Viaje psicodélico por Ámsterdam: ¿coffeeshop o smartshop?

Viaje psicodélico por Ámsterdam: ¿coffeeshop o smartshop?

Esa tarde me fui al Vondelpark con más nervios que decisión. Sola, en Ámsterdam, a probar la primera dosis de mi vida de hongos alucinógenos. Atlantis era el nombre de fantasía de esos botoncitos marrones, parecidos a gomitas de borrar añejas, que compramos con Martín a muy poco de llegar a la ciudad. Me tiré en el pasto, me puse a escuchar música y mastiqué cada uno de los “cuidadosamente” calculados cinco gramos de hongos que me había llevado de la cajita de veinte gramos. Cerca mío había una chica haciendo figuras con un aro de hula hula, un grupo de amigos en ronda sentados en el pasto y algunas parejas por acá y allá mirando el lago. “Están todos drogados” atiné a pensar mientras me preguntaba en qué momento empezaría yo misma a sentir los efectos de mis trufas mágicas. Los primeros cuarenta o cincuenta minutos desde que consumís un enteógeno me parecen casi tan emocionantes como el pico: estás completamente expectante, alerta a todos los colores y movimientos a tu alrededor para no perderte ese primer sonido que es un poco forma, esa primera estela que dejó una mano supersónica al pasar frente a tus ojos. Y de repente, sin aviso previo y como si hubieses entrado y salido por un túnel invisible en menos de una fracción de segundo, ¡pum! Ya estás en otra dimensión, una muy parecida a la de todos los días pero leve aunque muy perceptiblemente distinta. El high de los hongos es bastante similar al del LSD pero un poco más puro, suave y, en mi experiencia, menos estimulante físicamente. De ninguna forma creo que los efectos de las “drogas” psicoactivas sean una proyección de la mente, sino más bien un descorrimiento del velo a través del que vemos la realidad, segmentada y simplificada por nuestra mente a falta de herramientas más refinadas para procesar los estímulos externos. Sobrios se nos escapa más de medio mundo.
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Los hongos los compramos uno de los primeros días que llegamos a Ámsterdam en un smartshop. Los smartshops son esos localcitos de Ámsterdam que venden souvenirs, a veces ropa, una lista interminable de productos canábicos que no pegan porque no contienen THC y son perfectamente seguros para llevar en un vuelo, implementos para cultivar y fumar marihuana (bongs, pipas, picadores), semillas, pastillitas (Happy Caps; no confundir con éxtasis) dudosamente psicotrópicas, y entre otras cosas hongos alucinógenos, llamados en inglés truffles. Generalmente se venden trufas de cinco o seis variedades distintas de psilocibina, que es su principal componente psicoactivo. Vas a encontrar psilocybe tampanensis, psilocybe mexicana, psilocybe galendoii y otras más: cada variedad tiene distintos efectos corporales, visuales y mentales, así que está bueno hacer una pequeña investigación previa para saber qué esperar de la experiencia.
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¿Qué recomiendo para un buen viaje de hongos? Hacerlo durante el día en un parque o en un lugar abierto y en lo posible natural, con compañía conocida y en un ambiente positivo. Llevate una botellita de agua para hidratarte y comé algo liviano antes de consumirlos. Si te sentís triste por algo, si no te sentís cómoda/o con las sustancias psicoactivas o si estás con gente desconocida, no lo hagas. Saber cómo drogarte también es una responsabilidad, y si te manejás inconscientemente respecto de algo tan sensible como la alteración de tu realidad puede que incluso termines teniendo un mal viaje. Pensá que mientras estés bajo el efecto de los hongos te vas a sentir múltiples veces más sensible a todo lo que está a tu alrededor, y que tu humor puede fluctuar bastante en el espacio de tan solo media hora. Tal vez quieras llorar, tal vez quieras moverte mucho o hablar hasta por los codos, reírte, escuchar música, bailar o no decir nada de nada y quedarte en silencio. Todo eso es normal cuando caen las barreras de tus inhibiciones autoimpuestas. Los hongos son una experiencia maravillosa pero hay que tener la mente lista para afrontar la disolución de fronteras sin miedo.
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Por otro lado, los coffeeshops están enteramente abocados al consumo de marihuana, aunque claro que podés ir solamente a tomar un café, comer un brownie normal y samplear la onda del lugar. En Ámsterdam, consumir marihuana es legal dentro de un coffeeshop. Mucha gente fuma también en la calle, en sus casas o en el parque y está todo bien, pero técnicamente es ilegal. Cuando llegás al coffeeshop tenés un menú donde podés ver las delicias canábicas y las delicias sobrias, y podés optar por fumar distintas variedades de marihuana o consumirla en brownies y tortas dulces. Mucho cuidado con ésto último, porque el THC que se ingiere tiene un efecto mucho más lento y potente que por vía respiratoria. También es importante que elijas un coffeeshop donde te sientas a gusto y en lo posible no haya mucho ruido que pueda perturbar tu viaje. Si vas a comer brownies, andá despacio y esperá a sentir el efecto. Es mucho mejor que comer demasiado de entrada y después arrepentirte porque te pasaste de rosca. Si vas a fumar, acordate de que la marihuana de los Países Bajos es más fuerte que cualquier flor que hayas podido fumar en Buenos Aires, así que empezá con dos o tres pitadas.
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Si estás teniendo un mal viaje o si temés pasarte con la marihuana o los hongos, no es una mala idea que compres algunas tabletas de trip-stoppers en un smartshop: son unas pastillitas de dextrosa concentrada, básicamente azúcar que la sangre absorbe rápido y ayuda a que los efectos de la droga tarden menos en desaparecer. El paquete también trae unas cápsulas de valeriana, una hierba sedante para calmar los nervios.

Flor

Flor

2 comentarios

  • Arturo
    Marzo 26, 2017 en 10:47 pm

    Mirenme, soy re drogona. Mirenmeeeeee

    • Flor
      Flor
      Marzo 26, 2017 en 11:56 pm

      Te felicito por animarte a proyectar tus frustraciones! Aquí está tu galletita 🙂

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