Viajando liviano (el arte del desapego)

Viajando liviano (el arte del desapego)

Corría septiembre del año 2013 y nosotros llegábamos a Sidney en un día soleado, armados, cada uno, con una mochila de mano + una mochila de 45 litros + una valija carry on. Se podría decir que traíamos todo lo necesario más para resistir un apocalipsis zombie durante cinco meses, que para un año de Working Holiday.

La (nefasta) idea de llevarnos todo nuestro placard entero a Australia surgió porque, por alguna razón, se nos había metido en la cabeza la idea de que íbamos a dividir nuestros 12 meses de visa entre Melbourne y Perth. Yo me fui listísima para la más glamorosa vida de ciudad: entre cosas ridículas me llevé hasta tacos, un surtido de tres carteras, maquillaje y un secador de pelo. Varios meses después, trabajando a 200km de Alice Springs en una zona donde no caía una lluvia decente desde hacía un año y todos los días la temperatura pasaba los 35ºC, me preguntaba cómo &*#@ se me habría ocurrido meter en la mochila ¡¡zapatos de taco chino!! Todavía no estábamos bien curtidos en el tema de los cambios repentinos de planes, teníamos ideas muy platónicas y poco realistas.

Dos semanas pasaron en Melbourne desde que llegamos a Australia y no tuvimos suerte con la búsqueda laboral. En vistas de que no tenía sentido seguir insistiendo y gastando plata –que acá viviendo en una ciudad se te va como agua por una canilla abierta– vimos a nuestro plan de vida urbana mutar drásticamente. Fuimos contratados para trabajar como all-rounders en una roadhouse, en el que sería nuestro primer empleo literalmente en el medio de la nada, entre South Australia y Western Australia, donde no había nada más que la ruta y el sol inclemente sobre el desierto durante cientos de kilómetros. En la roadhouse nos dimos cuenta de que nuestro equipaje era totalmente inepto si pensábamos empezar a movernos de esta forma, así que hicimos lo que era más lógico: empezar a dejar todo. Y acá hice click: había gastado un montón de plata en Argentina comprándome cosas que en Australia, en cualquier K-Mart, salían mucho menos de la mitad. Claro que nada de marca, aunque ni la ropa ni los zapatos que traía desde Argentina lo eran tampoco. Podría no haberme traído nada si lo hubiera sabido, y habría evitado gastar mucha plata demás, aparte de que podría haber ido comprándome prendas según las necesitara, si es que las necesitaba (en lugar de especular mirando mi placard en Buenos Aires y terminar llevándome todo “por las dudas”). Así que en este punto aprendí dos valiosas lecciones: nunca más comprar ni un alfiler en Argentina, y nunca más salir de viaje con exceso de boludeces innecesarias. Finalmente en nuestro cuarto en la roadhouse dejamos la valija de Martín con ropa que él no iba a seguir cargando, y yo le di todos mis zapatos y carteras a una chica inglesa muy buena onda que trabajaba con nosotros (después la divina me mandaba fotos desde Tailandia usando mis cosas en fiestas, para que viera que le había servido mi ropa). Me sentí un poco mal por tener que dejar tantas cosas que me gustaban, pero por otro lado me pareció una buena forma de demostrarme a mí misma que de verdad, lo material no importa.

Más adelante según pasaba el tiempo seguíamos dejando más y más ropa por el camino, o reciclando, o tomando cosas que iban dejando otras personas en los “cestos comunitarios” en nuestros lugares de trabajo, y así llegamos a un momento de los más sanos a los que pudimos haber arribado: al momento en que nos dimos cuenta de que el apego por ciertos objetos de nuestra vida cotidiana nos estaba bloqueando el camino hacia lo que verdaderamente importa, que son las experiencias y lo que nos pasa a un nivel más profundo, al que no se puede llegar por medio de un lindo vestido.

Hoy, trece meses después, estamos empezando un nuevo año de trabajo en Nueva Zelanda cargando únicamente lo estrictamente necesario, para no agregar peso demás e innecesario a nuestras mochilas, y para -por consiguiente- poder movernos con más libertad de un lado a otro (cosa que, a decir verdad, hacemos con bastante frecuencia).

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Todas mis pertenencias al momento de llegar a Auckland

Tanto para los viajes como para la vida: a menos cosas tangibles, más espacio hay para los recuerdos, y a menos amor por lo material, más libertad para caminar el mundo sin obstáculos.

Flor

Flor

1 comentario

  • Luz
    marzo 8, 2017 en 6:18 pm

    Tan cierto, me sucedió lo mismo viajando en bici.. Te felicito, me encanta la gente que es Protagonista en su vida.. ☺

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