Vegetarianismo for dummies

Vegetarianismo for dummies

Es hora de discutir el vegetarianismo con altura. Con altura, con moderación y con argumentos, que son tres cosas que le hacen demasiada falta al debate sobre este tema. En internet como en la vida real (porque ambas son cosas muy distintas) hay mucha gente que se pregunta sobre el vegetarianismo (¿comen solo vegetales? ¿por qué lo hacen?) pero tal vez no encuentran respuestas claras y desprovistas de ese fanatismo casi religioso que suele acompañar a las convicciones y a las revelaciones. La información que se encuentra en internet, especialmente en los debates en redes sociales, es en general del tipo divisorio entre carnívoros disfrutadores del asado y de la vida versus vegetarianos iluminados y aleccionadores. Y tenemos que encontrar un punto medio porque todos hemos comido carne alguna vez en la vida. ¿Escucharon, vegetarianos y veganos? Todos comimos carne alguna vez, salvo que hayamos nacido de padres o muy conscientes o muy hippies, y ese generalmente no es el caso. Yo comía carne hasta hace un poco más de medio año, aunque durante el último tiempo lo hice con cierta sensación de culpa.
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Laburo todo el día y cuando salgo del trabajo, después de una hora de tren -que viene hasta la manija- me quiero clavar un sanguich de milanesa. Estoy a mil con un montón de cosas que tengo que hacer en el día y no tengo tiempo de ponerme a cocinar hamburguesas de garbanzos con una guarnición de tabuleh. Cualquiera que se encuentre excusándose de esta forma tiene razón. El ritmo de vida de hoy nos agota, no tenemos tiempo para pensar en nada. No tenemos tiempo para pensar en nadie. No tenemos tiempo para pensar. Reconozcamos entonces que nosotros estamos abajo de quien nos explota y a la vez explotamos a los que tenemos abajo. ¿No nos convierte eso, en cierta manera, en unos cobardes? ¿No nos hace eso completamente funcionales al sistema que dispone el juego de esta forma y pretende que todos lo juguemos sin cuestionamientos? Tal vez ya sería momento de darnos cuenta de que estamos viviendo una vida demasiado fría, mecánica y desconsiderada, ocupándonos únicamente de nosotros mismos y de superar al de al lado, que no nos deja espacio para ver en el otro a un ser vivo con sentimientos como los míos propios, que no nos deja ver que la vida de cualquier otro ser vivo tiene tanto valor como la mía propia. (Esto me recuerda a una pregunta que hace poco me hicieron sobre un post que subí con un presupuesto para estar de viaje por Europa largo tiempo y alguien me escribió: ¿90 días de viaje? ¿y cuándo trabajamos? Otra forma de decir “no tengo tiempo para disfrutar de la vida, tengo que trabajar”).
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Pero los leones de la sabana africana comen carne y la actitud de ellos, que matan y devoran salvajemente a su presa, no la desaprobás. No, porque entre los leones de la sabana africana y nosotros hay un abismo de diferencias fisiológicas. Además el león mata para comer al instante, no se monta toda una industria ganadera que, además de explotar a millones de otros animales, contamina el agua, el suelo y el aire irreversiblemente, ni lanza campañas publicitarias millonarias predicando sobre los beneficios de su producto para impulsar las ventas de esa industria mientras le lava el cerebro a toda la sabana propagando un modelo de cadena nutricional completamente distorsionada en pos de perpetuar sus intereses económicos. Ni tampoco le agrega químicos nocivos a la carne para hacerla ver más roja y apetecible (químicos que el cuerpo no sabe cómo deshechar -somos organismos imperfectos, no máquinas-) porque el león no compra la carne en el supermercado. Es decir, el león no necesita, como nosotros, ser tentado a consumir cosas embellecidas por los filtros tramposos del márketing.
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¿Y la gente del campo que mata a sus propios animales para comerlos? ¿De ellos qué decís? Creo que cualquier persona que se involucre íntimamente con la muerte de un animal merece mucho más que nosotros tener carne en un plato para la cena. Y no desde un punto de vista moral: en ese sentido esa persona tendrá que cargar con la muerte de otro ser vivo, pero depende de la sensibilidad que él o ella tenga frente a esa muerte. Finalmente él o ella también podría ser víctima de una persona que lo o la matara sin ningún peso de consciencia, y así como colectivo humano no vamos hacia un destino demasiado saludable (pero lamentablemente en la realidad sucede tal cual sin que lo pensemos con tanta profundidad: nos matamos en guerras, matamos al de arriba, matamos al de abajo, y todo nos parece natural. Hemos convertido el matar a otro en una transacción). Nosotros, de viaje por las islas del Pacífico, una vez vimos cómo le ataban las patas a un cerdo, se lo cargaban entre dos o tres hombres al hombro (no sé cómo, con los mil kilos que parecía pesar) y se lo llevaban directo a matarlo. Verlo fue un horror, pero me parece que esas personas merecen mucho más poner a ese cerdo en los platos de toda la aldea que cualquiera de nosotros, que cómodamente compramos en el supermercado o en la carnicería un animal que alguien más se encargó de convertir en carne. Tanto ese alguien más como el animal no tienen rostro, no tienen una historia, no tienen nada: son simplemente un engranaje más en una maquinaria que al final nos subyuga a todos por igual. Y como todo en este tiempo, el proceso de convertir una cosa en cualquier otra cosa es completamente ajeno a nosotros. Porque no, nosotros no tenemos tiempo ni ganas de mover un dedo para nada: recibimos todo en bandejas, en cajas, en paquetes, en latas; todo 100% listo para consumir con 0% de esfuerzo.
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Ahora bien: cerremos el aspecto filosófico-moral de la cuestión y vayamos al grano: la fisiología y el entorno ambiental del ser humano de hoy. No del de hace 50.000 años, del de hoy:
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¿Tenemos actualmente una verdadera necesidad nutricional de carne?

