Mi primera vez con Transilvania: el verdadero Drácula y sus castillos

Mi primera vez con Transilvania (II): la historia del verdadero Conde Drácula

Hoy son los zombies, pero durante los ’90 fueron los vampiros. Bueno, antes de los ’90 también. Y después. Podríamos ponernos un poco filosóficos y arrancar de esa fascinación casi morbosa que sentimos por las criaturas sobrenaturales la conclusión de que los vampiros representan una parte oculta de nuestra naturaleza, esa parte impulsiva y oscura que nos cuidamos de no mostrar a absolutamente nadie. Ni siquiera a nosotros mismos. Porque ya es demasiado tarde para reconocer que todavía nos queda en la sangre algún resto de nuestros primitivos instintos animales: ahora somos civilizados y racionales, construimos casas y ciudades, nos organizamos en sociedades y basamos nuestra existencia en la lógica. Pero no somos tan lógicos, después de todo, como para poder evitar emocionarnos con la fantasía, con el caso hipotético de “qué hubiese pasado si…”. En su tiempo Bram Stoker escribió muchos libros, pero por alguna razón que tiene que ver con la psicología de los lectores, Drácula fue su mayor éxito: era una historia sobre el primer modelo de vampiro de la era moderna. El vampiro de forma humana, que chupa la sangre de sus víctimas abriéndoles una herida en el cuello con los colmillos, que duerme en un ataúd lleno de tierra, que muere con la luz del sol o con una estaca de madera clavada directo en el corazón, y todas esas características que ya conocemos. Drácula es el personaje más retratado en el cine y sus variantes con otros nombres y otras formas se reversionan todo el tiempo en la literatura: Nosferatu cuando las películas todavía no tenían sonido, la versión clásica de Drácula con Bela Lugosi y las adaptaciones que vinieron más adelante, los vampiros de mentirita de la saga de Crepúsculo (mis disculpas a los fans) y Anne Rice, bueno…supongo que para esta altura ya estará indigestada de vampiros por el resto de su vida.
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Pero la verdad es que toda esta historia de vampiros y castillos solitarios en las montañas no ocurrió enteramente en la mente de Bram Stoker, sino que la realidad lo ayudó un poquito. Las crónicas de viaje de la escritora escocesa Emily Gerard con su marido alemán por Transilvania lo inspiraron a conocer más sobre esta parte del mundo que finalmente nunca llegó a visitar (yo creo que viajar por esta región tan misteriosa y aislada durante la década de 1880 debe haber sido casi como una alucinación), una cosa llevó a la otra y así terminó conociendo a Vlad Dracul Tepes. Digamos que lo conoció desde los libros, porque para entonces Vlad había muerto hacía por lo menos 400 años. Así que el escritor irlandés, a base de retazos de información dudosa e imposible de verificar (no tenían chequeado.com en el siglo XIX, pobrecitos), se hizo lo mejor que pudo una imagen del personaje y sobre esa base material fue agregando elementos y cualidades sobrenaturales.
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Vlad Dracul, el verdadero de carne y hueso, fue un príncipe nacido en el año 1431 que gobernó el centro y sur de Rumania -las regiones de Transilvania y Valaquia- a mediados del siglo XV; la época en que empezaban a llegar a Europa las primeras invasiones otomanas. En un momento tan sanguinario y cruel como la Edad Media, Vlad realmente se las arreglaba para destacar sobre los demás: sus métodos preferidos para mantener la paz en su tierra eran el empalamiento y la tortura deliberadamente prolongada de sus enemigos, tanto internos como externos. Tepes, pronunciado tsepesh, es la traducción al rumano de empalador, que es el alias que los soldados otomanos le dieron al ver las brutalidades de las que era capaz, y me imagino que los ejércitos turcos de Mehmet II no entrarían a invadir Transilvania sin un poco de miedito. En las cartas que mandaba su nombre lo escribía como Wladislaus Dragwyla: este apellido lo heredó de su padre, que pertenecía a la Orden del Dragón. Ésta era una orden de caballería que había sido fundada por un antiguo rey húngaro y que tenía por objetivo combatir la islamización que los otomanos pretendían difundir por Europa. Draco, Dragwyl, Dragwyla; el nombre finalmente devino en Drácula y así nació el linaje de los Drăculesti, que se mantuvieron en el trono de Valaquia durante casi 200 años más. La palabra drac además significa diablo en rumano, por lo que la gente campesina, iletrada y supersticiosa si lo veía como un héroe por defender a Rumania de la invasión turca, también lo miraba con igual cuota de terror. Y para empeorar un poco más la imagen diabólica de Vlad, los otomanos y los sajones andaban por los pueblos contando a todo el mundo que lo habían visto sentarse a cenar enfrente de unos 500 empalados a medio morir en su castillo, así que ya se pueden imaginar la clase de reputación que se había ganado y la cantidad de fábulas que se contaban sobre él en una época como ésta en que la superstición no tenía límites.
