De Turquía a Siria: cruzando la frontera (de los prejuicios)

De Turquía a Siria: cruzando la frontera (de los prejuicios)

Junio de 2011 nos encontró zambulléndonos nada menos que en la realidad de Siria: el diablo en forma de república; ese lugar a donde nuestras madres nos imploraban que no fuéramos, una porción de tierra donde, según CNN, se estaba desatando algo menos que el Apocalipsis. Era el comienzo del levantamiento en el país contra la dictadura de Bashar El-Assad, el bien parecido oculista que llegó al gobierno por “casualidad”, porque a su padre no le quedó otra que nombrarlo su sucesor tras la muerte de Bassel El-Assad, el hermano de Bashar, y quien realmente había sido preparado para la presidencia. Pero resultó que Bashar lo hizo bien, tiranizando el país durante casi quince años. En 2011 Siria se rebeló, protestando en contra de la dictadura, el desempleo, la corrupción y la desigualdad de derechos, lo cual desembocó en una guerra civil que continúa hasta el minuto en que estoy escribiendo estas líneas.

Lo charlamos por última vez en Moscú. Martín quería ir a toda costa; yo tenía ganas, pero no estaba tan segura. Sabíamos que no teníamos que hacer caso de las tragedias sobre las que predicaban los medios de comunicación, que siempre persiguen sus propios fines (y más cuando se trata de demonizar al Medio Oriente). Respiramos hondo y resolvimos: vamos.

Y acá empieza la aventura en Siria, uno de los países más hospitalarios que conocimos, lleno de gente hermosa, amigable y por sobre todas las cosas, auténtica.

El día comenzó en Sanliurfa, una linda ciudad en el Sudeste de Turquía que habíamos estado recorriendo durante algunos días. Salimos de nuestro modestísimo hotel (nunca me voy a olvidar del olor a humedad que tenían esas camas) y nos tomamos un dolmus, que son unas pequeñas camionetas al estilo de las marshrutkas rusas, hacia la terminal de autobuses (en turco llamada otogar). Ya en la otogar fuimos al subsuelo a buscar un minibús que nos llevara hasta la frontera; no hubo necesidad de dar muchas vueltas porque ahí mismo había uno detenido, con un cartelito que indicaba que iba hasta Akçacale, la última ciudad turca antes de Siria. Nos subimos, y por 5 liras cada uno, viajamos una media hora con el tipo gritando todo el tiempo ¡Akçacale, Akçacale!, porque en los países de Medio Oriente esto se estila mucho para levantar pasajeros. “O sea, por si no te enteraste, voy a Akçacale, ¿entendés?”

Finalmente nos deja en el puesto fronterizo: de un lado Akçacale, del otro Tel Abyad, Siria. Ni bien nos bajamos del dolmus tomamos un taxi que, según pensábamos, nos llevaría hasta la terminal de minibuses de Tel Abyad, donde seguríamos camino hacia Aleppo. Eso era si todo salía bien y sin demoras. En el taxi no entraba ni una sola persona más: éramos el chofer con Martín a su lado, y yo atrás, acompañada de dos tipos turcos, uno de traje y el otro con una túnica y un turbante en la cabeza, muy a lo nómada del desierto. Llegamos al más que humilde puesto de migraciones turco, y el oficial que chequea nuestros pasaportes, y que probablemente jamás había visto a un argentino en su vida, se toma silenciosamente su tiempo para buscar en su sistema mientras nosotros lo espiábamos, cómo debía verse un pasaporte argentino. Observamos claramente cómo abría la imagen en jpg y la estudiaba un ratito para luego sellarnos la salida.

Volvimos a subirnos al taxi, pero uno de los episodios más graciosos, interesantes y extraños de nuestra carrera viajerística, hizo que tuviéramos que abandonar a nuestros compañeros de viaje para quedarnos durante más tiempo que el estipulado en la frontera siria.

En migraciones de Siria nos sellan la entrada y hasta ahí todo bien, pero el problema llega cuando nos revisan las mochilas un poco más adelante. Mientras revolvían todo lo que teníamos, yo miraba con cierta inquietud el retrato gigante de Bashar El-Assad en todo su esplendor, con la bandera siria flameando victoriosa en el fondo. Como Hitler, como Stalin: el culto a la personalidad indica que algo no está nada, nada bien; y da miedo. En eso le encuentran a Martín la laptop, y el oficial encargado del chequeo nos indica que no puede dejarnos pasar con dicho objeto electrónico, claramente por miedo a que fuéramos periodistas encubiertos, o a que nos fuésemos a dedicar a infiltrar ideas maliciosas sobre libertad en la mente de la manipulada población. Imagino que si hubiéramos tenido un ejemplar de Rebelión en la granja o 1984 en la mochila, como mínimo nos lo habrían confiscado.

Tuvimos que quedarnos en la frontera durante varias horas, pujando amablemente porque nos dejaran pasar la laptop, aplicando, sin saberlo, algunas buenas estrategias psicológicas que nos terminaron ayudando. Un poco vencidos por la negativa a entrar, pero dispuestos a esperar a que de alguna forma mágica se nos resolviera la situación, notamos que el oficial en cuestión estaba tomando mate junto con otro compañero. ¡MATE! Nunca habíamos imaginado que en Siria se tomaba mate, pero así es. Lo toman en unos vasitos de vidrio como si fueran shots de tequila, los llenan con yerba y les tiran agua hirviendo a lo bruto (un no-no en la etiqueta del mate, según Martín). Después pudimos comprobar que la yerba era marca Andresito, importada de Corrientes. Martín se les acerca, les muestra el pasaporte que dice Argentina, y les señala el mate, indicando que también es un producto argentino. El ambiente cambia por completo, y nos hacen una fiesta como si hubiéramos plantado la bandera siria en la Luna. Al rato llega el jefe, con un bigotito bien peinado y de traje gris, y se une a la celebración. Todo el tiempo nos decía “welcome, my sister” y “welcome, my friend”. Todavía no nos dejaban pasar la laptop, pero mientras tanto la estábamos pasando bien, en medio de una situación que ni siquiera nos habíamos imaginado que podría llegar a suceder cuando estábamos aún planeando nuestro cruce fronterizo en Turquía.