Es verdad que la carne nos ha ayudado muchísimo a llegar a nuestro estadio evolutivo actual. No seríamos lo que somos a nivel intelectual y social si no hubiese sido por la carne. Matar una presa con ayuda de otros nos asistió en el desarrollo del lenguaje, el bipedismo, la camaradería y otras varias habilidades sociales primitivas, y el consumo de proteínas y grasas contribuyó a las condiciones intelectuales y orgánicas para que esas habilidades pudieran continuar desarrollándose. Pero no podemos decir que nuestra realidad desde la infancia paleolítica hasta el día de hoy se haya mantenido sin cambios. Ahora podemos pensar en la carne como en las rueditas de una bicicleta: durante la niñez las rueditas son un impulso del que podremos prescindir en el futuro. Así nosotros, en nuestro futuro colectivo del género humano que ya es hoy, podemos prescindir de la carne en favor de las proteínas y nutrientes de origen vegetal: mediante los granos, las legumbres, las semillas, los frutos secos, las frutas y las verduras. Hay vegetarianos e incluso veganos que se alimentan de porquerías porque su razón para rechazar la carne es solamente moral, pero los que quieren comer bien para cuidar su salud se ven casi forzados a diversificar su dieta y alimentarse más saludablemente cambiando, por ejemplo, las grasas saturadas e hidrogenadas que aumentan el colesterol por grasas monoinstauradas y poliinsaturadas, que contribuyen a reducir los triglicéridos, la presión arterial, y la acumulación de placa en las arterias.

(¿Qué? ¿Que los vegetarianos y veganos tienen una salud más deficiente porque no llegan a reemplazar con ningún otro alimento los nutrientes que aporta la carne? No me vengan con eso porque no me lo tomo en serio. ¿Acaso no estamos todo el tiempo, vegetarianos y no vegetarianos, sacrificando en el altar de la vida moderna una gran parte de nuestra salud mental y física? ¿No nos exponemos todos constantemente al estrés, a la preocupación, la depresión, la pérdida de nuestra sensibilidad, el tabaco, la contaminación, los químicos nocivos presentes en casi todo lo que comemos, el consumo innecesario e irresponsable de fármacos, la alimentación fuera de balance basada más en la comida rica y en los alimentos más económicamente viables que en los valores nutricionales de lo que ingerimos?)
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Entonces, ¿qué hay en la carne que comemos?

