Venecia para escaparse

Venecia para escaparse

Estando de viaje hay varias cosas que me pueden sacar de mis casillas -una larga lista de cosas- pero creo que la peor, la más molesta de todas tiene que ser el aglomeramiento de multitudes. Un amontonamiento de gente en el mismo lugar, a la misma hora para ver la misma cosa es algo que me pone verdaderamente de mal humor. “¿Y por qué viajás a Venecia entonces?” Buena pregunta. Porque me gusta Venecia. Porque no podemos dejar que el turismo masivo nos deje sin Venecia.

Lo que tenemos a favor: a) Venecia tiene muy buenos secretos guardados, y b) el 95% por ciento de los turistas, en grupo o solos, suele recorrer casi únicamente los caminos transitados por el resto de turistas que conforman ese 95%. Y ojo; no estoy diciendo que ser un turista esté mal, sino que lo que me parece aburrido es el hecho de visitar robóticamente todas las cosas que dice Lonely Planet o la guía de viajes de turno, cual lista de compras de la que se tachan ítems, sin experimentarlas realmente a un nivel profundo o sin la posibilidad de disponer de quince minutos para frenar delante de ese edificio o ese fragmento de historia y pensarlo, absorberlo con los ojos, internalizarlo. Me parece que un viaje con una mente ausente es un viaje a medias, un viaje solamente físico que deja pocas huellas verdaderas.

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Pero volviendo a los secretos de Venecia, es sorprendente la cantidad de lugares casi vírgenes que se pueden encontrar con sólo alejarse un poco del Puente de Rialto y de la Piazza San Marco. No es que nosotros nos hayamos tenido que abrir paso a machetazos entre junglas venecianas y góndolas abandonadas, pero sí nos hemos encontrado con calles casi vacías interrumpidas ocasionalmente por el tránsito de señoras con sus carritos de las compras, o también estaban los vecinos paseando a sus perros por el Parco delle Rimembranze, totalmente ajenos a la estampida -a menos de cinco kilómetros de distancia- de mil visitantes que recorren una de las ciudades más turísticas del mundo. Todavía hay esperanza.

Se decidió que nuestra fuga sería en dirección al este. Pasando el Puente de los Suspiros notamos cómo iba decayendo poco a poco la circulación desaforada de masas; ya pocos vendedores se aventuraban a pregonar las bondades de sus palitos para selfie tan lejos del núcleo de la ciudad. Fuimos cruzando varios puentes menos y menos concurridos, caminamos por la Calle della Vida y la Calle della Morte (Venecia entiende de ciclos), entramos a un jardín con una estatua de Giuseppe Garibaldi y fuimos a dar con un laberinto de departamentos bajos llenos de ropa colgada de balcón a balcón sobre nuestras cabezas. Descubrimos la sede de un partido comunista donde un grupo de viejitos discutía el papel de la policía italiana en una sala de estar con las paredes llenas de fragmentos de poesía latinoamericana. También le hicimos un book fotográfico a un gato que se lavaba acostado en plena calle peatonal sin molestarse ante nada. Llegamos hasta una pequeña marina llena de veleros atracados y volvimos lentamente de nuevo hacia el ruido del centro, escapando rápidamente hacia el Gueto de Venecia, el barrio judío que tanto nos había gustado cuando vinimos por primera vez hace unos años. Nos quedamos participando -en calidad de observadores- del juego de unos nenes que le tiraban una pelota de tenis a un perrito schnauzer que la corría desesperadamente mientras ellos peloteaban contra las paredes de las casas con altas posibilidades de darle con todo a algún farol o ventana, toda la situación en medio de una gran piazza en la que desembocaban algunas calles y dos puentes.

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En Venecia recomendamos…

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Flor

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