje hasta Port Baikal.

Bajamos en Angasolka, que era una parada literalmente en el medio de las vías, como si el tren se hubiese parado un rato a causa de algún desperfecto. La vista del Baikal hacia el lado izquierdo era espectacular, con las montañas nevadas al fondo. Hacia el lado derecho todo era montañas y bosques de pinos zurcados ocasionalmente por arroyos y pequeños cursos de agua bien cristalinos. Hicimos, a pie por las vías, el tramo Angasolka-Kultuk, que desde el tren había parecido un trayecto de diez minutos, pero que caminando nos terminó llevando como dos horas. Durante la caminata nos entretuvimos bastante sacando fotos del lago y las montañas, y de la hermosa flora que crece silvestre a los lados de los durmientes. No había peligro de encontrarnos con trenes en movimiento porque sólo dos formaciones hacen esta ruta en el día, siendo la primera la que nos dejó en Angasolka, y la última una que pasa hacia la tarde-noche.

Llegamos a Kultuk, un pueblo bien de campo, lleno de huertas, casas en las laderas de los cerros y gente vendiendo omul recién pescado del Baikal y ahumado en el momento. Todo muy muy humilde, algunos hogares también cuentan con vaca propia para el consumo de leche. Vimos lo poco que había para ver en este pueblo y estuvimos un rato bastante largo esperando la marshrutka número 101 que nos llevara de vuelta a Slyudyanka.

La mañana siguiente era nuestra partida hacia Irkutsk, para lo que no teníamos pasajes con anterioridad porque se pueden sacar directamente en la boletería antes de viajar, ya que el trayecto se hace en elektrichka, un servicio de trenes entre ciudades, siempre tratándose de tramos relativamente cortos. Slyudyanka-Irkutsk es una ruta que también se puede hacer en marshutkas de larga distancia o en los trenes de larga distancia que recorren Siberia, pero nosotros queríamos probar la elektrichka.

DSCN5750

DSCN5755

DSCN5758

DSCN5872

DSCN5885

Cuando nos levantamos, la divina de Ania nos había preparado unas medialunas con chocolate envueltas en film para llevarnos, y nos regaló unos chocolatitos también para el viaje. Al tomar la marshutka hacia la estación de trenes tuvimos la mala suerte de olvidarnos estos regalos, junto con otras cosas que teníamos preparadas para el viaje, como saquitos de té y unos cuernitos de grasa que habíamos comprado para el desayuno. Nada importante, pero una lástima.

Al llegar a la estación tuvimos problemas para encontrar la elektrichka porque en la boletería nadie habla inglés y tampoco hacen el mínimo esfuerzo para hacerse entender aunque sea en ruso. Si bien los rusos son súper amables y uno puede encontrarse con gente hermosa en el camino, los encargados de la atención al cliente tienen una actitud que es para ahorcarlos. Realmente los rusos no deberían dedicarse al customer service, tendrían que poner robots, o no sé. Nada que ver con los japoneses, que te resuelven cualquier duda que tengas y más, todo sin hablar ni una palabra de inglés. Los anuncios por el alto parlante obviamente eran todos en ruso, cero traducciones. Resultó que la elektrichka iba a salir mucho más tarde de lo que nosotros suponíamos, que según Ania era a las 8:05 de la mañana. Terminó saliendo a las 9:20. Por eso era que esperábamos y esperábamos al lado del tren con el cartel digital indicando en ruso “Slyudyanka-Irkutsk” pero nada pasaba. Era que habíamos llegado como una hora y media más temprano.

El viaje fue un poco torturante porque aparentemente no había baño, o por lo menos ningún cartel lo indicaba, y para la mitad del trayecto yo ya me estaba haciendo pis. Por suerte la provodnitsa, muy buena onda, le pidió a unos policías que se encargaban de la seguridad del tren que me habilitaran el “tualet”, que aparentemente tendría algún problema y por eso lo tenían cerrado con llave. Después de la mágica descarga de mi vejiga, y de unos 45 minutos más de tren, llegamos a la ciudad de Irkutsk.

Flor

Flor

Leave a Comment

Show Buttons
Hide Buttons