Básicamente un cóctel de pesticidas, antibióticos, hormonas sintéticas y bacterias. Muchos de los fármacos suministrados a los animales para prevenir enfermedades bajo pobres condiciones de vida o para acelerar el metabolismo y el crecimiento no son aptos para consumo humano, pero sin embargo van a parar a nuestro plato de una forma u otra. Ante todas estas drogas las bacterias no mueren, sino que mutan y se adaptan, por lo que continúan presentes en la carne. Más adelante se agregan, especialmente a las salchichas y a los fiambres, algunos preservantes como por ejemplo el nitrito de sodio. El nitrito de sodio es un químico que aporta su coloración rojiza a las carnes, pero luego de procesado por nuestro sistema digestivo y una vez en el torrente sanguíneo puede dañar las células y volverlas potencialmente cancerígenas. Es natural que nuestro cuerpo no sepa manejar la síntesis que hace de esos compuestos fabricados, ya que este nitrito es en realidad nitrato sódico que se hace oxidar con plomo para cambiar su estructura molecular. Un verdadero veneno, ¿no? Para pensarlo antes de comerse el próximo pancho.
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Intestinos largos, dientes inofensivos, uñas débiles

El naturalista francés Georges Cuvier, padre de la paleontología y la anatomía comparada, se refirió en sus investigaciones durante el siglo XVIII a un ser humano primitivo “más emparentado con los frugívoros que con los carnívoros”. Señaló, además, que nuestro consumo de carne moderno es sólo luego de un proceso de cocción y de condimentación, lo cual indicaría que hoy por hoy somos carnívoros porque tenemos la tecnología para ajustar la carne a nuestros gustos, pero no por una necesidad biológica o porque respondamos a una naturaleza esencialmente carnívora (después de todo, ¿no vinimos nosotros antes que la lanza y el fuego que nos permitieron cazar y cocinar a las presas?). Planteó además una serie de pautas que nos ubican en el bando de los herbívoros: no sudamos por la boca, no tenemos garras ni dientes frontales afilados, el ácido clorhídrico de nuestro estómago es 20 veces menos potente que el de un animal carnívoro, nuestra saliva no es ácida sino alcalina, y no tragamos nuestra comida en pedazos sino que la masticamos. Nuestro intestino es muy largo, apto para el consumo de cereales y frutas que tardan poco tiempo en descomponerse. Por eso excretamos los residuos de nuestro alimento entre las 4 y las 8 horas luego de la ingestión, a diferencia de los carnívoros que lo hacen luego de 2 o 3 horas porque la comida que ingieren se procesa más rápido: su intestino es corto para evitar la descomposición de la carne antes de que salga del organismo.
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El costo ambiental y social de la industria ganadera

Que la producción de alimentos animales está teniendo una repercusión negativa visible en el ambiente no es ninguna novedad. El costo de sostener una industria así es muy grande: se cultivan más cereales para alimentar al ganado que para alimentar a los seres humanos, y para producir cierto peso en carne se necesita casi el doble de grano que se destina a los caprichos de nuestro paladar en lugar de servir a una función útil entre las personas que verdaderamente necesitan comer. Se deforesta para crear más terrenos de pastoreo. Sin hablar de la cantidad de agua que se extrae de los acuíferos para el ganado, el impacto ambiental que acarrea mantener la máquina ganadera funcionando constantemente en términos de gasto de energías eléctrica y fósil no renovable, y de los gases invernaderos que emiten las heces de las vacas, que aportan lo suyo al calentamiento global.

 


¿Significa todo esto que nos deja de gustar la carne?