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Castillo de Bran (20)Las víctimas de Vlad el Empalador se cuentan entre las decenas y los cientos de miles -nadie está bien seguro y cada historiador tiene su número preferido- y dicen que llegaron a haber 20.000 cuerpos de turcos empalados en el Castillo de Targoviste, imagen de la que surgió un panfleto sajón llamado El bosque de los empalados. Los alemanes decían que Vlad Tepes empalaba a sus víctimas, hervía las cabezas en una caldera y los cuerpos los cortaba en pedacitos como un repollo; todo huele un poco a cuento, porque este señor tenía los minutos contados para repeler los ataques incesantes de los otomanos como para encima tener que sentarse a esperar que estuviera lista la sopa de cabezas. Pero lo que se dice de las torturas sí es verdad: lo hacía porque estaba ensañado con los turcos, les tenía un odio muy personal porque de joven él, su padre y su hermano fueron capturados y torturados por el ejército otomano. Vlad nunca volvió a ver a su hermano menor. Por eso es que durante su reinado fue tan duro y rencoroso, pero también era una persona justa que no toleraba la desigualdad. Un poco a lo Robin Hood, hizo todo lo que estuvo en su poder para limitar los abusos del imperio comercial que los alemanes sajones habían construido en Transilvania, especialmente en las ciudades de Brasov y Sibiu, favoreciendo el mercado de los productores locales más humildes. Los alemanes no aceptaron las nuevas políticas de buena gana, pero el tema se cerró con un empalamiento masivo de todos los sajones descontentos y ese fue el fin de la cuestión.
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Actualmente se pueden ver en Rumania algunos sitios que tuvieron que ver con Vlad Tepes, pero una parte muy grande de la historia que está tras ellos sigue sin poder aclararse por falta de información que no sobrevivió a esta época. En Sighisoara, por ejemplo, está su casa natal, ahora un gran restorán pintado de amarillo en una esquina. Y en la misma ciudad hay un edificio que antiguamente era una posada donde solía dormir cuando volvía a su pueblo natal. De todos los castillos que construyó a lo largo de Transilvania y Valaquia, el de Bran es el más visitado hoy en día, aunque Vlad realmente no vivió acá sino en Poenari, una ciudadela cercana a Brasov pero más inaccesible. El castillo de Bran había sido originalmente construido por los sajones y utilizado para defender el importante punto comercial que representaba para ellos la ciudad de Brasov, y fue más adelante que Vlad lo usó ocasionalmente como cuartel para su ejército durante las invasiones turcas. Lo interesante es que después de la muerte de Vlad el castillo fue pasando por diferentes propietarios que lo fueron ampliando y sumándole detalles propios de su época, por lo que tiene elementos de prácticamente todos los momentos de la arquitectura gótica, y muchos materiales distintos fueron agregándose desde su construcción en el año 1377 hasta la caída de la monarquía rumana en el siglo XX. El castillo de Bran, mal llamado el castillo de Drácula, hoy es uno de los lugares más visitados en toda Rumania y funciona como una casa-museo dedicada principalmente a la historia de la familia real que gobernó Rumania hasta el advenimiento del comunismo. El pequeño pueblo de Bran que se desarrolló alrededor del castillo también es muy bello, con las típicas colinas verdes y casitas de madera de estilo transilvano.
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Y como toda la información que se tiene sobre su vida, también las circunstancias de su muerte son inciertas. Algunos creen que tenía 45 años cuando fue asesinado por los otomanos con ayuda de los los líderes de otras zonas aledañas a Valaquia, que veían en el aumento de su poder una amenaza para sus propios intereses políticos. Otros sostienen distintas versiones, como que fue accidentalmente asesinado por sus propios soldados o que murió en batalla contra los turcos junto con sus colaboradores moldavos. Vlad Tepes, aunque cruel y sanguinario, fue mucho más temido en Occidente que en el Este, porque cuando los relatos llegaban al otro extremo de Europa cada persona que repetía la historia le había agregado su propio toque de fantasía. Vlad defendió a su país de la islamización, apoyó el trabajo y la producción de los trabajadores más humildes y hasta fundó Bucarest, la capital de Rumania. Fue nombrado como uno de los 100 más grandes rumanos junto con otros príncipes, poetas y filósofos, inspiró muchísimas investigaciones modernas sobre la historia medieval de Rumania, y es la figura que dio vida a los seres ficticios más famosos de la era moderna: los vampiros.
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Sobre el castillo de Bran

* Dirección: General Traian Mosoiu 24, Bran

* Precio de entrada: 35 lei

* Teléfono: +4 0268 237-700

* Días y horarios de visita: todos los lunes de 12 del mediodía a 6 de la tarde, y martes a domingos desde las 9 de la mañana hasta las 6 de la tarde. Entre octubre y marzo el cierre se corre a las 4 de la tarde.

* Correo de contacto: office@bran-castle.com

* Sitio web: www.bran-castle.com

Flor

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