Rusia en tren (1): Vladivostok

Rusia en tren (1): Vladivostok

Llegamos a migraciones y estuvimos varados un largo tiempo, porque las filas se llenan de coreanos que se traen un millón de cajas desde Corea y las tienen que arrastrar una por una. Para mi alivio nos sellaron la entrada a Rusia sin preguntas; yo ya veía que iba a tener que explicar no sé cómo que los argentinos no necesitan visa para entrar al país, como pasó alguna de las veces anteriores que aterrizamos en Moscú. Pero todo se deslizó sin problemas, y luego nos enfrentamos al tedio de pasar nuestro equipaje por la máquina de rayos X, donde los coreanos seguían luchando con sus cajas interminables, todo frente a la atenta mirada de los oficiales rusos, que te meten miedo así no estés infringiendo ninguna ley.

Terminamos con el trámite de seguridad y fuimos al lobby de la terminal a encontrarnos con Sascha y Polina, que nos estaban esperando para salir. En el camino Polina se quedó ayudando a otro japonés que tampoco sabía cómo llegar a su hostel, así que fuimos con Sascha a tomarnos el colectivo 62 hasta la calle (en ruso, ulitsa) Krigina, donde se ubicaba el nuestro. Estos chicos parece que se hubieran entrenado con la Madre Teresa de Calcuta. Nos bajamos en la parada que indicó Sascha y fuimos con él hasta el hostel, que quedaba medio escondido y realmente nos salvó porque pudo pedir direcciones a la gente, mucho mejor de lo que yo habría podido hacerlo en mi ruso que consiste en palabras inconexas y mal pronunciadas. Finalmente pudimos dar con el See You Hostel, pero al tener la dirección mal anotada, nos costó bastante (por decirlo finamente) poder ubicar la entrada y el piso correctos. Le dijimos a Sascha que no hacía falta que se quedara, que nosotros íbamos a resolver el tema de alguna forma, ya que él también venía cansado del viaje en ferry y se había desviado en una dirección a la que no tenía que ir, sólo para ayudarnos a nosotros. Intercambiamos contactos de Facebook para avisarle cuando ya hubiéramos podido entrar, y para arreglar alguna salida al día siguiente.

Ya los dos solos, yo me quedé en la puerta de lo que presumíamos que era la entrada del hostel, mientras Martín se fue a conectar a internet desde algún punto de wifi cercano para volver a chequear la dirección. Mientras estuve sola sentada con las mochilas pasó muchísima gente que quería ayudarme pero no sabía cómo, y hasta unos chicos se ofrecieron a ayudarme a subir las mochilas, lo cual me enterneció pero igual no me iba a resolver mucho si no sabía el piso exacto al que tenía que ir. Después de mucho esperar, de casualidad pasa un señor que entendió lo que me pasaba, hizo una llamada por celular en ruso, desapareció un rato, y después volvió desde otra entrada de la serie de edificios de la cuadra con una chica que era la recepcionista del hostel. Alina, como me enteré después que se llamaba, me ayudó a llevar las mochilas al segundo piso de otro edificio distinto al que yo estaba esperando. Dejamos todas las cosas en la habitación compartida que habíamos reservado, y volví a bajar a la calle para esperar a Martín, que por su parte también llegaba con la dirección correcta después de haberse fijado en su mail las instrucciones que le mandaron al hacer la reserva.

Me encontré con él, y ahora ya sí pudimos salir a recorrer para salvar un poco el día que habíamos perdido casi entero entre llegar y perdernos. Pudimos ver un poco de la zona sur de la ciudad, donde estaba ubicado el hostel, que es una parte bastante “fea” y que parece un poco post-nuclear. Y digo fea entre comillas porque, aunque diste mucho de ser un lugar bello o atractivo, ese look devastado es parte del encanto de muchas ciudades rusas. Lo más interesante que pudimos encontrar en este barrio fue una pequeña iglesia ortodoxa pintada de verde claro llamada Kazansky Jram. Antes de volver al hostel hicimos una breve compra en el supermercado local, donde adquirimos una cena estilo alemán (pan, leberwurst y queso), y compramos también cereales, leche y galletitas para los desayunos de los siguientes días. Nos sorprendimos de lo barato de los precios (mucho más baratos de lo que yo me acordaba) y de la pobladísima góndola de los vodkas.

