Últimos días en Australia

Últimos días en Australia

La noticia de que nuestro contrato se terminaba repentinamente nos sorprendió, pero sólo hasta cierto punto. Ya sabíamos por experiencia que en Australia las relaciones se plantean de esa forma para los empleados temporales: de un día para el otro ya no te necesitan más, o tu empleador te comunica a última hora algo que viene pensando desde hace tiempo respecto de tu situación laboral, sin hacerte partícipe en ningún momento de algo que a vos te concierne plenamente. Se da de esta forma porque generalmente quienes van a buscar trabajo con la Working Holiday van justamente con este propósito; el de trabajar y viajar. Para nosotros, argentinos, la cosa es distinta. Nosotros vamos con el objetivo de ahorrar todo lo que se pueda, y por eso el fin de un contrato siempre nos cae como algo negativo. Porque es nuestra oportunidad de hacer el capital fuerte que nuestro país no nos da la posibilidad de hacer.

Pero aunque los managers en muchos casos sean una basura, tenemos que ver el lado positivo de nuestra experiencia, y es que, en nuestro caso al menos, pudimos ahorrar mucha plata que nos va a servir de colchón en el futuro. Y eso sólo por el lado económico. Aprendimos un montón de cosas que de otra forma no habríamos aprendido, y no hablo sólo de conceptos abstractos como crecer a nivel personal, sino de cosas más inmediatas. En Buenos Aires yo nunca habría hecho nada que significara un esfuerzo físico, y difícilmente podría haber sido útil en un laburo que no fuera estar sentada todo el día frente a una computadora. Jamás había limpiado ni mi cuarto más que por obligación, y en Australia aprendí a los golpes todas esas cosas prácticas que necesitás saber cuando tenés que valerte por vos mismo. Nunca había tenido que verme frente a la adversidad de comunicarme sí o sí con gente en otro idioma, o hacer trámites en otro idioma, tener entrevistas laborales que no fueran en castellano, nunca había cocinado más que cupcakes por diversión, nunca había tenido que hacer trabajos que requirieran de resistencia física y nunca me había levantado a las 6 de la mañana para ir a trabajar.

Se me hace que si tuviera que volver a vivir y trabajar en Argentina, todo lo que antes me generaba nervios o me parecía difícil, sería ahora de lo más simple. Piquetes, trenes y colectivos con demoras y manifestaciones en Capital dejados a un lado, el solo hecho de entrar a trabajar a un lugar nuevo y que te expliquen todo en castellano y que puedas entender todo lo que te dicen y no sólo la mitad de las cosas, y que al mismo tiempo puedas lidiar con situaciones difíciles, como un despido injusto, sin tener que luchar por encontrar las palabras justas o por explicarte coherentemente, es algo que no tiene precio. Pero entonces, si tenés esto último, también tenés una vida cotidiana llena de quejas de todo tipo y un sueldo que no te alcanza para nada, así que aparentemente no se puede tener todo.

Retomando donde los dejé por última vez, nos encontrábamos en la posición de tener que decidir qué hacer de nuestra vida en esas siete semanas restantes hasta irnos de Australia. Quedándonos en el país sabíamos que se nos iba a ir la plata como por una canilla abierta, por lo menos durante una semana o dos hasta que consiguiéramos otro laburo. La perspectiva de encontrar otro trabajo no era tan lejana, pero la pregunta era si de verdad teníamos ganas  de empezar otra vez, con todo lo que eso significa: habituarte a un nuevo ambiente, conocer a tus compañeros nuevos, aprender todo desde cero. La verdad, ya estábamos cansados. Australia es una experiencia que te recompensa mucho en todos los aspectos y se la recomiendo a cualquiera que tenga ganas de hacer un ahorro importante y de ganar independencia y nuevos conocimientos, pero después de unos cuantos meses ya se vuelve un poco agotador, especialmente si trabajaste non-stop por semanas y semanas como nosotros.

La solución era adelantar el viaje, pero ¿a dónde ir primero? Tenía que ser un lugar más barato que Australia, para minimizar el daño. India era una opción infinitamente más barata, pero no teníamos la visa ni tiempo para sacarla. Terminó ganando Singapur, donde originalmente la idea era quedarnos sólo unas semanas, para después irnos a Malasia. Después terminaríamos cambiando de idea, como suele pasarnos la mayor parte del tiempo.

Después de abandonar el resort pasamos algunos días en Darwin para recorrer un poco mejor la ciudad, ya que la última vez habíamos estado sólo parte de una tarde y una noche, y nos pareció que valía la pena visitarla con un poco más de tiempo. Estuvimos alojándonos en un hostel sobre la calle Mitchell, la más concurrida de la ciudad y llena de negocios y de vida nocturna, pero un poco más lejos de esta zona céntrica. Acá conocimos a un chileno, un alemancito de 18 años, un francés y un sueco, que por lo visto se habían hecho amigos de otros extranjeros del hostel que no llegamos a conocer. Nos pareció que formaban un grupo bastante raro; todos estaban buscando trabajo, pero por lo que hablamos a ninguno se lo notaba buscando de verdad. No habían buscado a través de la bolsa de trabajo de Gumtree, no habían tirado curriculums en hoteles, ni en restoranes. No sabemos qué habrían estado haciendo, pero siempre nos comentaban que no habían tenido mucha suerte con la búsqueda. No wonder.

De Darwin terminamos recorriendo poco, en parte por la ansiedad de irnos a Singapur, y en parte por el calor extremo que hacía en ese momento. Además el hostel tenía una pileta bastante copada, cosa que no ayudaba a que nos dieran ganas de salir a la calle.

Se pasaron bastante rápido nuestros días en esta última ciudad australiana, y ya estábamos más que listos para empezar a viajar otra vez después de haber estado tan “quietos” durante tanto tiempo (que hayamos estado trabajando casi de corrido durante 7 meses es un evento que merece ovaciones de pie). Para el momento de irnos, todavía estábamos medio melancólicos por la separación de nuestros compañeros del Dugong, y yo estaba un poco triste no tanto por abandonar Australia, sino por lo que significa eso que tan frecuentemente suele pasar: esos momentos por los cuales esperás tanto tiempo, y después, los hayas disfrutado o no, se terminan sin que te des cuenta. Es un lapso de tu vida que se fue y que nunca va a volver, y te hace pensar en que el tiempo pasa y muy rápido.

Australia fue como un viaje interior para mí. No tiene mucho que ver con la Working Holiday en sí, sino por el tiempo, que a pesar de siempre estar trabajando, pude hacerme para leer y reflexionar, y pensar sobre un montón de cosas, respecto de mi vida y de cómo funciona el mundo. Cambió un montón mi forma de ver a la sociedad y la forma en que vivimos, o la forma en que yo vivía antes. Me pregunté si el ritmo de mi vida lo quiero marcar yo o si quiero que me lo marquen desde arriba. Las ideas que tenía antes sobre esto se solidificaron más según pasaba el tiempo. Todo esto dejado de lado, y ahora sí vamos al concepto abstracto, Australia me sirvió un montón para crecer interiormente y para descubrir en mí un montón de cosas que nunca había tenido la oportunidad de sacar a la luz. Me ayudó a iniciar un cambio por dentro, un proceso que espero que siempre siga en movimiento, el principio de mi vida realmente adulta, y este país me dejó cosas que van a estar siempre conmigo.

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Flor

Flor

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