Los árboles me hablan (3): ¡adiós!

Los árboles me hablan (3): ¡adiós!

Terminó la temporada de pruning de cherries: ¡por fin! La verdad que ya se hacía bastante pesado, y no por lo físico del trabajo, sino por lo aburrido. Podando 200 árboles por día, la verdad es que con Martín a veces ya no sabíamos de qué hablar, y las horas se arrastraban a la velocidad de un perezoso con sueño acumulado (?).

La idea original al venir a Cromwell había sido engancharnos con las cerezas desde la poda de verano, para quedarnos trabajando hasta que empezara la cosecha. Pero en el medio se nos informó sobre un cambio de planes: ya no íbamos a tener trabajo ininterrumpido desde octubre hasta febrero, sino que entre el fin de la poda y el principio de la cosecha iban a haber unas cuatro semanas sin casi nada que hacer, y lo más importante, sin un número fijo de horas que nos pudieran ser aseguradas. Ni dudarlo: de ninguna forma nos íbamos a comer un mes totalmente improductivo en un pueblo por demás muerto. Además, en esta empresa (NZ Cherry Corp) pareciera que nunca hay nada claro, las afirmaciones se convierten en negaciones de un día para otro y viceversa, y reinan las malinterpretaciones. ¡Y eso que somos pocas personas! Un poco de orden y homogeneidad en el discurso no vendrían nada mal. Bonos prometidos que fueron pagados después de mucha insistencia por parte nuestra, horas pendientes por pagar y pactos olvidados, entre algunas otras situaciones, fueron algunas de las pautas que minaron nuestra confianza en el management y la gerencia de Cherry Corp. Finalmente sí eran verdad los rumores que habíamos escuchado sobre esta plantación en cuanto a incumplimientos y dobles discursos. Pero no guardamos rencores ni broncas: en esta vida hay de todo (y hay que aprender a sobrellevar la parte mala).

Mirándolo en perspectiva, las dos semanas y media que pasamos en Cromwell se fueron rapidísimo. En este pueblo casi fantasma, perdí la noción del tiempo. Un poco contradictorio, pero no sé si llegué acá hace un mes o hace mil años. Todos los que trabajamos acá pegamos buenísima onda al instante de empezar a vivir juntos, y se siente como si nos conociéramos de toda la vida. Sólo seis personas de este grupo de trece seguiremos camino juntas: nosotros dos, Pali y Eva (nuestros amigos de Ohakune), y Masiel y Pancho, la pareja de chilenos que vive con nosotros. Nuestro destino será Fox Glacier, en la Isla Sur, donde vamos a trabajar en hotelería: el más importante recurso económico de un pueblo que es mínimo, incluso aún más chiquito que Cromwell. Parece que pasaremos una parte importante de nuestra WH en asentamientos de pocos habitantes, especialmente si nos quedamos trabajando en este hotel durante toda la temporada, que es de cuatro o cinco meses de duración.

¿Recomiendo trabajar en el campo? Desde el punto de vista de la floja que claramente soy, la verdad es que no. El sueldo mínimo no termina de resarcirme por el esfuerzo físico que demanda el trabajo en una plantación, pero de nuevo tengamos en cuenta que mido un poco menos de 1.50, peso casi 50kg, y soy muy tacaña con el temita del gasto de energías (no puedo correr más de media cuadra sin llegar al punto del desmayo, odio subir escaleras y en mi vida pisé un gimnasio). Dicen que uno se acostumbra a todo y yo terminé acostumbrándome a este trabajo, pero teniendo más opciones para elegir, la última por la que optaría sería un campo o una plantación. Vencí el frío de la mañana, la incomodidad de los nuevos callos en las manos y los raspones de las ramas por todos los lugares del cuerpo imaginables, pero para mí todo eso vale más de 14 dólares la hora. Repito que además de todo lo anterior, soy una persona a la que le cuesta la relación de dependencia y me parece que a veces es muy borrosa la línea entre trabajo justo y explotación (debería haber esperado a lograr la independencia económica antes de armarme una biblioteca anarquista).

Entre risas, mates, ramas secas, horas interminables de poda, cervezas, cerezas verdes, ranas que croan en las tuberías, meriendas juntos después del trabajo, chilenismos, argentinismos, patos nadando en el lago de atrás y alarmas pospuestas cada 5 minutos todas las mañanas, se pasó nuestro primer trabajo en Nueva Zelanda, y otra vez esa sensación que ya conocemos harto: tener que separarnos de mucha gente que vamos a extrañar. Por suerte el Universo no nos quita algo sin darnos otra cosa en su lugar, y los viajes y las rutas nos regalan reencuentros con viejos amigos en otros tiempos y otros espacios.

adios

Flor

Flor

Los comentarios están cerrados.

Show Buttons
Hide Buttons