Ya cenando en el comedor me disponía a tipear las primeras letras de mi post inacabado sobre nuestra experiencia de couchsurfing en Corea, cuando me empieza a hablar una rusa que ahí se estaba hospedando, de paso hacia Jabárovsk para visitar a su mamá. A la charla se prendieron un chico australiano con quien ya habíamos entablado conversación en el ferry, Alina, la chica que me ayudó a nuestra llegada, e Inna, la manager del hostel. Como todos los extranjeros que visitamos Rusia, venía con la idea equivocada de que los rusos son fríos, pero de repente todos los rusos me buscaban charla y, en un futuro, me daría cuenta de que nunca iba a estar mucho tiempo sola en un lugar público sin que la gente se me acercara a hablar. Éstos chicos, todos en sus 20 y pico, hablaban muy bien inglés y algunos sabían algo de español o de algún otro idioma como chino o japonés, y sorpresivamente podían hablar muy bien sobre historia reciente y no tanto; algo que no me esperaba, porque creía que a los jóvenes no les interesaba la historia de su país, como muy frecuentemente pasa. Pero debe ser porque la historia, especialmente soviética, está muy ligada al presente ruso.

La mañana siguiente arrancamos temprano para poder recorrer lo que más pudiéramos de la ciudad. Visitamos la parte céntrica de Vladivostok, donde se ubican la terminal de ferries y la estación de tren, vimos la Plaza Bartsov Revolutsiy con su monumento a los soldados que ayudaron a poner la ciudad bajo control bolchevique, paseamos por la costanera frente a la que están “estacionados” los destructores de la flota del Pacífico rusa, vimos algunas iglesias ortodoxas, y subimos las colinas para tener una vista panorámica sobre todo Vladivostok, con su puente Golden Horn cuya parte superior siempre está tapada por la niebla en esta época del año.

DSCN4807

DSCN4828

DSCN4836

DSCN4860

A eso de las tres de la tarde nos encontramos con Sascha en un antro llamado Rock’s Bar, donde hicimos tiempo hasta encontrarnos con Polina, su novia. Mientras esperábamos, se acerca una chica desconocida a hablarnos a Martín y a mí. Era una rusa nativa de Vladivostok que nos escuchó hablar y tenía ganas de conocernos y practicar su inglés con nosotros. ¡Muy secos estos rusos!

Salimos del bar y fuimos al encuentro de Sophia, una amiga de Sacha muy buena onda que nos contó que quería viajar a Argentina para estudiar español. Ella está estudiando eco-biología y le queda un año para terminar la carrera. Anduvimos los cuatro vagando por una zona de casas abandonadas fuera de las rutas turísticas, donde entre las casitas de madera venidas abajo hay unos patios hermosos, súper verdes, tranquilos y misteriosos. A lo largo de nuestro paseo fueron sumándose y yéndose distintos amigos de Sascha que íbamos encontrando por las calles, así tal cual como en un video musical donde la gente se encuentra por casualidad, comparten un rato juntos, llegan algunos nuevos, otros se van. Muy loco todo, terminamos con un tal Iván y su novia recibida de la carrera de Medicina ese mismo día, que no hablaba nada de inglés, y un séquito de otros tres amigos que tampoco hablaban otro idioma que el ruso, subiendo a una colina llamada del Tigre, sin Sascha y sin Sophia. Para el final del día habíamos caminado más de 20 kilómetros y no podíamos más.

DSCN4869

DSCN5004

DSCN5000

DSCN4871

DSCN4954

DSCN5115

Nuestro segundo día entero en Vladivostok fue más tranquilo, lo aprovechamos para pasear un poco por las partes de la ciudad que más nos habían gustado, como una callecita muy linda llena de fuentes a la que llaman Arbat, como la de Moscú, y fuimos una última vez a la costanera (Embankment). Personalmente el centro de Vladivostok me encantó, siendo la segunda ciudad rusa que conocía hasta el momento. Arquitectura preciosa, a veces muy parecida a la de Moscú, que combina el blanco con colores pastel muy particulares, una imagen muy propia de Europa del Este. Fuentes por todas partes, mucho verde, la gente no está para nada apurada y no suele ser tan grosera con los extraños, como sí pasa en la capital del país. Cada tanto aparece por algún rinconcito una Rusia post-apocalíptica, que no se extiende más que una o dos cuadras. Por monumentos en honor a soldados rojos, nombres de calles como Kommunistischeskaya, Leninskaya o Komsomolskaya, se puede ver que a la gente le produce cierta nostalgia el recuerdo de su país en los tiempos de la URSS.

DSCN4934

DSCN4938

Infantes salvajes jugando entre los cañones y la llama votiva del Monumento al Soldado Desconocido

Al día siguiente dormimos hasta tarde, y hacia las dos salimos a tomarnos el bus 62 a la estación para canjear el ticket electrónico en la boletería, para nuestro tren a Jabárovsk que salía a las cinco de la tarde.

Flor

Flor

Leave a Comment

Show Buttons
Hide Buttons