Mientras charlábamos amigablemente, los dos subordinados y el jefe hacían sus gestiones con alguien de “más arriba” para ver si nos podían dejar pasar. Ellos querían que pudiésemos entrar con todas nuestras cosas, pero por el momento el protocolo lo prohibía. Nos pidieron abrir la laptop para mostrarles que no había nada raro ni que comprometiera en alguna forma sus intereses, así que accedimos a encender el aparato y que los oficiales husmearan un poco. Le pidieron a Martín abrir una carpeta de fotos de Florencia, y señalaron una foto en particular al azar para ver de qué se trataba. Como la computadora era media lenta, no pudimos ver cuál era; sólo veíamos el iconito predeterminado de imagen de Windows. De entre decenas de álbumes de otras ciudades italianas y cientos de fotos de Florencia, JUSTO tuvieron que elegir la foto de una SINAGOGA. ¡Nos queríamos morir! Pero nos dimos cuenta de que a ellos les habría parecido un edificio cualquiera, porque la foto era del exterior y no había ningún símbolo polémico a la vista, así que saltamos unas cuantas fotos más adelante y seguimos, más aliviados, admirando imágenes de las ciudades europeas con el corazón todavía en la boca.

Luego de algunas negociaciones para nosotros desconocidas, lo invitan a Martín a subir a la oficina del jefe de los jefes, donde hizo una actuación digna del Oscar negado a Di Caprio, con lágrimas y todo. Mientras tanto yo estaba abajo con los dos subordinados, que me ofrecían chicle y me recomendaban gustos de helado de la mejor heladería de Damasco (si lográbamos pasar).

Al rato baja Martín con todo solucionado como por arte de magia: el permiso para ingresar a Siria con la laptop, con una anotación en el pasaporte aclarando que estábamos portando dicho dispositivo, por si alguien nos revisaba en un futuro. Felices, nos despedimos de nuestros amigos y nos tomamos nuevamente otro taxi para ir a la estación de minibuses de Tel Abyad; lo mismo que nos disponíamos a hacer al pasar migraciones, solo que ahora teníamos encima varias horas de demora, algunos chequeos burocráticos y dos o tres recomendaciones de sabores de helados.

Le pagamos al taxi 5 liras turcas y nos bajamos en la “terminal”, que era un predio como arrasado por una bomba atómica. Todo era de un uniforme color arena, y al fondo se extendía una aldeíta con unas cuantas casas desvencijadas. Una bandera siria toda sucia y hecha jirones flameaba sobre una de las casitas; una imagen que siempre me viene a la mente cuando pienso en mi visita a este país. Más lejos, un tipo desplegaba su alfombrita portátil y se agachaba para rezar.

Nos subimos al minibús que nos llevaría hasta un pueblo llamado El-Arab, ya que ningún vehículo hacía el trayecto directo a Aleppo porque era demasiado lejos. El calor adentro de la camionetita era terrible, y como siempre la música pop árabe sonaba a todo volumen. Durante el viaje conocimos a un chico que se llamaba Ali, muy dulce y respetuoso, que nos contó que estaba terminando de estudiar en la universidad y que su novia vivía en una ciudad siria llamada Deera. No hablaba mucho inglés, pero igual nos entendimos perfecto. Nos pidió nuestros mails y nos dijo que quería seguir en contacto con nosotros, aunque nunca nos agregó.

Al llegar a El-Arab Ali nos ayudó a conseguir transporte hasta Aleppo, y fuimos invitados a pasar a la oficina de un señor que parecía alguna autoridad de la terminal de buses del lugar. También buscaba hacernos sentir cómodos diciéndonos “welcome, my friends, welcome!”. Nos preparó un té de jengibre y después nos hizo probar un café turco recontra concentrado en unas tacitas trabajadas en cobre, que más tenía gusto a chocolate que otra cosa. Nos revisó los pasaportes y nos hizo subir al minibús que nos llevaría a Aleppo, discutiendo más tarde con el chofer porque supuestamente nos había querido cobrar demás por las mochilas. Ya eran las tres de la tarde y no habíamos ni siquiera desayunado; yo, que amo y necesito comer, ya estaba a punto de morirme, pero no veíamos kioscos ni almacenes por ningún lado así que solo restaba esperar.  Después de un viaje de dos o tres horas llegamos finalmente a Aleppo, muertos de hambre, sed y ganas de hacer pis.

Todo el viaje, desde la mañana hasta la llegada, no fue sino una muestra tras otra de la amabilidad siria de que seríamos testigos durante toda nuestra estadía en el país.

Ojalá Siria pueda terminar de resolver lo más pronto posible y de la forma menos violenta, los males sociales y políticos que la aquejan. Me muero por volver para visitar las ciudades que ya conozco y otras por conocer, me encantaron sus calles llenísimas de historia y de tradiciones y costumbres, las ricas comidas, fumar shisha en bares donde los hombres juegan al backgammon, los olores de las especias en los zocos. Me muero por volver a escuchar a los nenes que me saludan con la única palabra en inglés que conocen, “hello”, y por encontrarme con sonrisas y ojos luminosos que me invitan a tomar el té, charlando sin necesidad de hablar.

Aleppo (58)

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Aleppo (54)

Flor

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