No necesariamente. Yo jamás he disfrutado del asado y nunca hubiese elegido comerme un churrasco, pero sí por ejemplo me encantaban las hamburguesas. Y ahora cuando me veo frente a una hamburguesa, pienso, sí, qué rico. Pero elijo no consumirla porque sé que es producto del sufrimiento de un animal que es alguien que siente como yo, que su vida vale igual que la mía, porque puedo pensar y porque no me considero sin responsabilidad. Todos podemos razonar frente a lo que no estamos de acuerdo y rechazarlo si va en contra de nuestros principios.
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Ser vegetariano es una decisión que va madurando con el tiempo. Tal vez te topaste con un documental que te mostró más de lo que necesitabas saber, leíste algo en internet que te generó curiosidad o quizás un amigo vegetariano te clavó un argumento en un lugar que te dolió y como una espina persistente no te lo pudiste sacar. El tema te empezó a dar vueltas en la cabeza, empezaste a investigar y la carne adquiría un sabor a culpa cada vez más intenso, ya no era lo mismo comer un asado o una hamburguesa. Te cuestionaste ciertos valores, algo nació adentro tuyo, dejaste de comer carne de todo tipo, empezaste a hacer experimentos en la cocina. Tal vez el vegetarianismo haya sido para vos el comienzo de una serie de cambios: puede que tu visión sobre la alimentación te haya llevado a tener una mayor conciencia sobre el ambiente, sobre tu propio cuerpo y hasta sobre otros temas que nada tienen que ver con la carne. Te diste cuenta de que los que tienen la plata y los medios de producción te mienten para seguir generando plata a costa de tu salud, te diste cuenta de que toda industria que vende masivamente miente. No descubriste nada nuevo: de esto ya se viene hablando en la filosofía contemporánea desde mínimo el boom del fordismo. Pero llegaste a una conclusión, advertiste la falla y decidiste actuar en consecuencia. Asumiste tu responsabilidad: no sos ajeno a los problemas del mundo. Resolviste que ya no querías ser más parte de esa explotación, de esa mentira. ¡Felicitaciones! Así, de a pequeños pasos, es como traemos el cambio que el planeta necesita.
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Si te quedaste con ganas de leer/ver más:

Dimensión Vegana
Porciones de alimentos recomendadas por día
Dónde encontrar proteínas de origen vegetal
¿Qué es el veganismo?
¿Qué es el frugivorismo?
La pirámide nutricional vegana
La dieta del 80/10/10

Flor

Flor

2 comentarios

  • Flor
    mayo 9, 2016 en 5:34 pm

    Me gustó mucho la primera parte! yo no soy vegetariana y siempre encuentro la barrera que se plantea de ambos lados como algo ilógico… aplaudo mil veces que haya gente que note que el mayor problema de comer carne es el sistema que mata muchísimas veces más de lo que se necesita para alimentar a todo el planeta (y así y todo no todos pueden acceder).
    El tema biológico, del cuerpo humano, me lo salteo porque no la tengo clara 😛 y prefiero no opinar…. pero el tema ecológico me parece super importante e interesante! No debemos olvidarnos que incluso las verduras, frutas, legumbres, cereales, etc vienen contaminadas con pesticidas, nacen de semillas modificadas con extraños procesos químicos para que se vean más lindas, grandes y sabrosas. ¡Volvemos a lo anterior, el problema es el sistema!
    Creo que no se puede dar un debate por estos medios pero que siempre es bueno leer otros puntos de vista. Abrazo!

    • Flor
      Flor
      mayo 9, 2016 en 5:59 pm

      Totalmente Flor, nosotros veíamos las frutas en los supermercados de Nueva Zelanda, era para sacarles una foto de lo lindas que se veían. Siempre es mejor el mercado local y favorecer a los pequeños productores que usan semillas naturales y no genéticamente modificadas, aunque eso está cada vez más difícil porque prevalecen las otras. Pero concuerdo: el problema es el sistema que lo pervierte todo. Un besazo Flor!

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